Rafael Utrera Macías

En la pasada edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla (noviembre, 2016) se proyectó el “documental” Análisis de sangre azul incluido en la sección “Resistencias”. El propio nombre de este apartado avisa al espectador sobre un tipo de film cuyas características difícilmente coinciden con las habituales del “cine comercial” por lo que su proyección suele situarse en salas de “arte y ensayo” o en otros circuitos aún más minoritarios; ello no impide que su compra por parte de plataformas on-line o por cadenas de televisión le haga mejorar sus posibilidades de visión y conocimiento.


En el caso concreto de esta película, dirigida por Gabriel Velázquez y Blanca Torres, catalogarla como “documental”, no deja de ser una falacia ante la imprecisión de un concepto que se diluye en su semántica y se pierde en un revuelto cajón de sastre. Del mismo modo, su duración, sesenta y cuatro minutos, la convierte en incómoda para una programación que se rige por establecidas franjas horarias; el mismo Festival antes citado la proyectó complementada con un cortometraje a fin de ofrecerla en un estándar temporal. Sin embargo, su estreno “comercial” en la madrileña “sala Borau”, de Cineteca (edificio Matadero), la sitúa en lugar idóneo por cuanto allí se acoge una tipología de cine que se sitúa tanto en la “no ficción” como en las plurales formulaciones del documental.


Más allá de estas cuestiones, Análisis de sangre azul remite a otras denominaciones o clasificaciones que están en función de una riqueza fílmica derivada tanto de su propio armazón estructural, complejo en su morfología, como en las variaciones de género que suscita el desarrollo de su argumentación; en este sentido, puede valorarse, situándonos dentro de la misma, como “una película médica” o, fuera de ella, como “cine experimental”, “cine dentro del cine”, “cine de ficción-no ficción”, “falso documental”, etc.


Los autores cineastas. Producción


La película está codirigida por Gabriel Velázquez y Blanca Torres. Para esta directora zaragozana Análisis de sangre azul es su “ópera prima”, aunque como guionista ha escrito, junto a este cineasta salmantino, tres títulos, producidos y dirigidos por él, Amateurs (2008), Iceberg (2012) y Ártico (2014), donde se presenta un sector juvenil al margen del adulto o dependiente de él, además de específicos problemas cotidianos en distintos ámbitos sociales. Con una idea original de Torres (guion suyo y de Orencio Boix), la filmografía de Velázquez parece girar hacia una distinta opción tanto en lo temático como en lo tecnológico.


La interpretación del personaje principal, “el inglés”, le ha sido encomendada al actor sueco Anders Lindström, mientras que, en diferentes papeles, intervienen miembros de un colectivo de Huesca pertenecientes al grupo de teatro “Arcadia”; entre otros actores, Pietro “Squicciarini”, Ramón Puyuelo o Lorenzo Parra junto a María Villa, Ana Catalán, Arantxa Echeverría o María Luisa Fernández, junto a otras actrices. La elección de los lugares de rodaje, en zonas salmantinas de Béjar y aragonesas del Pirineo oscense, ha supuesto la colaboración asociada de entidades oficiales de estas provincias a la producción general llevada a cabo por las empresas “Escorado” y “Simonés”, vinculadas, respectivamente, a director y directora del film.


La historia


A un paisaje tan nevado y blanco como solitario e inhóspito llega un hombre desorientado que parece proceder de los valles cercanos. Recogido por el director de un sanatorio de enfermos mentales, comienza a ser objeto de estudio bajo distintas perspectivas clínicas. El doctor Pedro Martínez irá comprobando que su nuevo paciente desconoce su identidad en el más amplio sentido del término, desde la práctica de su lengua, a su propio nombre. Apodado como “el inglés”, será convertido en materia de análisis, de manera que, tras minuciosas medidas antropométricas, vendrá la interpretación de aspectos psicológicos peculiares así como las relaciones entre el sujeto y sus pertenencias (ejemplificadas en los objetos existentes en una mochila). La identificación de cada uno de ellos, con sus funciones y aplicaciones, queda exenta del sentido de la propiedad y, consecuentemente, de la lógica relación con él. Las preguntas científicas que el psiquiatra se hace sobre este individuo no quedarán del todo satisfechas por más que las técnicas empleadas, tal como los tests de Roschach, le acerquen a un psicodiagnóstico aceptable. Al tiempo, las capacidades sociales del paciente, tal como tocar el piano o jugar al polo, hacen presumir su pertenencia a un estatus social elevado.


Diversos casos clínicos


En contraste con el estudio de esta individualidad, el doctor Martínez cuida a un grupo de pacientes en quienes las enfermedades mentales se han ido cebando a lo largo del tiempo; por ello, asistiremos seguidamente a la presentación de una galería de sujetos, verdaderos casos clínicos, que empiezan en idiocia (motivada por la consanguinidad) y acaban en catatonia (estáticas estatuas) o en econimia (repetición de gestos). El psiquiatra no se privará de establecer relaciones entre el extranjero y sus enfermos nativos, de manera que los juegos (baile, carrera de saco, gallina ciega, etc.) funcionan como terapia capaz de favorecer el reconocimiento del “yo” y del “otro”. Y él mismo, a la vista de su diversificada clientela, podrá agruparla estableciendo pertinentes correspondencias entre la constitución física y el carácter de los individuos. Entre sus diversas deducciones en torno a su paciente (identidad, aspectos psicosomáticos, objetos reconocidos sin nombre, etc.) están las relacionadas con la “frenología”, mediante la cual se ponen en relación las características del cerebro con los fenómenos fisiológicos y patológicos del ser humano; y ello, al margen de que estas teorías fueran tan discutibles como banales en los años mencionados por Martínez.


Eugenesia frente a endogamia


La teorización llevada a cabo por el doctor dará un paso más cuando, pragmáticamente, se dispone a frenar la endogamia existente en el valle y a mejorar el empobrecimiento genético existente, lo que recibe el nombre de “eugenia” (en su estricto significado griego). El paciente inglés y la española Catalina contribuirán a ello.  Seguidamente, los varones residentes en aquellos lugares marcharán, con el ejército popular, a la guerra civil.  El extranjero queda, en el entorno, como dueño y señor; acaso por seguir sin recordar su identidad primera, se hace llamar “sir Valdemar Torn” y así monta casa y crea familia; la agricultura y la ganadería son la base de su economía; el emparejamiento “sensato” se justifica como deber primordial, “no solo médico sino también moral”.  La endogamia desaparecerá del valle gracias a los experimentos del doctor Martínez. El bucardo (cabra hispánica) también, ya que era especie en extinción. El inglés se fue por donde vino, aunque, al no haber constancia de ello, acaso se transformó en ese animal ya desaparecido.


Estructura


Sobre imágenes en blanco y negro de nevados y montañosos paisajes (formato de pantalla 1: 1,33) aparece el título de la película, Análisis de sangre azul, seguida de unos rótulos donde se lee: “Ara. Fototeca Provincial de Huesca (España). Es / Ahphu, números… Valle de Valdellomar, 1933. Autor: Doctor Pedro Martínez”. El espectador toma conciencia de estar ante un film antiguo, depositado en un organismo oficial, acaso ahora rescatado del archivo tanto por algunos cineastas como por entidades, públicas y privadas, bien precisadas en los títulos de crédito actuales. Para que no perdamos certeza de la temporalidad en la que los hechos van a suceder, un plano filmado sobre la nieve señala “1933” y, seguidamente, otros rótulos indican el lugar de los hechos: el Sanatorio Mental y de Higiene “Casa Tardán”, situado en el Valle de Valdellomar, en el español Pirineo de Huesca. La autoría de esta “película médica” (doctor Martínez) y el año (1933) de filmación se repiten no sin antes precisar que la fecha es el 2 de enero, el lugar es el Monte Perdido, y las cuevas son las de Marboné (sic). Una segunda película, con la argumentación de las relaciones entre “el inglés” y el grupo de enfermos antes mencionados, precisará al espectador los mismos datos autorales y locales, aunque la temporalidad de la filmación discurrirá entre 1938 y 1942.


Película muda, película médica


Al tratarse de una película “muda” (luego se aludirá al uso de la música), es la elocuencia de la imagen la que proporciona la información necesaria para entender las relaciones entre emisor (el doctor) y receptor (su paciente inglés) aunque, por tratarse de una “película médica”, su autor/director elucubra sobre cuestiones que están en la órbita de la psiquiatría tal como ésta pudo ser conocida por los profesionales de la medicina en los años mencionados; la factura del film mudo incluye unos generosos rótulos explicativos que relacionan el caso clínico general con el caso médico particular y, por consiguiente, la opinión del sujeto enunciador; éste, ocasionalmente, aparece en campo e interviene como actor; aún más, en una ocasión, el espejo es cómplice para mostrar al filmador… filmado lo que permite verle cámara en mano, o por mejor decir, cámara en ojo. Este aparato cinematográfico corresponde a un formato “amateur” aunque está dotado de gran precisión para captar interiores de luminosidad variable y fuertes contraluces, como exteriores con primeros planos de plantas e insectos o paisajes de blancura nívea sobre el que destaca el animal salvaje.


A la par que en películas mudas de aquella época donde un objeto es filmado en rítmica existencia, aquí, la caída de los trozos de hielo desde el tejado funciona como una sinfonía visual exenta de retórica por cuanto la cámara se erige en testigo mudo y quieto para sorprender ese fenómeno natural. Del mismo modo, el juego de personajes en las ventanas del edificio, apareciendo y desapareciendo, tiene función estética aunque, en el fondo, su pretensión última, con la mostración de la presencia/ausencia, sea mejorar la salud mental de los pacientes.


Segunda película del doctor Martínez


La segunda película rodada por el doctor Martínez abarca una cronología más extensa que la primera, entre 1938 y 1942, aunque el metraje dedicado a dicho tiempo es bastante menor que el referido a 1933. La mención a la guerra civil queda solventada con un rótulo informativo y en la banda sonora con el inquietante sonido de los disparos de ametralladoras. El valle de Valdellomar se queda sin varones porque acudieron a la llamada del ejército popular. Las mujeres mantienen hacienda y trabajo bajo la atención de “sir Valdemar Torn”. Más allá de las pretensiones del doctor en el ámbito médico, su cámara sabe captar bellos momentos de convivencia personal, de radiante naturaleza, de benigna climatología: los trigales mecidos rítmicamente por el viento, las sábanas lavadas en acompasada armonía con el agua, las secuencias de pastoreo y de siembra, ritmadas al arbitrio de los animales o por rigurosa voluntad de las mujeres.


Antes de llegar a su fin, mientras oímos el sonido de la máquina proyectora y vemos la cola de la cinta sin impresionar, nuestro supuesto doctor Martínez escribe su dedicatoria: “A mi maestro Gregorio Marañón y al anatomista Juan de Dios Escolar, cuyas ideas inspiraron esta película y la recuperación genética del valle de Valldelomar (sic)”. Y aún más, precisa el nombre francés del laboratorio de revelado, “Éclair”, el número de depósito, y, en grafía romana, el año de filmación: 1943.


De la fotografía y la música


La fotografía, en blanco y negro, es obra de Sebastián Vanneuville, de manera que los aciertos luminotécnicos conseguidos con su aparato de 16 mm por el ficticio doctor Martínez, tienen aquí su responsable; según declaraciones de la directora, decidieron prescindir de la tecnología digital y reducir el equipo a una humilde cámara de súper-8 con sus correspondientes bobinas; el resultado del rodaje diario sólo era posible comprobarlo a la vuelta del revelado de laboratorio. Y, como si se tratara de confeccionar un collage, los directores de Análisis de sangre azul incorporaron a su documental puntuales imágenes de los creativos Eugenio Monesma y Luis Cabrera, al tiempo que responsabilizaron de la música a Javier Aquilué, quien, además de utilizar la propia (dulce y suave en ocasiones, persistente y monótona otras, según exigencias de la imagen) echa mano de Erick Satie para aportar minimalismo o repetición, y de Johann Strauss y Manuel Blancaflor para ambientar sinfónicamente.


Trailer de la película en YouTube:


Pinche aquí.


 


Próximo capítulo:
Análisis de sangre azul. Homenaje secreto a Buñuel (y II)