Rafael Utrera Macías

Un cruce de géneros con la marisma como escenario

La aparentemente complicada trama de Misterio en la marisma (1943), de Claudio de la Torre, utiliza un cruce de géneros donde el tono misterioso y fantasmal se da la mano con el policiaco y éste con el documental cuyo ámbito natural es la marisma. La alta comedia se manifiesta en la actuación de unos personajes de lenguaje sofisticado y smoking habitual, integrantes de una burguesía emparejada con la aristocracia.

El misterio del título se refiere tanto a las características del parque, donde el animal salvaje, desde el camello al jabalí y desde el ciervo al toro, vive en su entorno natural, como al misterioso robo del collar que marca negativamente la felicidad buscada por anfitriones e invitados en el entorno de una naturaleza paradisíaca.

Los recursos técnicos manejados hablan bien tanto de la fotografía de Ted Pahle como de los decorados de Antonio Simont. El montaje de determinadas secuencias demuestra que Claudio de la Torre concebía la producción con un dinamismo que el guión sólo podía esbozar. En tal sentido, la presentación de los dominios de los Almenares se hace con la repetitiva presencia de diversos criados que, desde posicionamientos y parajes distintos, aluden al carácter de la propiedad y de sus dueños; de otra parte, la caza del ciervo por parte de lebreles y podencos se muestra mediante un largo travelling que se recrea tanto en las posibilidades de la misma como en las habilidades de los cazadores.

La música adquiere un carácter que va más allá de lo complementario; la orquestina femenina, las diversas canciones de Arlette, contrastan, como signo de elegante y sofisticada modernidad en la época, con el baile flamenco que, más allá de las corales sevillanas al uso, presentan a una jovencísima Lola Flores, acaso en uno de sus primeros papeles cinematográficos, junto a Terremoto, el niño que luce sus artes taconeando sobre una mesa.


Josefina de la Torre en Misterio en la marisma: el personaje de Arlette

En el inicio de la misma película, concretamente en la segunda secuencia, se nos presenta al personaje de Arlette. Es la directora de una orquestina de señoritas formada por saxo y piano, guitarra y cello, además de un jazz-band que pone ritmo adecuado a la composición. Ensayan una canción en esta clase particular donde la profesora parece estar más pendiente de cuanto ocurre en el exterior que de mejorar la interpretación del conjunto. En efecto, lo sucedido en la calle, observado desde la ventana, la obliga a terminar la sesión y despedirse de las chicas.

En otra dependencia del mismo apartamento vemos a su amigo Max que, sentado sobre la cama, se toca las heridas producidas por el vehículo que lo ha atropellado en la calle. Se culpabiliza de lo ocurrido dado su estado de embriaguez y se lamenta de su mala situación. Arlette le contesta aludiendo a su pasado con orquesta prestigiosa, a su cansancio actual, al frío en ese país helado, a su presente insatisfacción vital. Los billetes que Max le muestra y la inmediata vuelta a una España soleada animan a la mujer a acompañarle en una nueva y oscura aventura.

Otra diferente secuencia, situada a pleno día en el Tiro de Pichón sevillano, nos permite oír la voz de Arlette, vocalista única en una orquesta profesional mientras se suceden diversas escenas propias del lugar donde actúan los personajes. La imagen de la cantante se mueve al ritmo de la canción y la letra de ésta nos informa de ciertos paralelismos entre la naturaleza y la vida, precisamente, cuando “el sol, dominando el cielo, va marcando mi camino”, momento en que “el mundo no me importa nada”.

Ahora, en el interior del recinto, el nocturno baile de sociedad es la ocasión en que se conocen unos y otros, nativos y foráneos, la condesa Vera y los Almenares, padre e hijo. Arlette vuelve a cantar con otro traje y otro ritmo mientras las cotillas oficiales, señoras o señoritas, clavan sus miradas en el buen mozo y mejor partido o, por el contrario, en la extranjera que, por serlo, no merece sus simpatías. La situación termina, en el descanso del baile, cuando “el barón” presenta Arlette a Rigalt, y todos se reúnen para ver bailar a Lolita Flores y taconear sobre una mesa al niño Terremoto, ambos con sones flamencos.

Las escenas de sociedad, ambientadas por la música, dan paso a la comicidad de una secuencia donde Arlette y Rigalt, circulando en automóvil por el coto, soportan la avería del vehículo, la embestida del jabalí y la palabrería insolvente de Juan, “el gordo”; todos acaban en el palacio, sedientos y cansados aunque, afortunadamente, pudiendo contar la aventura.

Max, el “barón” y Arlette se citan furtivamente: él le solicita un plano del edificio y ella argumenta enérgicamente que, junto a él, correrá el último y definitivo riesgo. Nueva canción de Arlette acompañándose del piano mientras se suceden los hechos en torno a la caja fuerte y al collar. Tras las pertinentes averiguaciones, identificadas la joya falsa y la verdadera, detenido “el barón” por el tío de la condesa, en realidad, un policía en acto de servicio, Arlette, sólo suspira por el collar falso, como, metafóricamente parece aludir a su propia vida.

En el cuadro de cuatro personajes, dos a dos actúan y funciona antitéticamente. Vera, la condesa, y José Luis, representan la pareja blanca, en quienes, resuelto el enigma y la confusión, la vida está dispuesta a sonreírles desde una desahogada posición social; Arlette y Max, por el contrario, simbolizan la mala suerte, el ser víctimas de sí mismos acaso por querer situarse en un estatus social que el mundo no está dispuesto a permitirles.

La interpretación de Josefina de la Torre funciona en dos niveles distintos: de una parte, como la cantante profesional, agraciada de imagen y voz; de otra, la mujer condicionada por las exigencias de un hombre cuyas aspiraciones no van más allá de cualquier ladrón de guante blanco.

Josefina de la Torre, en posteriores etapas y ya en pleno dominio social de la televisión, actuó en las populares series “Historias para no dormir” y “Anillos de oro”, entre otras, así como en el prestigioso espacio “Teatro de siempre”.


Mujeres “cineastas” de la generación del 27.  Síntesis

Los tres ejemplos historiados, María Teresa León, Concha Méndez y Josefina de la Torre, permiten ver cómo un activo grupo de mujeres, pertenecientes a la generación literaria del 27 o a la promoción de la República, tuvieron activo papel en la vida cultural española del primer tercio del siglo XX y mantuvieron el ejercicio de sus respectivas creatividades, ya fuera dentro de la España franquista como, víctimas del exilio, alejadas de ella. Entre esas habilidades artísticas, el cine tuvo un lugar preferente, tanto desde los ámbitos literarios como desde los interpretativos.

Sirvan estos artículos como homenaje a Josefina de la Torre, en su doble condición de escritora cinematográfica e intérprete de una peculiar filmografía del cine español, y a María Teresa León y Concha Méndez, por mantener, en su prolongado exilio, el interés por una literatura cuyo destino sería su proyección en el “lienzo de plata”.

Ilustración: Cartel de Misterio en la marisma