Enrique Colmena

Retomamos el censo de actores y actrices andaluces de la última hornada con esta segunda y última parte del artículo iniciado con Intérpretes andaluces del siglo XXI, la pléyade (III): Los (veinti)nueve novísimos (1).

Seguimos, pues, hablando de los actores y actrices que no han cumplido aún (o están a punto de) los cuarenta años, ese momento de plena actividad y continuo aprendizaje. Claro que algunos parece que ya venían aprendidos desde casa, como ocurre con la estupenda Belén Cuesta, sevillana recriada en Málaga, donde estudió teatro. Es una actriz especialmente dotada para los papeles cómicos, a los que suele insuflar grandes dosis de entrañable, genuina ternura. Empezó con pequeños papelitos en filmes de serie B como Hierro (2009) y en series de la factoría de El Terrat, como Palomitas. Su participación en La montaña rusa (2012), de Emilio Martínez Lázaro, aunque la película resultó ser un fracaso, le permitiría años más tarde volver a trabajar con el director madrileño en Ocho apellidos catalanes (2015), donde estaba soberbia. Anteriormente ya se había ido labrando un nombre en series como Bandolera y Vis a vis, para entrar en el cine por la puerta grande con el citado filme de Martínez Lázaro y con sus personajes de Tenemos que hablar (2016), de David Serrano, Villaviciosa de al lado (2016), de Nacho G. Velilla, y, sobre todo, Kiki, el amor se hace (2016), de Paco León, donde estaba espléndida, como en la serie televisiva Buscando el Norte. Belén es, sin duda, uno de los valores más firmes de la nueva generación de intérpretes andaluces y españoles.

Qué decir entonces de María León, hermana de Paco León e hija de Carmina Barrios, una familia evidentemente llamada por el arte interpretativo (en el caso de la madre, como ya sabemos, más por intuición que por técnica…), una mujer que, al margen de sus evidentes encantos físicos, aporta frescura, una gracia natural a sus personajes. Se mueve con facilidad en la comedia, aunque también ha hecho algunos papeles dramáticos, que ella hace rebosar de humanidad y autenticidad, como en La voz dormida (2011), de Benito Zambrano, donde estaba desgarradora, uno de esos personajes inolvidables que, de vez en cuando, nos da el cine, y que le reportó a la sevillana el Goya a la Mejor Actriz Revelación y el Premio a la Mejor Interpretación en el Festival de San Sebastián. Ese registro dramático, que no es muy frecuente en su carrera, sin embargo aparecerá también en Marsella (2014), de Belén Macías, pero en general su filmografía discurre por la comedia, tanto en televisión, con las exitosas series Con el culo al aire y Allí abajo, como en cine, en el díptico dirigido por su hermano, Carmina o revienta (2012) y Carmina y amén (2014), y también en la comedia que explotaba (a la manera de Ocho apellidos vascos) el filón de contraponer las diferencias regionales españolas en Cuerpo de élite (2016), de Joaquín Mazón. 

El caso del sevillano Jesús Carroza es curioso: sin haber cumplido aún los veinte años, fue seleccionado en un casting en su instituto al que se presentó “de cachondeo”, según  sus propias palabras, para ser el coprotagonista de 7 vírgenes (2005), de Alberto Rodríguez; su interpretación, carente de técnica pero llena de frescura y autenticidad, le valió elogios unánimes y el Premio Goya al Mejor Actor Revelación. A partir de ahí, con buen criterio, el neófito actor se ha formado en técnica interpretativa y tiene ya una interesante carrera tanto en televisión como en cine. En el primero de esos medios estuvo en Mis adorables vecinos, con un papelito, y más tarde ya con papeles relevantes en Buscando el Norte y Mar de plástico, en registros muy distintos, lo que evidencia su versatilidad. También estará en la nueva serie televisiva de Alberto Rodríguez, La peste. En cine ha intervenido tanto en productos modestos pero interesantes, como Déjate caer (2007), de Jesús Ponce, como en superproducciones internacionales, como Che: Guerrilla (2008), de Steven Soderbergh, además de en títulos nacionales de primera línea como Celda 211 (2009) y El Niño (2013), ambos de Daniel Monzón; todo ello aparte de intervenir en casi todos los filmes de Alberto Rodríguez, su descubridor: After (2009), donde se “comía” metafóricamente a los actores profesionales, Grupo 7 (2012) y La isla mínima (2014). Si, como hemos podido ver en su última etapa, es capaz de aunar técnica actoral con frescura interpretativa, Jesús puede ser uno de los grandes de su generación.

El caso del gaditano (de Vejer de la Frontera, concretamente) Jesús Castro es bastante parecido al de Carroza. Sin experiencia interpretativa alguna, se presenta a un casting multitudinario y es elegido por Daniel Monzón para protagonizar El Niño, el gran éxito español de aquel año. En ella se hicieron evidentes sus insuficiencias actorales, pero también un encanto personal y una potente fotogenia que hipnotizaba a la cámara. A partir de ahí, ha mostrado sus progresos en la interpretación tanto en televisión, en series como Mar de plástico y El príncipe, como en cine, en La isla mínima. Castro es un actor que puede tener mucho recorrido, más allá de su evidente planta de galán.

El granadino Antonio Velázquez tiene ya una apreciable trayectoria fundamentalmente en televisión, en series en las que ha compuesto papeles de todo tipo, desde romántico a acción, pasando por dramático y cómico. Es, por tanto, un actor de amplio registro, capaz de personajes protagonistas o secundarios, que aborda con igual profesionalidad y buen hacer. Muy joven se le pudo ver ya en la serie SMS, sin miedo a soñar, y a partir de ahí su rostro empezó a hacerse familiar en títulos como ¡A ver si llego! y Chica busca chica, hasta que con Paquirri consigue su primer papel importante, al interpretar al famoso torero muerto trágicamente. A partir de ahí encadenará, uno tras otros, papeles en series que tuvieron mucho seguimiento popular: Sin tetas no hay paraíso, Tierra de lobos, Hermanos, en los que cultiva personajes recios y viriles. En Buscando el Norte, sin embargo, nos muestra su imagen más humorística, confirmando su versatilidad. En cine sus títulos son escasos, pero destacaríamos sus intervenciones en papeles secundarios en Tengo ganas de ti (2012) y Mi gran noche (2015). Al margen de sus evidentes encantos personales, Antonio es un actor flexible y seguro, con mucho recorrido todavía por delante.

Maggie Civantos, malagueña, empezó haciendo cortometrajes, para después conseguir algunos papeles episódicos en series como La Mari y, sobre todo, la popular Yo soy Bea. Su carrera ha estado centrada sobre todo en productos televisivos, algunos de ámbito regional, como la andaluza Arrayán, tan longeva, o las nacionales Hospital Central y El tiempo entre costuras. Su gran oportunidad llegó de la mano de la serie Bienvenidos al Lolita, y, sobre todo, por su relevante papel en la serie Vis a vis, que le permite ser una de las protagonistas de la serie de Netflix Las chicas del cable, en grabación cuando se escriben estas líneas. En cine su presencia ha sido menor, pero puede destacarse algún título como 321 días en Michigan (2014), de Enrique García. Es actriz que da lo mejor de sí en personajes fuertes, para los que parece especialmente dotada.

También malagueña es Noemí Ruiz, de sólida formación teatral, y cuya carrera ha discurrido fundamentalmente en televisión. Sus primeros papeles fueron episódicos, en series como Los hombres de Paco o Aida, para hacerse popular, ya con un personaje relevante y plenamente reconocible, en la serie cómica Allí abajo. En cine sus intervenciones se han limitado a algunos cortos y papeles de reparto en largometrajes como Fuga de cerebros (2009). Actriz cuya belleza parecería encaminarla hacia papeles románticos, sin embargo se mueve con facilidad en la comedia, para la que está especialmente dotada.

La gaditana (de Chiclana, concretamente) Pepa Rus es actriz también especializada en comedia, con una vis cómica más que evidente. Su papel más reconocible fue la Macu de Aida, donde hacía toda una creación. Pero también la hemos podido ver en un papel dramático en las series Maitena: Estados alterados, El tiempo entre costuras y Lo que escondían sus ojos, para volver al humor en la telecomedia Gym Tony. En cine su presencia hasta ahora se ha limitado a La mula (2013), de Michael Radford (que la firmó como Anónimo, como es sabido).

El sevillano Selu Nieto, de formación teatral, comenzó en la pantalla con pequeños papeles en filmes como 15 días contigo (2005), para tener ya un personaje reconocible en Lola, la película (2007), de Miguel Hermoso, donde interpretaba a un joven Antonio Burgos, el periodista y escritor andaluz. Tras pasar por la serie de la televisión autonómica andaluza Padre Medina, como buena parte de la profesión de la tierra, ingresa en el elenco de la popular serie El secreto de Puente Viejo, donde aporta la faceta cómica en una serie eminentemente dramática, haciéndose muy popular en su papel de Hipólito Mirañar. En cine sus trabajos han sido escasos; aparte del mencionado a las órdenes de Hermoso, citaremos de nuevo La mula.

Natalia de Molina, nacida en la jiennense Linares aunque recriada en Granada, es una de las más interesantes estrellas emergentes del panorama interpretativo andaluz. A pesar de su extrema juventud (cuando se escriben estas líneas tiene solo 26 años), ya ha conseguido dos Premios Goya, y se la considera con razón como una de las actrices más importantes de su generación. En sus inicios también se formó en teatro, tanto en Málaga como en Madrid, y su comienzo en el audiovisual fue en cortometrajes, para participar en un papel significativo en Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), de David Trueba, que la situó en el mapa actoral español y le facilitó la consecución de su Primer Goya, en este caso a la Mejor Actriz Revelación. Interviene en una serie de intriga, Bajo sospecha, para posteriormente ponerse al frente del reparto de Techo y comida (2015), modesta pero percutante película de Juan Miguel del Castillo, que le permite ganar su segundo Goya, ahora como Mejor Actriz Protagonista. También ha estado en algunos éxitos populares como Kiki, el amor se hace (2016), de Paco León, aunque también en algunos patinazos como Pozoamargo (2015), de Enrique Rivero, y Los del túnel (2016), de Pepón Montero. Su prestigio sigue intacto, como lo confirma su participación en sendos proyectos en fase de producción cuando escribimos estas líneas, Quién te cantará, la nueva película de Carlos Vermut, y la adaptación a la televisión de la novela La catedral del mar, de Ildefonso Falcones.

El jerezano José Manuel Poga se inicia por la senda del humor escénico, para después comenzar a intervenir en pequeños papelitos en series tan populares como Arrayán o La que se avecina. Su primer papel relevante, y por el que llama la atención, lo hace a las órdenes de Alberto Rodríguez en Grupo 7 (2012), para después encadenar una serie de títulos como Miel de naranjas (2012), de Imanol Uribe, El mundo es nuestro (2012), de Alfonso Sánchez, 321 días en Michigan (2014), de Enrique García y, sobre todo, el éxito comercial El Niño (2014), de Daniel Monzón, que le hace ya un rostro plenamente reconocible en el panorama audiovisual español. Posteriormente participará en dos importantes series, Bajo sospecha y Víctor Ros, y también en varios títulos del cine español de más envergadura, como Palmeras en la nieve (2015) y El hombre de las mil caras (2016), además de interpretar al poeta Rafael Alberti en La luz con el tiempo dentro (2015), de Antonio Gonzalo, la biografía de Juan Ramón Jiménez.

Ingrid García Jonsson nació en Suecia, de padre español y madre sueca, pero se crió en Sevilla. El gusanillo de la interpretación le vino de rebote, al hacer de doble de luces de Cameron Díaz en el rodaje sevillano de Noche y día (2010), de James Mangold. A partir de ahí, su presencia inequívocamente nórdica, pero con marcado acento andaluz, se irá haciendo un hueco en el panorama audiovisual español. Primero intervino en varios cortos que le permitieron participar en algún papel episódico en serie nacional, como Tierra de lobos, para hacer con Hermosa juventud (2014), del exquisito Jaime Rosales, su primera gran película, por la que fue nominada al Goya y obtuvo varios premios, entre ellos el Sant Jordi catalán. Tras otra tanda de cortometrajes, a los que Ingrid parece adicta, hará una película de cine indie, la interesante Berserker (2015), para intervenir a partir de entonces en cine comercial que no desdeña otros aspectos más intelectuales, como Toro (2015), de Kike Maíllo, y Gernika (2016), de Koldo Serra. Incluso se atreve con el cine de acción en Zona hostil (2016), de Adolfo Martínez. Ingrid García Jonsson es una de las actrices de más prometedor futuro, una mezcla explosiva entre su apariencia escandinava y su alma andaluza.

El caso del malagueño Miguel Herrán tiene puntos de contacto con los de Jesús Carroza y Jesús Castro. Sin experiencia alguna en interpretación, fue escogido por el actor Daniel Guzmán para su primera película como director, A cambio de nada (2015), un proyecto que le costó diez años poner en pie. La modestísima película consiguió merecidamente dos Goyas, uno para el director y otra para Herrán, como actor revelación. Después ha intervenido en el “reboot” 1898. Los últimos de Filipinas (2016), de Salvador Calvo, El guardián invisible (2017), de Fernando González Molina, y la serie televisiva de intriga y acción La casa de papel. Miguel es un actor autodidacta, con una frescura y espontaneidad que, bien encaminada por la adecuada formación, puede dar un actor notable.

La almeriense Nerea Camacho empezó ya por todo lo alto como la adolescente protagonista del melodrama Camino (2008), de Javier Fesser. Estuvo episódicamente en la serie Los protegidos para después encadenar varios títulos de éxito comercial, como Tres metros sobre el cielo (2010) y Tengo ganas de ti (2012), ambas de Fernando González Molina, y La chispa de la vida (2011), de Álex de la Iglesia. En televisión la hemos visto en las series El barco, Bienvenidos al Lolita y La esclava blanca. Es una actriz con gran potencial, muy segura ya a pesar de su extrema juventud.

Pie de foto: Natalia de Molina, devastada en Techo y comida.

Próxima entrega: Intérpretes andaluces del siglo XXI, la pléyade (y IV). A modo de coda: Los olvidados