Enrique Colmena

Los recientes Premios ASECAN del Cine Andaluz 2017, con diez intérpretes andaluces, actores y actrices, todos ellos nominados por películas de ámbito español, y los Premios Goya 2017, con varios candidatos andaluces a los galardones que reconocen las mejores interpretaciones (y un merecidísimo premiado, Manolo Solo), confirman lo que ya es una realidad meridiana: los intérpretes andaluces, en este siglo XXI, por cantidad y calidad, han dejado atrás el último cuarto de siglo XX, cuando los actores y actrices de relieve nacional eran apenas un puñado, generalmente valiosos, pero siendo en su conjunto una presencia testimonial en el panorama cinematográfico y audiovisual español.

En el presente artículo y en las sucesivas continuaciones que se publicarán próximamente nos proponemos hablar de la pléyade que conforman los intérpretes andaluces del siglo XXI. Eran posibles varias formas de clasificación: por provincia de nacimiento o adopción, por calificación de su actividad (actor principal, reparto…), pero finalmente lo vamos a hacer por tramos de edad, entendiendo con ello que se puede hacer un estudio generacional de los actores y actrices andaluces que conforman un muy importante grupo a nivel nacional. Por supuesto, aunque hemos intentado traer a este estudio el mayor número posible de intérpretes andaluces de relevancia nacional, no aspiramos a la exhaustividad, ese imposible. Aquellos intérpretes que pudiéramos inadvertidamente omitir nos disculparán por ello.

Hablaremos en este artículo inicial entonces de aquellos intérpretes que continúan en activo en este siglo XXI, pero que empezaron a trabajar, y lo hicieron con papeles de relieve, en el siglo XX, durante las últimas décadas de esa centuria; por consiguiente, hablamos de personas que ya peinan canas, algunos desde hace décadas, los más mayores de la pléyade actoral que son objeto de esta serie de artículos. Quizá la decana de esa generación, en su caso ya con una edad que supera los ochenta años, sea María Galiana, la actriz sevillana que, sin embargo, llegó tarde a la interpretación: profesora de oficio, su primer papel sería en Madre in Japan (1985), una de las primeras películas del cine andaluz, cuando ya tenía cincuenta años. A partir de ahí siguió apareciendo intermitentemente en producciones varias, casi siempre en papeles episódicos, hasta que su espléndida interpretación en Solas (1999), de Benito Zambrano, auténtico “big bang” del actual Nuevo Cine Andaluz, la catapulta a la fama, con numerosos premios (incluido el Goya a la Mejor Actriz de Reparto) que confirman la calidad de un trabajo exquisito. Desde entonces, Galiana se convierte en un rostro habitual en el audiovisual español. En cine destacaría en filmes como Fugitivas (2000) y Tapas (2005), mientras que en televisión se hará un rostro entrañable por su participación en la serie Cuéntame cómo pasó. Actriz más intuitiva que de método, compone con singular acierto personajes populares, aunque su formación intelectual le permite hacer cualquier tipo de papeles.

José Luis Gómez es otro de los intérpretes andaluces que continúan en activo pero que ya triunfaban en el siglo XX. Actor fundamentalmente de teatro, donde es una leyenda viva, el onubense llamó poderosamente la atención en el siglo pasado en filmes como Pascual Duarte (1976), de Ricardo Franco, y Parranda (1977), de Gonzalo Suárez. Trabajó en esa época con los  más reputados directores españoles, desde Carlos Saura a Manuel Gutiérrez Aragón, desde Jaime Camino a Jaime de Armiñán, desde Jaime Chávarri a Pilar Miró; también estaría en algunos de los filmes del cine andaluz de la época, como Las dos orillas (1987), de Juan Sebastián Bollaín. A partir del siglo XXI, sus apariciones se hacen más esporádicas, volcado en la dirección e interpretación teatral, pero aún así tendrá tiempo para trabajar con Almodóvar en Los abrazos rotos (2009) y La piel que habito (2011), y de intervenir en varias películas andaluzas: La luz prodigiosa (2003), Atún y chocolate (2004) y La isla del viento (2015). Gómez es un sobresaliente actor que conoce todos los resortes de la interpretación, con una voz muy personal.

El sevillano Juan Diego es otro de los actores andaluces que ya durante las últimas décadas del siglo XX fue importante en las pantallas españolas. En su caso fueron fundamentales sus numerosas apariciones en Televisión Española, en los magníficos dramáticos de la época, en espacios como Estudio 1, Novela o Pequeño Estudio, así como en series como El pícaro o Suspiros de España, entre otras muchas. En cine empieza a descollar a partir de la Transición, en filmes con interpretaciones tan diferentes como las que realiza en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus, y en La corte de Faraón (1985), de José Luis García Sánchez; en una nueva muestra de versatilidad, en Dragón Rapide (1986), de Jaime Camino, interpretará al General Franco. Su seguridad y ductilidad le hacen ser llamado para filmes como El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán Gómez, o El rey pasmado (1991), de Imanol Uribe. Su interpretación de San Juan de la Cruz en La noche oscura (1989), de Saura, suscita toda clase de elogios. Interviene también en una de las películas clave del cine andaluz, Yerma (1999), de Pilar Távora, y ya en el siglo XXI será el alma máter de la serie televisiva de Benito Zambrano Padre Coraje (2002). Durante este siglo alternará los personajes en películas de directores consagrados, como Saura (El 7º día), con novatos, como Antonio Banderas (El camino de los ingleses). También ha vuelto a la televisión, tantos años después, para dejar su impronta especialísima en series como Los hombres de Paco. Juan Diego sigue siendo un imprescindible de la interpretación española; y es andaluz…

El sevillano Máximo Valverde colgó los trastos de torero para desarrollar durante los años setenta, fundamentalmente, una apreciable carrera como actor, generalmente en una línea de cine comercial, en filmes como Las Ibéricas F.C. (1971) o Chicas de alquiler (1973), casi siempre en papeles secundarios donde lucía su palmito de galán. Sin embargo, también supo estar en películas de mayor calado, como La cólera del viento (1970), de Mario Camus, o Clara es el precio (1974), de Vicente Aranda, en papeles mucho más complejos. Intervino con un rol fundamental en la película seminal del cine andaluz, Manuela (1976), de Gonzalo García Pelayo. Con la llegada del Destape, se dedicó a hacer películas olvidables durante el resto de los años setenta y los ochenta, para reaparecer en los noventa en la miniserie El Quijote de Don Miguel de Cervantes (1991). A partir de ahí ha aparecido de forma episódica en cine y televisión, espaciándose sus intervenciones, en productos generalmente poco interesantes, como Isi/Disi. Amor a lo bestia (2004) o series televisivas como Gym Tony.

El caso del cordobés Rafael Álvarez “El Brujo” es parecido al de José Luis Gómez: hombre fundamentalmente de teatro, sus apariciones en pantalla, grande o pequeña, no son numerosas. Apareció El Brujo, por ejemplo, en El crack (1981), de José Luis Garci, conseguido intento de hacer un cine negro a la española, y posteriormente en papeles secundarios en filmes como El hermano bastardo de Dios (1986), de Benito Rabal. Su interpretación más interesante de esa época en una pantalla la hará en La taberna fantástica (1988), sobre la obra teatral homónima de Alfonso Sastre. Varias series televisivas de la época, desde Juncal a Brigada Central, dan cumplida muestra de su personalidad. En cine hará, para José Luis Borau, Niño nadie (1997) y, para Saura, Pajarico (1997), y ya en el siglo XXI se mete en la piel del mítico pícaro en Lázaro de Tormes (2001), de Fernán Gómez y García Sánchez. A partir de ahí, casi nada. Pero está claro que la fuerte personalidad de El Brujo marca cualquier producto en el que intervenga.

La malagueña Kiti Mánver se dio a conocer, aún adolescente, en Habla, mudita (1973), opera prima de Manuel Gutiérrez Aragón, para después, ya adulta, convertirse en una actriz muy segura, generalmente en papeles secundarios y con frecuencia dentro de la comedia. Estuvo en algunos de los productos de la Nueva Comedia Madrileña, como ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1979), de Fernando Colomo, y en Ópera prima (1980), la ídem de Fernando Trueba. A partir de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) comienza una fructífera relación artística con Almodóvar, que la llama para varios de sus filmes de la época, como ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) y Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988). En los noventa trabajará para Gonzalo Suárez (La reina anónima), Manuel Gómez Pereira (Todos los hombres sois iguales, Boca a boca) y en series televisivas de éxito, como Truhanes. Ya en el siglo XXI, será llamada por Álex de la Iglesia (La comunidad), Manuel Gutiérrez Aragón (El caballero Don Quijote) e Icíar Bollaín (Te doy mis ojos). Durante los últimos años su rostro se ha hecho aún más popular por sus intervenciones en comerciales series de televisión como Gran Hotel y Velvet. Mánver es una actriz dúctil, con demostrada capacidad para comedia y drama.

Un caso peculiar es del de Bibiana Fernández, actriz malagueña, nacida en Tánger como varón, operada posteriormente para restituir lo que la Naturaleza erró, cuyo nombre artístico original, Bibi Andersen, tuvo que ser modificado por problemas de derechos con la actriz sueca de nombre casi homónimo, Bibi Andersson. Bibiana tiene una carrera un tanto irregular pero interesante. Su condición de transexual le permitió debutar en cine en (muy apropiadamente) Cambio de sexo (1977), de Vicente Aranda, y a partir de ahí su presencia en las pantallas durante el siglo XX fue habitual, con frecuencia dentro de La Movida Madrileña, trabajando para Pedro Almodóvar en filmes como Matador (1985), La ley del deseo (1986) y Tacones lejanos (1991), pero también con otros directores de interés, desde Manuel Gutiérrez Aragón (La noche más hermosa) a Fernando Trueba (Sé infiel y no mires con quién), pasando por el exquisito Gonzalo Suárez (Remando al viento) y Álex de la Iglesia (Acción mutante). En los años noventa aún trabajó con regularidad en filmes llamativos, que buscaban hacer cine moderno y comercial, como Más que amor, frenesí (1996) y Atómica (1998). A partir del siglo XXI su presencia casi desaparece en cine, manteniendo cierta actividad episódica en series televisivas: 7 vidas, Aquí no hay quien viva, La que se avecina. Fernández es una actriz muy marcada por su físico y por su peculiaridad como persona transgénero, lo que probablemente ha complicado su carrera.

El sevillano Antonio Dechent comenzó su carrera en los años ochenta, con pequeños papeles en películas significativas como El Lute. Camina o revienta (1987), de Vicente Aranda. Estuvo también por aquel entonces en algunos títulos del cine andaluz, como Las dos orillas (1987), de Bollaín. Durante los noventa fue haciéndose un hueco, poco a poco, en producciones nacionales, tanto en cine (El día de la bestia, Libertarias…) como en televisión (Lleno, por favor, La mujer de tu vida…). A partir del siglo XXI su presencia gana en relevancia, en peso específico, y su seguridad y buen  hacer le hacen participar en gran número de filmes: Carmen, 7 vírgenes, Salvador Puig Antich, Alatriste, La voz dormida… Ha trabajado con los mejores directores de los últimos veinte años, desde Vicente Aranda a Alberto Rodríguez, desde Agustín Díaz Yanes a Juan Carlos Fresnadillo, desde Benito Zambrano a Mario Camus. Su nombre es sinónimo de seguridad y eficacia.

Aunque parezca mentira porque tenemos de él aún la imagen del joven veinteañero que alguna vez fue, lo cierto es que el malagueño Antonio Banderas ya se va aproximando a los sesenta años, y empezó a trabajar en cine a principios de los años ochenta, dentro del contexto de La Movida Madrileña, en concreto en el filme de Almodóvar Laberinto de pasiones (1982), para después hacerse un nombre en el panorama del cine español con títulos como Bajarse al moro (1989) y Si te dicen que caí (1989), aunque su fama le llegará fundamentalmente al convertirse en un “chico-Almoldóvar”, interviniendo sucesivamente en buena parte de los filmes del manchego de la segunda mitad de los años ochenta y primeros noventa: Matador, La ley del deseo, y, fundamentalmente, Mujeres al borde de un ataque de nervios y Átame!, que le permiten dar el salto al cine USA. De Banderas poco más hay que decir, más allá de que es el más internacional de los actores españoles y que es una señera figura del cine, muy reconocida en España.

Precisamente la también malagueña María Barranco se dio a conocer popularmente en la almodovariana Mujeres al borde de un ataque de nervios, donde llamó poderosamente la atención por su peculiar gracejo. A partir de ahí, mantuvo una presencia frecuente en cine, generalmente en papeles cómicos y de carácter secundario, como en Las cosas del querer (1989), de Jaime Chávarri, y El rey pasmado (1991), de Imanol Uribe. Pero también fomentó su vena dramática en productos alejados de la comedia, como Las edades de Lulú (1990), de Bigas Luna, y Todo por la pasta (1991), de Enrique Urbizu. A partir del siglo XXI su estrella decae un tanto, pero aún así mantiene intermitentemente una presencia interesante en el audiovisual español, en filmes como El viaje de Carol (2002), de Imanol Uribe, y Atún y chocolate (2004), de Pablo Carbonell, e intervenciones episódicas en series televisivas como Hospital Central. Dueña de una comicidad muy personal, Barranco puede dar todavía mucho juego.

Pablo Carbonell, mencionado anteriormente, es el último de los intérpretes que comentaremos en este artículo inicial. El gaditano, también cantante, músico, director y guionista, es un actor dotado de una evidente vis cómica, caracterizada por su tono informal. Empezó en cine en el thriller Los invitados (1987), de Víctor Barrera, para después pasarse al cine de comedia que parece más acorde con sus cualidades, en películas como Mátame mucho (1998), del cordobés José Ángel Bohollo, y Obra maestra (2000), de David Trueba. Ya en el siglo XXI protagonizó y dirigió Atún y chocolate (2004), para después centrarse fundamentalmente en series televisivas de tirón comercial, como Hospital Central y Cuéntame cómo pasó.

Pie de foto: María Galiana, junto a Ana Fernández, en una escena de Solas.

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