Rafael Utrera Macías

Días pasados falleció en Madrid, a los 72 años de edad, Isabel Escudero. Profesora de Universidad, ejerció la docencia, inicialmente, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense y, con posterioridad, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Sin embargo, su nombre traspasó los límites universitarios en función de diversas facetas creativas en las que fue artista y experta, entre otras, poeta y recitadora, ensayista y crítica. Extremeña de origen, nació en Quintana de la Serena (Badajoz), en 1944, aunque su dedicación profesional y artística estuvo siempre vinculada a Madrid, ciudad en la que ha muerto en este 2017.

Sus temas de preferente atención, volcados en tantos artículos y diversos libros, fueron los relacionados con el lenguaje y la sociología, así como con las diversas modalidades artísticas, donde la poética y la poesía o el cine y su crítica ocuparon lugares preferentes. Su primer libro de versos se tituló “Coser y cantar”, incursión y prolongación de la poesía popular y sus formas orales de expresión donde el dominio del verso corto se unía a un tipo de frase sentenciosa seguidora de los caminos avanzados por don Sem Tom de Carrión en sus “Proverbios” o por don Antonio Machado en su “Juan de Mairena”. De acuerdo con la dedicatoria estampada por ella en mi ejemplar, “estas coplas quieren dar razón de lo fulgurante”. Seguirían a éste títulos como “Cifra y aroma” y el ensayo “El llanto: para una hermenéutica de las lágrimas”, entre otras publicaciones científicas.


Crítica cinematográfica


Sin embargo, lo que en este artículo pretendemos resaltar y poner de manifiesto es la faceta de crítica cinematográfica que Isabel Escudero desarrolló durante unos determinados años en la revista especializada “Cinema 2002” (y en la que sería su efímera continuadora “Cinema 2001”). La vida de esta publicación comienza en marzo de 1975 y se mantiene hasta 1980 cuando se clausura tras la edición ininterrumpida de 66 números; a excepción de los dos últimos, la dirección periodística, según puede comprobarse en la mancheta, fue ejercida por Sol Fuertes, aunque las líneas maestras, ideológicas, críticas, cinematográficas, acaso correspondieron, en las sucesivas etapas, a los distintos consejos de redacción, generalmente conformados por firmas reconocidas en estos ámbitos; en ellos, nunca faltó la persona de Isabel Escudero.

Tras unos primeros números vacilantes en sus contenidos, la revista afianza su estructura, tanto en lo formal como en la enjundia de sus temas, al tiempo que se van incorporando a su equipo de redacción firmas jóvenes, en tantos casos salidos de las facultades universitarias, que aportan nuevos posicionamientos ideológicos y, al tiempo, nuevas metodologías críticas; en definitiva, un nuevo frente se sitúa ante una diferente etapa histórica que abarca desde el ocaso de la dictadura hasta el final de la transición.

Como ejemplo de lo que pretendemos historiar, la firma de Isabel Escudero (aparecida por primera vez en el nº 3, mayo de 1975, con una crítica de Amarcord) precede a su artículo sobre El fantasma de la libertad con un subtítulo bien significativo “Consideraciones estructurales y psicoanalíticas” (nº 9). En efecto, el estructuralismo y el psicoanálisis (no estarían muy lejos las teorías feministas, luego se dirá con qué carácter) estaban ya causando furor en los medios críticos cinematográficos; la traducción que el profesor Jorge Urrutia había hecho del libro de Christian Metz, “Lenguaje y cine”, era el mejor símbolo sobre el inmediato estado de la cuestión (el propio primer número de la revista comentaba el volumen). De otra parte, precisamente “Cinema 2002” sería la avanzadilla del psicoanálisis y el cine cuando, al año siguiente, en 1976, Gabriel Blanco comience la publicación de una serie en la que aplicaba estas teorías tanto a películas del cine clásico (El gran dictador, El acorazado Potemkim) como a estrenos del momento (Elisa, vida mía, Manhattan).


Sería simplista por nuestra parte, reducir los criterios críticos de Isabel Escudero a estas precisas metodologías; muy al contrario, a su personal opinión (siempre avalada por sobrado conocimiento de los temas y, en varias ocasiones, precisadas por ella misma con la bibliografía o filmografía correspondiente), se une un seguro trazo literario al que no le es ajeno el sentido del humor (bajo la modalidad del sarcasmo, la ironía, la sátira, el absurdo, etc.); en muchos casos, sus críticas, tras el título de la película, añadían una coletilla que orientaba sobre el sentido de sus opiniones; así, a Un dios desconocido, le seguía “Ni tan desconocido, ni tan Dios”, a Tamaño natural, “Crónica de una masturbación”, a Caniche,  “La rabia de no ser perro”, a Casanova, “Rito erótico o de la Épica a la Hípica”, a Ludwig, “Delirio de una máquina célibe”, a Sexo loco, “O del sexo excéntrico al Amor concéntrico”, y al bergmaniano Cara a cara le apostillaba, eso sí, entre paréntesis, “Con Caperucita Roja”.


La crítica según Isabel


Antes de entrar en el trabajo personal desarrollado por Escudero en la revista que nos ocupa, permítasenos adentrarnos en el panorama general de la crítica cinematográfica de ese tiempo. Este cronista mantenía, en aquellos lejanos años, una página semanal, de contenido cinematográfico, en el diario sevillano “El Correo de Andalucía”, dirigido por el periodista José María Javierre. Nuestro interés por el funcionamiento de la crítica cinematográfica especializada nos decidió a formular una encuesta entre diversos miembros de variados medios. Las respuestas, de personas o colectivos, fueron publicadas en las páginas del periódico a lo largo de 1976 en este orden: Isabel Escudero. “Cinema 2002” (16. Mayo); Francisco Javier Izquierdo. Radio Popular/Jerez de la Frontera (20. Junio); Norberto Alcover. “Reseña” (11. Julio); Diego Galán. “Triunfo” (25. Julio); J. Maqua / C. Pérez Merinero (editores) según el libro “Cine Español. Ida y vuelta” (8. Agosto); colectivo “Marta Hernández” según el libro “El aparato cinematográfico español (22. Agosto).

La respuesta que nos interesa hoy es la de Isabel Escudero cuyo testimonio se manifestaba así:
“Creo que, en unas determinadas urgencias sociales, es necesario subvertir el discurso idealista, triunfalista, inútil e inutilizante, de la teoría crítica cinematográfica actual. Es decir, creo que se debe ir a una "crítica militante”, al servicio de la emancipación humana y social. Esto no implica necesariamente una miopía ideológica, pues, en definitiva, no creo en una utilización coyuntural y “política” del hecho artístico, sino que si el cine, realmente, nos enseña a “ver”, es decir nos enseña a “mirar” más allá de nuestro bioideológico ojo (caso de Blow-up, de Antonioni), develándonos la verdadera relación entre las cosas, sin duda devendría un cine “revolucionario”, y si en un principio esta "lucidez" no fuera fácilmente transmisible, sí estaríamos camino de un “cine de ruptura" que nos empujase a salir de la “prehistoria de la comunicación". Como todo lenguaje verbal sobre un lenguaje esencialmente icónico la crítica cinematográfica se encontrará siempre con grandes insatisfacciones técnicas y metodológicas. No obstante, en la medida de nuestras fuerzas votamos por una crítica cinematográfica que coadyuve a la creación de un cine capaz de liberarse de la “pobreza estructural”, en los esquemas de relación entre el hombre y el hombre y entre el hombre y las cosas. Y todo esto con un lenguaje específicamente cinematográfico. Una vez conseguida esta clarificación del sentido de la obra cinematográfica dentro de una condición humana sin explotaciones ni subdesarrollo intelectual, sería posible una "desideologización" del lenguaje crítico cinematográfico. En tanto esto no se consiga es prioritario a todos los niveles una acción conjunta, crítica y artística, de oposición sistemática a los modos de alienación y de justificación de un cine adormecedor y perpetuante de la ideología de la clase dominante”.

Tomando en cuenta esta opinión y, en conjunto, las demás respuestas, podríamos sintetizar la cuestión planteada en la encuesta periodística de este modo: en función de la crítica que se practica, los informadores-escritores de cine modulan su actividad dentro de una gama cuyos antípodas podrían situarse entre una mera información y consejo ante el producto criticado y el entendimiento radicalizado de que ése producto es la consecuencia de unas fuerzas de producción; entre ambos posicionamientos, toda una serie de opiniones que se mueven dentro de la consideración del fenómeno artístico-estético como la expresión individual --aunque realizada colectivamente-- de un entendimiento del mundo y de las relaciones entre las personas.


Diversa tarea de una crítica audaz


En este genérico “entendimiento del mundo y de las relaciones entre las personas” podría situarse el conjunto de críticas que nuestra recordada Isabel publicó en la revista madrileña; sin embargo, tal como hemos dicho anteriormente, su formación intelectual y cultural, filológica y sociológica, artística, en general, y cinematográfica, en particular, conformarían los contenidos expresados tanto en las críticas publicadas, en la cobertura de festivales, en las entrevistas mantenidas con cineastas, en los artículos dedicados a un director o a un tema monográfico. 

En este sentido, destacan sus crónicas sobre el Festival de Cannes, tanto en la edición de 1976, donde pudo conocer los estrenos de Novecento (Bertolucci), Cara a cara (Bergman), El inocente (Visconti), El imperio de los sentidos (Oshima), como en la de 1978, cuyo comentario tituló “Entre el circo y el realismo democrático”, en la que criticó con energía tanto el bajísimo nivel como los cambios de estilo en filmografías y autores de marca. Así dice: “Porque la tónica general del Festival este año ha sido la de la exageración circense en el ambiente, la “ceremonia cinematográfica” en las calles, y, en cambio, dentro, en la oscuridad de la sala, una torpe aproximación a la vida cotidiana desprovista de imaginación y marcada profundamente por una especie de “realismo democrático” más romo y deprimente que cualquier tipo clásico de realismo”. Y, seguidamente, cita algunas excepciones a la regla de la mediocridad, El grito (Skolimowski), El doble (Fassbinder), Violette Nozière (Chabrol), El árbol de los zuecos (Olmi) y “algo” de Adiós al macho (Ferreri) y El imperio de la pasión (Oshima), no sin criticar el cambio operado en quienes respondían a la imagen de marca: los habitualmente alocados pedían una llamada a la mesura, a la estructuración y al orden.

Un Festival, de signo completamente opuesto, fue el de “Cine Infantil de Gijón” (edición de 1979), del cual Isabel escribió un artículo, “Los niños del celuloide”, dentro del monográfico dedicado por la revista a “El niño y el cine”, tema, entonces, de gran actualidad. Las teorizaciones de la articulista hacen referencia a las peculiaridades que la técnica audiovisual debe mantener a fin de suplir los graves obstáculos con los que tiene que contar al comunicar algo a la mente y las emociones infantiles; entre otras, la “automática fijación de la realidad a las dimensiones de la pantalla y la concepción o reducción a concepto (foto fija) de lo que la mirada del niño, más discursiva que ideal, es todavía indefinido y abierto”.

Relata la cronista que mientras los adultos echaban pestes de las insoportables sesiones, aburridísimas y sin traducción, de los países más “endiabladamente pedagógicos”, los niños seguían mirando, con una “especie de aséptica anestesia, horas y horas, como benditos” (fenómeno psicológico del embobamiento o “efecto polilla”). Pero al salir y preguntarles sobre opiniones y gustos, el jovenzuelo con el mínimo esfuerzo del lenguaje pasota, respondía: “Jo, qué pestiño. No mola nada”. Al final del artículo, figura una nota de la revista donde se agradece al niño Alejandro Martín sus “graciosas y lúcidas intervenciones y comentarios al tiempo que nos orientó bastante sobre eso de los gustos infantiles”. El hijo había sido guía de su madre en el intrincado laberinto del cine para niños.


Participación en números monográficos


Tanto "Cinema 2002" como su continuadora “Cinema 2001” dedicaron números monográficos a temas muy diversos, tales como los especiales “Buñuel”, “Cine de humor”, “Cine americano” y “Cine español: crónica de una época”. Isabel Escudero contribuyó a cada uno de ellos con títulos como “El cine de Luis Buñuel o la emoción de la subversión (Sí me mueve mi Dios para quererte)”, “Los mecanismos de lo cómico”, “La moralidad en el western” y “El cine, espejo sin azogue”. En el primero, elucubra sobre algunas respuestas posibles a su propia pregunta “¿Qué es lo que Buñuel, a diferencia de otros artesanos del sentimiento, introduce en el discurso cinematográfico para hacerlo conmovedor?” Aparte de la nostalgia de los pasos perdidos de los surrealistas, la autora alude a la falta de tiempo o de futuro, con lo cual sus películas no deberían tener fin, “como si el último rollo de celuloide se engarzara con el primero y volviera empezar”; en efecto, no hay más que recordar el final/comienzo de Tristana.

En lo relativo a la comicidad, Escudero analiza, a la sombra de Freud, Bergson, Dorfles, los elementos de artificio, incongruencia, falsificación, desplazamiento, cálculo del tiempo, etc., con referencias a Keaton, Lloyd y otros, cruzándose más o menos ocasionalmente con el humor negro de Azcona y Berlanga, de Bardem y Buñuel. Y, en artículo referido al “cine del oeste”, la escritora arranca con las bases necesarias para “crear una moral interna” y de otra, dotarla de los “ingredientes colonizadores suficientes a escala planetaria”; los ejemplos pertinentes situarán las exhaustivas parejas de contrarios, desde “la bondad y la maldad” a “el destino y la libertad”, en la praxis de lo que se ha dado en llamar “el universo del western”.

Ilustración: Isabel Escudero


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