Enrique Colmena

Película: Trumbo: La lista negra de Hollywood

La llamada Caza de Brujas es uno de los pasajes más ominosos de la historia reciente de Estados Unidos. En plena Guerra Fría, tras la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, se desató en el país una histeria anticomunista que hizo añicos las libertades civiles en una nación que las tiene como uno de sus primeros fundamentos (lo cual no quita para que, por ejemplo en el caso de los negros, hasta años más tarde se les siguiera considerando de segunda clase…). El caso es que en el Comité de Actividades Antinorteamericanas que comandó con mano de hierro, cual Torquemada con (horrible, por cierto) corbata, el senador McCarthy, se originó una furibunda campaña contra el Hollywood liberal, en lo que fue una batalla desigual entre los artistas del cine y la inmensamente poderosa maquinaria del Estado.

Los Diez de Hollywood es el nombre con el que se conoce a diez guionistas y/o directores que se negaron a testificar ante el Comité de marras, lo que les abocó, en muchos casos, a la humillación pública, el desprecio de sus iguales, en algunos casos incluso la cárcel y el destierro. Algunos cejaron en su silencio y “cantaron” cuanto sabían, como Edward Dmytryk, pero otros, como Dalton Trumbo, siguieron en sus trece. Trumbo se las ingenió para sobrevivir tras pasar once meses en prisión por desacat

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Rafael Utrera Macías

Artículo: Miguel Picazo y Dios. Viaje, en flash-back, alrededor de su tía Tula (I)

              Al personaje de Tesis, profesor Figueroa, y a su intérprete, Miguel Picazo. In memoriam.


Posiblemente, el primero que reparó sobre el segundo apellido de Miguel Picazo fue su amigo y compañero José Luis Borau; decía éste que lo arrastraba con tanta naturalidad como si de un Rodríguez o un Fernández se tratara cuando era nada menos que “Dios”. Eso ocurrió en los años 50 del pasado siglo, cuando coincidieron uno y otro en las aulas de la madrileña Escuela de Ingenieros donde la dirección había habilitado esos espacios para lo que, pomposamente, se denominó “Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas” (IIEC), y por el que ya habían pasado Bardem, Berlanga y Saura. Ahora (queremos decir, en 1959), estaban matriculados en el centro Rafael Sánchez Ferlosio, Fernando Sánchez Dragó y Mario Vargas Llosa, quienes pronto antepondrían sus personales libertades literarias a las espesas didácticas cinematográficas del centro.


Muy al contrario, Basilio Martín Patino y Miguel Picazo Dios capitaneaban el curso superior mientras Mario Camus García y José Luis Borau Moradell lo hacían en el inferior. Es obvio señalar que el entendimiento entre unos y otros para defenestrar a los dirigentes del Instituto llevaría, un tiempo después, no sólo a un cambio en la dirección sino también a nueva denominación, Escuela Oficial de Cinematografía (EOC), e, incluso, a un nuevo edificio, un palacete de la madrileña calle Montesquinza. La voz segura de Miguel, “dejada caer a plomo, sin vacilaciones” (Borau dixit), fue pieza fundamental en aquella guerra de guerrillas librada entre un inquieto alumnado antifranquista y unos obedientes jerarcas del régimen; aquella voz era la de Picazo y Dios, verbo único de una sola persona.


De habitación de alquiler a casa de la tía


Los cuatro alumnos mencionados salieron del citado IIEC dip

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