Enrique Colmena

Fallecido el 15 de julio de 2017, a los 89 años, Martin Landau es uno de esos actores que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida, especialmente si esa vida data, al menos, de mediados del siglo pasado. En ese caso su rostro está indisolublemente unido a nuestra infancia, a nuestra juventud, a nuestra madurez, a esta senectud que nos va llegando como una marea implacable.

Vamos a recordarlo a través de siete personajes clave en su vida y en su obra, siete personajes que también han sido otras tantas referencias, por muy diversos motivos, en nuestra vida de cinéfilos.


Villano y sádico

Aunque Landau comenzó a aparecer en pantalla (en este caso televisiva) a partir de 1953, el primer papel manifiestamente reconocible por su peculiar interpretación sería Leonard, el villano que hacía en Con la muerte en los talones (1959), una de las más conocidas películas de Hitchcock. Aunque su personaje era manifiestamente de reparto, con poco papel, era llamativa la última escena en la que interviene, cuando Cary Grant sostiene de la mano a Eva Marie Saint, ambos a punto de caer al precipicio en el Monte Rushmore, y ante la súplica de ayuda del personaje de Grant, su Leonard opta por pisarle la mano con el zapato para provocar su caída. La salvación “in extremis” de los personajes de Grant y Saint (estamos a finales de los años cincuenta, cuando cualquier cosa que no fuera un “happy end” era impensable) no empaña una escena que, por su sadismo (puesto en su contexto histórico y temporal, se entiende), puede pasar a una antología de epígonos del famoso marqués.


El centurión fiel

Cambiando drásticamente de personaje, género y tiempo histórico, Martin Landau se incorpora al rodaje de Cleopatra (1963), la mítica película de Joseph L. Mankiewicz que casi arruina a la Fox, pero que finalmente ha quedado como el (descompensado, es cierto) monumento fílmico que es. Landau será ahora Rufio, uno de los más fieles, sino el que más, de los centuriones de Antonio, en un personaje en las antípodas del villano que le dio a conocer en el filme hitchcockiano: donde en Hitch había perversión y sadismo, en Mankiewicz habrá lealtad y generosidad, una entrega absoluta al líder y a la causa, en un personaje honesto a carta cabal.


El espaldarazo de lo imposible

Landau simultaneó, como fue habitual en muchos de los actores norteamericanos contemporáneos, cine y televisión. En la década de los sesenta el intérprete neoyorquino afrontaría el papel por el que alcanzaría ya la fama y por el que, probablemente, pase a la Historia del Cine. Inicialmente contratado como actor para apariciones esporádicas, finalmente los problemas que la productora CBS tuvo con el protagonista anterior harían que Landau fuera llamado a liderar el grupo de espías de Misión imposible (1966-69), la mítica serie televisiva de la segunda mitad de los años sesenta, inolvidable en su impactante música de Lalo Schifrin. Landau, Rollin Hand en su personaje en la serie, trabajaba junto a su esposa, Barbara Bain, y con el resto del elenco formó un poderoso conjunto interpretativo que barrió a otras propuestas catódicas de la época. Su actuación le reportó un Globo de Oro como Mejor Actor televisivo, una de los primeros galardones, que no el único ni el último, que recibiría a lo largo de su vida.

En Misión imposible su personaje era el de un espía de altos vuelos, que se diferenciaba del espía por antonomasia de la época (y casi de todas las épocas, para qué engañarnos), James Bond, en su extraordinaria capacidad para transmutarse, mediante afeites, máscaras, prótesis y ortopedias varias, en cualesquiera otros personajes que tuviera que imitar para llevar a cabo sus misiones imposibles. Los niños de la época esperábamos con fruición cuál sería la transformación que llevaría a cabo en el episodio de turno el personaje de Rollin Hand, o cualquier otro del grupo. Lamentablemente, diferencias económicas llevaron a Landau y a Bain a dejar la serie en 1969, en una decisión que, vista con la perspectiva del tiempo, quizá no fue la más acertada.


Surcando el espacio sideral

El matrimonio, a mediados de los años setenta, es contratado por los productores británicos Gerry y Sylvia Anderson, especializados en la ciencia ficción televisiva, para quienes harán la serie Espacio: 1999 (1975-77), que plantea una curiosa historia en la que la Luna, como consecuencia de la explosión nuclear de los residuos radiactivos que en ella se almacenan, sale de la órbita terrestre y comienza un viaje sin rumbo por el espacio sideral. Al frente de la Base Luna Alfa estará el Comandante John Koenig, al que interpreta Landau, en un nuevo personaje positivo, un líder carismático que deberá afrontar mil aventuras en el deambular galáctico de la Luna.

Espacio: 1999 gozó de gran popularidad en los países donde se emitió, España entre ellos. No deja de ser curioso que la fecha que marcaba la serie en su título, ese 1999 que parecía entonces inalcanzable, y en la cual se suponía que los adelantos científicos serían innúmeros, ha quedado atrás y, desde luego, pocas de las maravillas tecnológicas imaginadas se han cumplido…


El sueño tras la pesadilla

No le fue bien a la pareja Landau-Bain tras terminar Espacio: 1999. Su estrella parecía haber languidecido, y los últimos años setenta y la primera parte de los ochenta fueron horribles: apenas les ofrecían nada, y lo que les planteaban era tirando a horrible. Fueron años de pesadilla, que empezaron a acabarse cuando Martin fue fichado por Francis Ford Coppola para actuar en uno de sus más largamente acariciados proyectos, la vida del efímero constructor de automóviles Preston Tucker. El filme se tituló Tucker. Un hombre y su sueño (1988), y Landau tuvo un lucido papel secundario, el del financiero Abe Karatz, el único que creyó, desde el punto de vista de las finanzas, en la viabilidad del proyecto de aquel soñador. Este papel bombón, un hombre de números que, sin embargo, era entrañable y tenía una gran capacidad para embarcarse en historias imposibles (quizá una nueva, y tan distinta, misión imposible…), le valdría a Martin un nuevo Globo de Oro y su primera nominación al Oscar al Mejor Actor de Reparto.

La película, muy en línea con la historia que contaba y con el desastroso historial de recaudaciones de Coppola, fue un fracaso en taquilla; quizá un hermoso fracaso, como el de otros filmes coppolianos anteriores, desde Corazonada a Cotton Club. Sin embargo, a Landau le sirvió para situarse de nuevo en el mapa, en el escaparate.


El oftalmólogo Raskolnikov

Ese estar en el escaparate le sirve a Martin para ser llamado por Woody Allen para su nueva película, Delitos y faltas (1989), donde Landau interpreta el papel de un oftalmólogo, el doctor Judah Rosenthal, un hombre que lo tiene todo, pero al que su amante, interpretada por Anjelica Huston, le chantajea para que deje a su mujer. Consultado el hermano mafioso del médico, este le aconseja eliminarla, lo que provoca escrúpulos en el doctor. Pero los escrúpulos ya se sabe que son grumos que suelen irse por el sumidero… Especie de Crimen y castigo en el que Raskolnikov, finalmente, decidiera perdonarse a sí mismo, el personaje de Landau presenta muy interesantes aristas: hombre religioso aunque finalmente escasamente practicante y, de hecho, un punto agnóstico, el crimen, el pecado, la redención, se irán diluyendo con el tiempo, como un doloroso recuerdo que apenas aflorara.

La espléndida composición de Landau es de nuevo reconocida con otra nominación al Oscar, de nuevo al Mejor Actor de Reparto, aunque en puridad por su extensión podría haber sido perfectamente al Mejor Actor Protagonista: cosas de la Academia.


Hacer de Lugosi, quizá de sí mismo

 Ese Oscar que se mostraba renuente finalmente llegará. Tim Burton, en su mejor momento, le ofrece un papel bombón, el de un Bela Lugosi decrépito, al final de su vida artística (y de la otra…), en Ed Wood (1994), el biopic sobre el estrafalario cineasta al que se llamó, seguramente con todo merecimiento, el Peor Director de la Historia del Cine. Landau da vida aquí a aquel viejo actor, Lugosi, que fue, en los años treinta, el rey de Hollywood con películas como Drácula (1931), de Tod Browning, pero del que en los años cincuenta nadie se acordaba. Burton y Landau nos presentaron un inolvidable actor en la decrepitud vital y artística, un personaje extraordinario que, como toda la película, cautivó al cinéfilo. Por fin Martin consiguió el ansiado Oscar, en este caso muy atinadamente al Mejor Actor de Reparto, además de un (otro) Globo de Oro.

Tras este broche, y aunque su carrera se prolongó aún más de veinte años, lo cierto es que la estrella de Landau no volvió a brillar a la misma altura. Pareciera como si alcanzar la exquisitez de interpretar a un Lugosi que rondaba la muerte vital y artística, y conseguir el más preciado galardón que puede recibir un actor de Hollywood, hubiera puesto punto y final a la carrera de un intérprete más que notable. Hizo algunos filmes recordables: Rounders (1998), de John Dahl, The Majestic (2001), de Frank Darabont, Remember (2015), de Atom Egoyan, y algunas intervenciones afortunadas en series televisivas, como Sin rastro, donde tenía el rol de padre del agente del FBI interpretado por Anthony LaPaglia; pero lo cierto es que su canto del cisne, bellísimo, tristérrimo canto del cisne, tuvo lugar encarnando al viejo Bela Lugosi, quizá un cierto trasunto de lo que al propio Landau le aconteció tras los éxitos de Misión imposible y Espacio: 1999.

Descanse en paz el actor que nos dio horas y horas inolvidables en nuestra niñez, en nuestra juventud. Descanse en paz quien nos hizo creer en otros mundos, en otras historias, en otras leyendas. Descanse en paz.

Pie de foto: Martin Landau y Barbara Bain, marido y mujer y protagonistas de Misión Imposible.