C I N E E N S A L A S
Fernando Franco (Sevilla, 1976) es un prestigioso montador de cine español que ha trabajado como tal a las órdenes de gente del nivel de Pablo Berger, Rodrigo Sorogoyen e Isaki Lacuesta, entre otros. Desde 2013 se viene desempeñando también, intermitentemente, como director, con títulos que han llamado la atención por su premeditada intención de tocar temas incómodos: la psicopatía asocial en La herida, la insoportable agonía vital en Morir, el sexo de los discapacitados en La consagración de la primavera, o el angustioso thriller psicológico intrafamiliar en Subsuelo.
Ahora, con La luz, vuelve a tocar un tema sumamente espinoso, el de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica, tema lacerante donde los haya y que desde hace ya bastante tiempo está en primera línea informativa, no solo por el hecho de que hayan ocurrido tantos abusos de este tipo en el seno eclesial, sino porque, además de producirse contra niños y niñas, la jerarquía eclesiástica, hasta hace bien poco, miraba hacia otro lado, ponía el ventilador o buscaba excusas para lo que, evidentemente, no las tiene.
El tema ha sido ya tratado por el cine con bastante profusión, y además en países muy diversos, como Estados Unidos (La duda, Spotlight), Francia (Gracias a Dios), Chile (El club, El bosque de Karadima), Canadá (Los niños de San Vicente), y también en España (La mala educación), entre otros.
En la película conocemos al padre Manuel, cincuentón largo, que está a la espera desde hace meses de que se le concede la dispensa para poder dejar el sacerdocio. Vemos que está impaciente, pero le dicen que la Iglesia tiene sus tiempos… Cuando le informan que se han solicitado informes de él de sus anteriores destinos, empieza a preocuparse, porque en su pasado hay más de un esqueleto en el armario… Acude a uno de los colegios en los que estuvo décadas atrás, y allí el director le dice que uno de sus antiguos alumnos le ha denunciado por abusos en su infancia… Entonces Manuel busca a los chicos (ahora ya adultos) de los que abusó, para pedirles perdón, con escaso éxito, como cabía esperar. Viendo q ...
leer más
ESTRENO EN NETFLIX
El éxito creciente de las 5 temporadas de La casa de papel (2017-2021) (en lo sucesivo LCDP, para abreviar), que se convirtió en la segunda serie (en idioma distinto al inglés) más vista en toda la historia de Netflix, solo por detrás de El juego del calamar, catapultó a su creador, Álex Pina, a la cima del fenómeno series. Ello le ha supuesto, evidentemente, una libertad creativa de la que anteriormente no disponía, pero también ha conllevado que los posteriores productos de su compañía Vancouver Media tiendan, casi sin proponérselo, a reeditar aquel éxito inenarrable, con frecuencia poniendo en funcionamientos los mismos recursos que ya utilizó en su primera y triunfal serie. Y ello tiene la relativa ventaja de que el espectador sabe qué se le va a dar, pero también el inconveniente de que ya es difícil sorprenderlo, porque además se juega con parecidos giros de guion, y también con el manido recurso de, ante una situación desesperada, encontrar la solución en un "flashback" que, oportunamente, nos muestra cuál es la salida que la mente privilegiada de turno ya tenía preparada para resolver la situación.
Demasiado artificial, entonces, tanto el anterior “spin-off” de LCDP, titulado Berlín, como este que añade el remoquete de La dama del armiño, por ser esa, la famosa pintura de Leonardo, la obra de arte a robar (o no… esto parece un diálogo de gallegos…), sin que ello quiera decir que carezca absolutamente de cualidades, porque las tiene, aunque claramente por debajo de la original LCDP.
La historia se inicia en San Sebastián, donde Berlín y Damián, los jefes de la banda que dieron el golpe anterior en París, dan vueltas sobre cuál va a ser su próximo robo. Damián quiere robar cajas de seguridad de Marbella, pero a Berlín le parece muy prosaico… En una fiesta exclusiva (aquí todo es exclusivo…), Berlín se siente atraído por una misteriosa dama que resulta ser la duquesa de Málaga, con palacio en Sevilla, quien le cita en su “cuchitril”; cuando Berlín acude pensando en una aventura erótica de las que tanto le gustan, se encuentra conqu ...
leer más
03/06/2026
Nuestro descreído y con frecuencia confuso siglo XXI (al menos el cuarto de siglo largo que llevamos andado…) tratará el mito de Frankenstein que creó Mary Shelley cada vez con más desprejuiciamiento, cada vez de forma más libre (podría decirse incluso libertina…). Puede considerarse eso como algo positivo o negativo, claro, según se vea… Lo que sí parece evidente que, como es ya un lugar común, los clásicos, y más si son ya mitos como Frankenstein, lo aguantan absolutamente todo…
Como, por ejemplo, una versión rocanrolera de la historia más que bicentenaria (porque se escribió hace más de dos siglos), con el título de Rock 'n' Roll Frankenstein (1999), una producción norteamericana de la que seguramente se puede decir eso de que “se pasa tres pueblos”… A ver, la historia narra cómo un productor musical, harto de las tonterías de las mediocres estrellas actuales, decide construir el músico y cantante perfecto tomando partes de grandes astros del rock: de Elvis, la cabeza; de Jimi Hendrix, las manos; de Sid Vicious, el de Sex Pistols, los brazos; y de Jim Morrison… ejem, los genitales… Pero el encargado de hacer la recolecta de miembros (de nombre Iggy, como Iggy Pop…), un tipo más bien descerebrado, como no puede conseguir las partes pudendas de Morrison se lleva a cambio las de… Liberace, músico militantemente gay, as ...
leer más