Enrique Colmena

En la primera parte de este díptico hablábamos de la facilidad con la que cinco eximios intérpretes shakespeareanos (Judi Dench, Laurence Olivier, Alec Guinness, Maggie Smith, Ian McKellen) llegaban al cine del “mainstream” (ya saben, tendencia cultural de masas que busca antes el criterio comercial que el artístico), gracias a sus tablas, a su capacidad actoral curtida en los complejos papeles de las tragedias y comedias del bardo de Stratford-upon-Avon. Conforme a lo prometido en el primer capítulo, completaremos hoy con otros cinco intérpretes de similar estirpe este repaso a una serie de actores y actrices que ponen su excelencia al servicio de productos seguramente inferiores a su talento, pero que con ellos dentro son, sin duda, mejores.

Nacido en 1937, sir Anthony Hopkins llegó al teatro profesional de la mano de Laurence Olivier, ciertamente un padrinazgo que el actor galés aprovechó al máximo; con Mr. Olivier el joven Anthony pisó la escena del Royal National Theatre. Aunque brilló con otros autores (Strindberg, Shaffer), también representó a Shakespeare; se recuerda especialmente su memorable interpretación de Marco Antonio en Antonio y Cleopatra. Con ese bagaje teatral, cuando el cine le llama, el joven Hopkins llega con toda la pujanza de su talento a films de corte intelectual, como El león en invierno (1968), en el que interpreta a Ricardo Corazón de León; con su saber hacer shakespeareano, hace algunas versiones al cine de obras del bardo, como Hamlet (1969), de Tony Richardson, pero pronto el cine y la televisión “mainstream” se dan cuenta de las posibilidades del galés, y lo llaman para protagonizar la miniserie QB VII (1974), todo un éxito en las televisiones de los años setenta (también en la española, por cierto). A partir de ahí Hopkins simultaneará empeños artísticos, como Casa de muñecas (1973), sobre la obra de Ibsen, o El hombre elefante (1980), de David Lynch, con productos mucho más comerciales, como la bélica Un puente lejano (1977), de Richard Attenborough, o Motín a bordo (1984), la nueva versión del clásico Rebelión a bordo. En 1990 hace el papel por el que probablemente pase a la Historia del Cine, el Dr. Hannibal Lecter, el visionario asesino en serie que en la película El silencio de los corderos ayudará, por tortuosos motivos, a la agente del FBI que interpreta una estupenda Jodie Foster a descubrir a un psychokiller, y que reportará al actor galés un Oscar.


A partir de ahí, la fama de Hopkins se hace mundial; sin embargo, en lugar de dedicarse “full time” a hacer productos “mainstream”, el ya entonces sir Anthony decide continuar con una política que le lleva a alternar films culturales con productos más claramente comerciales. Entre los primeros sería justo reseñar varios films para James Ivory, como Regreso a Howards End (1992) y Lo que queda del día (1993), pero también el Drácula de Bram Stoker  (1992) de Coppola, Tierras de penumbra (1993), emotivo biopic de un ya maduro escritor C.S. Lewis, con dirección de Richard Attenborough, August (1996), adaptación del Tío Vania de Chéjov, con la que Hopkins debuta en la dirección de largometrajes, y Titus (1999), versión del Tito Andrónico shakespeareano; por el contrario, en su faceta “mainstream”, Anthony estará en El inocente (1993), de Schlesinger, Leyendas de pasión (1994), de Edward Zwick, o El desafío (1997), de Lee Tamahori. En el siglo XXI se ha acentuado su dedicación al cine comercial, desde El dragón rojo (2002), donde vuelve a interpretar al Dr. Lecter, hasta su intervención en una de las franquicias de Marvel como el dios escandinavo Odin en Thor (2011), dirigida por el muy shakespeareano Kenneth Branagh, y Thor: El mundo oscuro (2013), de Alan Taylor. También ha estado en algún “blockbuster” que buscaba en lo cultural ribetes de prestigio, como Alejandro Magno (2004), de Oliver Stone. Su cine menos “mainstream” se ciñe en este siglo a su intervención en films pequeños, no necesariamente de ambiciones culturales, en los que busca personajes que le interesan, como Bobby (2006), de Emilio Estévez, sobre las vísperas del asesinato del senador Robert Kennedy, o El caso Heineken (2015), en el que interpreta al magnate secuestrado.

Sir John Hurt, recientemente fallecido, es otro de los grandes actores shakespeareanos que también triunfaron en el cine comercial. Nacido en 1940, entre las obras del bardo que interpretó sobre las tablas se pueden citar Macbeth y Romeo y Julieta, donde sería el enamorado Montesco. Pronto es convocado por cine y televisión, medios en los que haría más de doscientos títulos. Llamó pronto la atención en Un hombre para la eternidad (1966), aunque el primer papel de prestigio que le dio fama mundial sería el Calígula de la serie televisiva Yo, Claudio. En 1979 protagoniza la escena más brutal de Alien, el octavo pasajero (1979), de Ridley Scott, y con ello se convierte ya en un nombre imprescindible y conocido del cine. A la manera de Hopkins, también Hurt procura combinar cine y televisión cultistas con productos más claramente comerciales. Entre los primeros cabría destacar El hombre elefante (1980), de Lynch, donde compone (bajo varios quilos de pesado maquillaje) un personaje espléndido, 1984 (1984), la distopía de George Orwell que llevó a la pantalla Michael Radford, y Dead man (1995), de Jim Jarmusch; entre los segundos, La loca historia del mundo (1981), de Mel Brooks, y Contact (1997), de Robert Zemeckis. El siglo XXI traerá la misma pauta en la carrera de Hurt; entre sus títulos de corte cultural encontramos un dostoievskiano Crimen y castigo (2002) que dirigió Menahem Golan, o el díptico de Lars Von Trier Dogville (2003) y Manderlay (2005), en las que pone su poderosa voz como narrador; también estará en Melancolía (2011), de nuevo para Trier; en el cine comercial destaca, sobre todo, su aparición en la franquicia de Harry Potter, pero también en la de Hellboy y en la cuarta parte de la saga del arqueólogo más famoso del mundo, Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (2008), de Spielberg.

Kenneth Branagh fue, durante mucho tiempo, algo así como el sucesor natural de Laurence Olivier (o al menos así se vendió…), por su interés en el teatro del bardo y su traslación al cine. El norirlandés nació en 1960, y desde joven se sintió atraído por la interpretación y la dirección escénica de obras shakespeareanas, y en la Royal Shakespeare Company y la Renaissence Theatre Company, entre otras, pudo hacer obras como Enrique V, Romeo y Julieta y Noche de Reyes. En cine consigue su primer gran éxito como director y actor en la adaptación de Enrique V (1989), que le hace aparecer como el heredero de Olivier. A partir de ahí, varias serás las obras del bardo que Branagh lleve a la gran pantalla, bien como actor o como director, o como ambas cosas: Mucho ruido y pocas nueces (1993), Otelo (1995), Hamlet (1996), Trabajos de amor perdidos (2000)… Fiel a sus principios culturales, durante esa época participa también en otros proyectos de corte artístico, como Frankenstein de Mary Shelley (1994) y Celebrity (1998), de Woody Allen, pero también empieza a coquetear con el “mainstream”, como en el fiasco comercial de Wild Wild West (1998), de Barry Sonnenfeld. A partir del siglo XXI Branagh se hace más ecléctico y su presencia, tanto en la interpretación como en la dirección, es ya habitual en productos plenamente comerciales como Harry Potter y la Cámara Secreta (2002), Thor (2011) y Jack Ryan: Operación Sombra (2014). Pronto lo veremos, en su papel de divo interpretativo (y también a cargo de la dirección), en la nueva versión de Asesinato en el Oriente Express.

Alan Rickman, nacido en 1946, se forjó en el teatro interpretando a Chéjov, Arthur Miller y, por supuesto, Shakespeare. En compañías como la Court Drama Group y la Royal Shakespeare Company pondría en escena Romeo y Julieta y Como gustéis, entre otras obras del bardo. Precisamente una adaptación de la historia de los amantes de Verona a la televisión, Romeo y Julieta (1978), en el papel de Teobaldo, será su debut en la pantalla. A partir de ahí, y aunque generalmente en papeles de reparto, la presencia de Rickman en cine y televisión ha sido habitual. Se especializó en villanos sin escrúpulos, como el que haría, en su faceta “mainstream”, en Jungla de cristal (1988), de John McTiernan, con el primer papel de Bruce Willis como héroe de acción; en esa misma línea estaría su sheriff de Nottingham de Robin Hood: Príncipe de los ladrones (1991), de Kevin Reynolds, con Kevin Costner, aunque también hará personajes románticos, como su coronel Brandon de Sentido y sensibilidad (1995), de Ang Lee. En el siglo XXI se hace inmensamente popular como el profesor Severus Snape en la saga de Harry Potter, un personaje con muchos dobleces que él borda, aunque también procurará cultivar un cine más minoritario pero de mayor enjundia interpretativa, como El mayordomo (2013), donde hace (muy convincentemente) de presidente Reagan, y en La promesa (2013), de Patrice Leconte.

Gary Oldman, uno de los más versátiles actores actuales, también tiene su pasado como actor shakespeareano. Sobre las tablas interpretó nada menos que a Puck, el duendecillo de El sueño de una noche de verano, aparte de estar vinculado a la Royal Shakespeare Company y ser un experto en Hamlet. En la gran pantalla se da a conocer sucesivamente con un par de títulos rompedores, Sid y Nancy (1986), de Alex Cox, donde interpreta al cantante Sid Vicious, y Ábrete de orejas (1987), que confirmó el talento de Stephen Frears. A partir de ahí desarrollará una carrera entre el cine culto y el comercial; en el primero hará cosas tan interesantes como Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990), del dramaturgo Tom Stoppard, pero también el biopic del famoso poeta en Dylan Thomas (1991), así como la adaptación al cine del clásico de Nathaniel Hawthorne La letra escarlata (1995). En la parte “mainstream” estará su personaje de Lee Oswald en JFK. Caso abierto (1991), de Oliver Stone, y su peculiar personaje de El quinto elemento (1997), de Luc Besson. En el siglo XXI participará en buena parte de la franquicia de Harry Potter como Sirius Black, el padrino del niño mago, además de en la trilogía del Hombre Murciélago de Nolan iniciada por Batman begins (2005). Con frecuencia combina en el mismo título los intereses comerciales y culturales, como ocurre en El topo (2011), la versión de la novela Calderero, sastre, soldado, espía, de John Le Carré. Su próximo “tour de force”, de inminente estreno, es El instante más oscuro (2017), del interesante Joe Wright, en el que interpreta al primer ministro Winston Churchill, al que otro actor shakespeareano ha dado vida también recientemente en Churchill (2017).


Hay otros más, muchos más actores y actrices de estirpe shakespeareana a los que su sólida formación teatral en las obras del bardo y de otros inmortales del teatro les ha permitido hacer cine "mainstream" sin despeinarse. Son muchos, y aunque no los nombraremos a todos, al menos no deberíamos dejar de citar a varios de ellos: algunos están ya difuntos, como los grandes James Mason, John Gielgud, Richard Attenborough y Peggy Ashcroft; otros viven, afortunadamente, y nos pueden seguir dando muchos momentos gloriosos: Vanessa Redgrave, Derek Jacobi, Albert Finney, Emily Watson, Michael Gambon, Brenda Blethyn, Ralph Fiennes, Ben Kingsley, Tilda Swinton, Sean Bean, Julie Walters, Charles Dance...


Pie de foto: Anthony Hopkins, caracterizado como el Dr. Lecter, en una escena de El silencio de los corderos.