Enrique Colmena

En la primera parte de este tríptico decíamos que pretendíamos estudiar la forma en la que ha evolucionado el tratamiento del racismo (y del antirracismo, consecuentemente) en el cine de los Estados Unidos (aunque también, eventualmente, de países de su órbita lingüística). En esa primera parte analizamos ese tratamiento desde los inicios del cine, o más bien desde El nacimiento de una nación (1915), de D.W. Griffith, que se puede considerar el primer filme que trata el tema abiertamente (y en clave muy negativa, como vimos), hasta finales de los años sesenta, pasando del inicial menosprecio que se observaba en el filme de Griffith a la indiferencia del escasísimo eco que el tema tuvo en las décadas posteriores, llegando prácticamente al punto de su negación, hasta que a partir de los años cincuenta empieza a haber movimientos, primero muy modestos, y ya en los años sesenta, con la eclosión de Martin Luther King y la lucha por los derechos civiles, el cine sobre el racismo empieza a presentar sus credenciales, la comunidad negra empieza a ser consciente de sí misma y de las sevicias a las que seguía sometida.


El sexo interracial como fuente de conflicto

Es entonces el momento de la reivindicación. Los años setenta significan un punto y aparte en el tratamiento del racismo en el cine USA, pero también es cierto que aún se mantendrá la mirada sobre las injusticias del pueblo afroamericano. Así, de nuevo las parejas interraciales estarán en el centro del conflicto en La gran esperanza blanca (1970), dirigida por el liberal Martin Ritt (que en los años cincuenta tuvo serios problemas con el Comité de Actividades Antiamericanas del Senador McCarthy), con un boxeador negro (estupendo James Earl Jones, un icono del cine, sin adjetivos), campeón del mundo, y su amante blanca, lo que le motivará gravísimos problemas con la Justicia (por llamarla de alguna forma…) de su país, viéndose obligado a huir a otro país.

También la más flagrante injusticia estará presente, y de nuevo a vueltas con el sexo interracial, en No se compra el silencio (1970), la última película dirigida por el gran William Wyler, con la peculiaridad de que en este caso ese sexo tendrá lugar entre una mujer negra (Lola Falana), esposa de un rico empresario afroamericano (Roscoe Lee Browne), y un hombre blanco, policía. Cuando se plantea la demanda de divorcio, y hay de por medio un blanco con poder, como es el caso del “madero”, la situación del negro, por muy rico que sea, estará en serios apuros… Así, Wyler, que también fue un liberal, hablaba de que ni siquiera el dinero era suficiente cuando estaban de por medio los prejuicios raciales, ni aun en esos años setenta en los que ya parecía (sólo parecía…) haberse solucionado los problemas de convivencia e igualdad entre las comunidades blanca y negra.

De nuevo el sexo interracial (está claro que es un tema recurrente, y sobre el que se podría hacer un estudio monográfico…) estará en Mandingo (1975), de Richard Fleischer, un interesante director que nos dio un puñado de buenos filmes, desde Impulso criminal (1959) a Cuando el destino nos alcance (1973), pasando por dos formidables thrillers de similar temática, El estrangulador de Boston (1968) y El estrangulador de Rillington Place (1971). En Mandingo Fleischer ambientaba la acción en los primeros años del siglo XIX, todavía con el esclavismo en su odiosa plenitud, y cómo uno de los esclavos propiedad del amo del lugar se enamora (y es correspondido…) de una de las familiares del patrono blanco, con las previsibles consecuencias…

Como no podía ser de otra forma, también el sexo entre personas de distinta raza estará en el germen del problema que se desarrolla en El hombre del clan (1974), dirigida por Terence Young, un competente cineasta especialista sobre todo en cine de aventuras y acción. La historia se ambienta a finales de los años sesenta, en el entonces (espero que ya no…) muy racista estado sureño de Alabama, en un pueblo donde el Ku Klux Klan campa por sus respetos y mantiene amedrentada a la mayoritaria población “coloured”, con un sheriff justo (el siempre espléndido Lee Marvin) que intenta mantener la paz, y una denuncia de violación de una mujer blanca por un negro… En clave de thriller, el filme planteaba de nuevo la situación de desigualdad que se establecía entre personas dependiendo de cuál fuera su raza, y hablaba de forma clara sobre la abyecta influencia de ese grupo criminal que se esconde tras las siglas KKK.


Blaxploitation

Uno de los nuevos fenómenos que surgirían en los años setenta, coincidiendo con las reivindicaciones cada vez más contundentes de la comunidad negra (es la época del apogeo de los Panteras Negras, ya habían sido asesinados Malcolm X y Martin Luther King, líderes del movimiento afroamericano), es el conocido como blaxploitation. Las productoras de Hollywood se percatan de que hay un nuevo e interesante nicho de mercado (como dicen los economistas cursis) en el público de raza negra, y que ese público, además de ver en pantalla las injusticias que se han ejercido y se ejercían contra su pueblo, también gustaba de entretenimiento con gentes de su mismo color de piel. Así surgen películas como Las noches rojas de Harlem (1971), en su título original Shaft, dirigida por uno de los primeros cineastas afroamericanos, Gordon Parks, y que planteaba una historia en clave de thriller pero con intérpretes negros, fundamentalmente, aunque también había blancos. Policíaco con "madero" negro y de formas expeditivas, hay un abismo entre este “cop” y el que componía Sidney Poitier en En el calor de la  noche. Richard Roundtree, el protagonista, es más físico, más sexual, mucho más contundente, mucho más concienciado de su raza y de las tropelías que han cometido con ella, y el filme funciona no solo entre la comunidad negra, sino también entre todo tipo de públicos, propiciando una serie de televisión, de título genérico Shaft, y dos secuelas en cine durante los años setenta, Shaft vuelve a Harlem (1972), de nuevo con dirección de Parks, y Shaft en África (1973), en este caso con dirección del blanco John Guillermin, lo que quizá precipitó el final de la saga, que sin embargo tuvo un “reboot” casi treinta años después con Shaft. The return (2000), con Samuel L. Jackson en el papel que interpretó Roundtree en las películas originales.

El fenómeno del blaxploitation también tuvo su contraparte femenina en Cleopatra Jones (1973), dirigida por el cineasta blanco Jack Starrett, con Tamara Dobson en un personaje que podría considerarse el equivalente en mujer al Shaft de Roundtree: agente de la ley, fuerte, con gran personalidad, expeditiva, involucrada en casos con problemas interraciales. Tuvo una secuela, Cleopatra Jones y el Casino de Oro (1975), dirigido por Chuck Bail, un cineasta procedente del campo de los especialistas.

También con protagonismo femenino, y dentro del mismo fenómeno del blaxplotaition, Foxy Brown (1974) fue otro hito importante, con dirección del blanco Jack Hill y un personaje bombón para Pam Grier, que se convierte en una estrella en su comunidad afroamericana y fuera de ella; aunque su popularidad decayó durante un par de decenios, en los años noventa Quentin Tarantino la relanzó en Jackie Brown (1997), que se puede considerar como un estrambote flamígero y manierista al blaxplotaition.

Dentro de este mismo y peculiar fenómeno se hicieron otros muchos filmes en diversos géneros, aunque aquí hemos procurado reflejar los más interesantes. Como curiosidad, se llegó a hacer incluso una versión “negra” de la historia de Drácula en Blacula (1972), con William Crain a los mandos y un actor, lógicamente negro, William Marshall, en el trasunto del famoso conde transilvano.


Un brutal aldabonazo

Aunque el cine sobre el racismo fue importante durante la década de los setenta, curiosamente sería la televisión la que daría el do de pecho con la miniserie Raíces (1977), adaptación de la novela homónima de Alex Haley, que supuso un brutal aldabonazo en las conciencias de medio planeta, al poner en imágenes la durísima historia de un esclavo afroamericano, el por entonces famosísimo Kunta Kinte, al que puso cara LeVar Burton, y que reunió a un buen puñado de estrellas negras que ya entonces despuntaban: Moses Gunn, Louis Gossett Jr., John Amos, Olivia Cole, Ben Vereen, Scatman Crothers, incluso el propio Richard Roundtree. La miniserie fue un auténtico bombazo y dejó en estado de shock a las audiencias biempensantes de Occidente, con la historia de este hombre negro secuestrado en su tierra africana y cosificado como esclavo, su rebelión, el castigo que se le infligió, las sevicias sin cuento a las que fue sometido. Se puede hablar, sin exageración, de un antes y un después de la difusión a través de las televisiones de medio mundo de Raíces, en cuanto a la consideración que el problema del esclavismo (y por ende, de la desigualdad racial) tuvo a partir de entonces entre el público medio, el no especialmente concienciado por el tema.

Los “eighties”, en busca de la igualdad

La década de los ochenta, en contra de lo que ocurrió en la anterior, será más variada temáticamente, y se aprecia en ella ya una intención clara de buscar fórmulas que igualen en todos los aspectos de la vida las razas blanca y negra. No obstante, aún habrá espacio para la denuncia de injusticias, casi siempre en estos casos situando las historias en tiempos pretéritos. Así, Ragtime (1991), dirigida por Milos Forman, es un fresco histórico que se ambienta en los primeros años del siglo XX, y en ella veremos de qué forma afecta el racismo rampante de una sociedad que aún no entendía que blancos y negros son seres humanos con distinto color de piel; Howard E. Rollins Jr., fallecido años después prematuramente, componía el personaje negro central, un hombre pacífico, honrado y sensible que resultaba humillado exclusivamente por su raza. Con ese mismo protagonista encontramos otro filme que va en una línea parecida, en este caso Historia de un soldado (1984), de Norman Jewison, en la que el personaje central es un oficial negro del Ejército USA durante la Segunda Guerra Mundial, que tendrá que investigar el extraño asesinato de un sargento de color. A la manera del Virgil Tibbs de En el calor de la noche (personaje que, curiosamente, Rollins interpretó años más tarde en la serie televisiva que se hizo en los años ochenta), el protagonista tendrá que hacerse valer, a pesar de su raza, y además en un contexto, el militar, cuya jerarquización complica aún más las cosas.

En línea parecida está El color púrpura (1984), la película que dicen las malas lenguas hizo Steven Spielberg para ganar el Oscar, aunque en ese momento se quedó sin él. La historia se ambienta a principios del siglo XX, con adolescente negra embarazada por su propio padre, con lo que se abrirá ante ella un calvario insoportable; Whoopi Goldberg se dio a conocer mundialmente con este título.

Otra denuncia de injusticia, en este caso la persecución de la raza negra y de sus defensores, la encontraremos en Arde Mississippi (1988), dirigida por el inglés Alan Parker, una versión al cine de los sucesos reales ocurridos en el muy racista estado del título, cuando, a mediados de los años sesenta del siglo XX, tres activistas por los derechos civiles desaparecen; dos agentes del FBI (estupendos Gene Hackman y Willem Dafoe) son encargados del caso; tendrán que enfrentarse, aun siendo blancos, al odio del pueblo y a la violencia del KKK que es la auténtica fuerza viva del lugar.

Pero hay otros títulos en los que ya se empieza a ver a negros en situaciones que antes no eran habituales, o simplemente vemos historias en las que las iniciales reticencias dejan lugar a la empatía, quizá incluso a la cordialidad. Así, en Límite: 48 horas (1982), que tuvo tanto éxito que incluso se hizo una secuela, 48 horas más (1990), ambas firmadas por Walter Hill, normalizaba el cine de “buddies” o amigos, en su variante de “opuestos”, todo un venero en sí mismo en el cinematógrafo, un tipo de cine que busca la comicidad en unir dos personajes antitéticos y hacer humor a partir de ahí. Ellos eran Nick Nolte y Eddie Murphy, y aunque el negro en este caso era un timador que tenía que ayudar, velis nolis, a un poli, que era el blanco, el mero hecho de ponerlos en igualdad a la hora de afrontar el crimen a resolver y en cuanto al protagonismo ya era un avance considerable.

Tanto que, no tardando mucho, la igualdad total en este tipo de cine de “buddies” llegó con Arma letal (1987), dirigida por Richard Donner, que también tuvo tanto éxito que se hicieron hasta tres secuelas más: Arma letal 2 (1989), Arma letal 3 (1992) y Arma letal 4 (1998). En todas ellas la pareja de policías, encarnada por Mel Gibson y Danny Glover, blanco y negro, tenían la misma consideración e incluso el afroamericano era el sensato y el blanquito el cabeza hueca.

Dando un paso más en la igualdad de razas (aunque teniendo en cuenta el fin, no sé si fue “un paso menos”), en Tiempos de gloria (1989), de Edward Zwick, se presentaba el caso de un batallón de soldados negros que consiguió que se les permitiera luchar (a favor del Norte, estaríamos buenos…) en la Guerra de Secesión americana de mediados del siglo XIX. Igualdad entonces para ser carne de cañón, aunque ya digo que esa igualdad casi mejor no tenerla. Denzel Washington comenzó aquí a labrar su carrera como estrella afroamericana, consiguiendo el primero de los dos Oscars que tiene.

Un caso atípico en esta década de la búsqueda de la igualdad sería la de Perro blanco (1982), uno de los últimos largos de ficción del gran Sam Fuller, un cineasta al que en su momento de mayor gloria, años cincuenta y sesenta, se le motejó de ultraderechista y racista; sin embargo, este filme supone justamente lo contrario, una hermosa oda contra el racismo, casi una fábula (dado el protagonismo animal, aunque no hablara…) en la que una mujer atropella por accidente a un pastor alemán blanco, quedándoselo al no encontrar a su dueño, hasta que un día descubre que el perro, que ha sido adiestrado para ello, ataca a la gente negra… 

Spike Lee es uno de los nombres fundamentales del cine afroamericano surgido a partir de los años ochenta. Tras una primera película de corte independiente y escasísimo coste, Nola Darling (1986), interpretada exclusivamente por negros pero de corte romántico, sin una especial referencia racial, Lee acometerá una serie de filmes que sí estarán cortados por el patrón de la denuncia del racismo, hasta el punto de convertirlo, en aquella época, en su marca de fábrica: el primero de ellos seria Haz lo que debas (1989), ambientado en una de las zonas más empobrecidas de Brooklyn, donde conviven distintas razas, desde la mayoritaria negra hasta hispanoamericanos y asiáticos; en ella veremos que el asunto del racismo no es solo un tema de blancos contra negros.

En el apartado del cine abiertamente comercial también se hacían esfuerzos por la igualdad. Así, en Paseando a Miss Daisy (1989), de Bruce Beresford, película que ganó 4 Oscars, se planteaba una comedia amable de opuestos que, por supuesto, terminaba bien. Ella es la miss Daisy del título, una anciana blanca y cascarrabias (deliciosa Jessica Tandy), él un chófer negro y paciente, dentro de lo que cabe (magnífico Morgan Freeman, en el papel que lo lanzó al estrellato, cuando había cumplido ya los cincuenta años: qué desperdicio…), que habrán de aprender a convivir y a relacionarse tras unos primeros encuentros no precisamente agradables. Ese aprendizaje los convertirá en iguales como personas, aunque mantengan roles diferentes.

Pie de foto: Richard Roundtree en una escena de Las noches rojas de Harlem, cima del blaxplotaition.

Próximo capítulo: El racismo en el cine USA: De “El nacimiento de una nación” (1915) a “El nacimiento de una nación” (2016). Normalización (y III).