Enrique Colmena

Tras las dos primeras entregas de este tríptico, dedicadas a directores e intérpretes, concluimos con este tercer capítulo en el que glosamos la figura de profesionales de distintas disciplinas fílmicas, todos ellos de primerísima línea, que sin embargo no han sido galardonados con el Premio Nacional de Cinematografía.


Músicos

Hasta cuatro eximios compositores de bandas sonoras de primerísima línea hemos encontrado aún sin galardonar con el PNC. Alguno de ellos, como el vasco Carmelo Bernaola, ya ha fallecido, pero este inolvidable músico murió en 2002, veintidós años después de la primera entrega del Premio, así que tiempo tuvieron más que de sobra. Compuso un centenar de BSO para el cine español, desde el cine independiente de Nueve cartas a Berta a títulos más comerciales como La casa sin fronteras, Tormento, Tocata y fuga de Lolita o Los placeres ocultos. Fue el autor de la archiconocida melodía de la serie Verano azul. En sus últimos años musicó títulos relevantes de nuestro cine, desde Mambrú se fue a la guerra a Espérame en el cielo, pasando por el Madrid de Patino o su último score, quizá premonitoriamente titulado Adiós con el corazón.

Otro vasco, Luis de Pablo, uno de los grandes nombres de la música contemporánea española, compuso también la música de casi medio centenar de títulos fílmicos, fundamentalmente para Saura, con quien trabajó en, entre otros, La caza, Peppermint frappé, La madriguera y Ana y los lobos. Pero también hizo la música, entre otros muchos títulos de relieve, de Crimen de doble filo, La busca, Pascual Duarte, A un dios desconocido y Las palabras de Max: a lo que se ve, pocos méritos para el PNC…

El tercer músico que, a nuestro parecer, merecería más que sobradamente el Premio Nacional de Cinematografía es el turolense Antón García Abril, un clásico de las bandas sonoras originales que empezó a escribir para cine en 1956 y aún no ha parado. En ese tiempo ha hecho los “scores” de un sinfín de films, como La noche de Walpurgis, Los pájaros de Baden-Baden, Los días del pasado, El crimen de Cuenca y la que probablemente es su obra maestra, la espléndida banda sonora de Los santos inocentes, de Mario Camus, para el que García Abril hizo varias partituras. Tan importante como sus músicas de cine lo son sus sintonías de series televisivas; de él son algunas tan famosas como las de El hombre y la Tierra, Anillos de oro, Fortunata y Jacinta y Curro Jiménez. Tiene el Premio Nacional de Música y la Medalla de Oro de la Academia de Cine, aunque, sorprendentemente, ni un solo Goya. En fin…

El murciano Roque Baños tiene también una ya muy extensa carrera como compositor de bandas sonoras de películas, desde la primera, Carreteras secundarias, hasta las últimas, cuando se escriben estas líneas, para Zona hostil y 1898. Los últimos de Filipinas. Entre estos títulos un sinfín de películas han llevado su bella música: entre otras muchas, y por solo citar las más relevantes, Goya en Burdeos, Buñuel y la Mesa del Rey Salomón, El otro lado de la cama, Alatriste, Celda 211, Balada triste de trompeta, El Niño y Ocho apellidos catalanes. Ha sido reclamado por Hollywood, y allí ha hecho las músicas de films como Posesión infernal, En el corazón del marResucitado y No respires. Tiene tres Goyas, además de otros muchos premios, pero el Nacional de Cinematografía se le resiste…


Productores

La vieja y tópica imagen del productor como un tipo gordo fumándose un enorme veguero ya hace tiempo que pasó a la historia. El productor es una figura esencial en el cine. Hasta ahora solo uno de ellos, el indiscutible Elías Querejeta, ha conseguido el PNC, pero hay al menos otros tres que hubieran merecido manifiestamente tener también ese premio. Así, parece evidente que el madrileño Emiliano Piedra hizo méritos más que suficientes. Por de pronto, fue el productor de Campanadas a medianoche, el film que Orson Welles rodara en España con aliento shakespeareano; sería también el productor de la trilogía del baile flamenco que dirigió Carlos Saura: Bodas de sangre, Carmen y El amor brujo. Poco antes de morir sería también el responsable de la exquisita serie televisiva El Quijote de Miguel de Cervantes, con dirección de Manuel Gutiérrez Aragón.

No menos importante, y también con un lugar preferente en la Historia del Cine Español, es el también madrileño José Luis Dibildos, que además fue prolífico guionista. Como productor su nombre está unido a títulos significativos del cine español de los sesenta, como Llanto por un bandido, de Saura. Aunque durante la  segunda mitad de esa década Dibildos hará varios films inscribibles en el landismo, pronto se da cuenta de que, entre la astracanada casposa de ese subcine, y el cripticismo ininteligible para el público medio del Nuevo Cine Español, hay espacio para un cine inteligente que no desprecie la comercialidad pero al tiempo no avergüence al espectador que busca algo más que la risa zafia. Es el momento de lo que la Historia conoce como la Tercera Vía, que Dibildos iniciará como productor con filmes como Españolas en París, Tocata y fuga de Lolita y, sobre todo, Los nuevos españoles, film fundacional de un tipo de cine que jugaba con habilidad con la comedia y el drama, una dramedia que hacía pensar además de sonreír. Con la progresiva caída de la Censura, paralela a la agonía y muerte de Franco, la Tercera Vía fue perdiendo fuelle en detrimento del cine “de destape”. Dibildos procuró combinar ambas facetas con películas como Mi mujer es muy decente dentro de lo que cabe, aunque el fin del fenómeno era evidente. Todavía quedaría el canto del cine en su carrera cuando produjo La colmena, de Camus, su último gran trabajo.

Gerardo Herrero es el más joven de los tres, afortunadamente vivo, mientras que Piedra y Dibildos ya duermen el sueño de los justos (y de los buenos productores, habría que añadir). Herrero, además de una faceta como director que es más discutible, puede presumir de haber producido en los últimos treinta y cinco años buena parte del mejor cine que se ha hecho en España (y también en Hispanoamérica): con su sello Tornasol ha producido films como Tierra y libertad, Martín (Hache), El coronel no tiene quien le escriba, El hijo de la novia, Ficción, El secreto de sus ojos, Balada triste de trompeta, Tesis sobre un homicidio… Pues parecen pocos méritos, a lo que se ve…


Directores de fotografía

Tres de estos profesionales, el veteranísimo Juan Mariné, el también ya bastante mayor José Luis Alcaine, y el maduro Javier Aguirresarobe, han recibido, muy merecidamente desde luego, el PNC. Sin embargo, hay al menos otros dos, ya fallecidos, que hubieran sido dignos de tal honor. El primero de ellos es el zamorano Luis Cuadrado, maestro de maestros, que murió el mismo año en el que empezaron a darse estos premios, en 1980; aunque hubiera sido a título póstumo, sus espléndidos trabajos para Saura (entre otros, La caza, La madriguera y La prima Angélica), Borau (Hay que matar a B., Furtivos), Patino (Del amor y otras soledades), Armiñán (Mi querida señorita, El amor del capitán Brando), Erice (El espíritu de la colmena) y Ricardo Franco (Pascual Duarte), lo hubieran hecho más que acreedor a ese galardón.

Pero Teo Escamilla, discípulo predilecto de Cuadrado, murió en 1997, 17 años después del primer PNC, así que hubo tiempo para dárselo. El sevillano fue el responsable de la fotografía de films como Cría cuervos, Elisa, vida mía, Bodas de sangre y Los zancos, entre otras películas de Saura, del que fue su operador durante muchos años; también fue el director de fotografía en A un dios desconocido, de Chávarri, El corazón del bosque y Maravillas, de Gutiérrez Aragón, El nido, de Armiñán, Río abajo, de Borau, y Extramuros, de Picazo, entre otras muchas, lo que no debió ser mérito suficiente, a lo que se ve, para conseguir el Premio Nacional de Cinematografía.


Expertos en efectos especiales y digitales

Un campo fundamental como éste, en el que el cine español, teóricamente, se supone que está en mantillas, sin embargo cuenta con dos de los más importantes especialistas en F/X de nuestros tiempos. Uno de ellos, ya fallecido (en 2007, así que hubo tiempo…), es Emilio Ruiz, que trabajó indistintamente en España, en títulos como Hay que matar a B., Cristóbal Colón, el Descubrimiento o El laberinto del fauno, y en Hollywood, siendo el responsable de los efectos especiales o visuales de Conan, el bárbaro y Dune. Ganó 3 Goyas pero no el Premio Nacional de Cinematografía.

Tampoco lo ha conseguido el extremeño Reyes Abades, el actual mago de los F/X españoles, con una larguísima carrera que abarca desde sus primeros trabajos en los años setenta hasta la actualidad, en films de todo tipo, desde El corazón del bosque a El caballero del dragón, El Dorado, La noche oscura, El rey pasmado, El rey del río, Bwana y las más recientes Solo quiero caminar, La voz dormida, Los amantes pasajeros y La niebla y la doncella. Ha ganado 9 Goyas, pero el Premio Nacional de Cinematografía se le resiste, extrañamente…


Directores artísticos

Félix Murcia es el único (y merecido) galardonado con el PNC que pertenece a la familia de los directores de arte, o diseñadores de producción, como gustan de llamarles en Hollywood. Pero aquí se produce un hecho extrañísimo: el director de arte por excelencia español, galardonado con 2 Oscar y de 4 Goyas, Gil Parrondo, no fue premiado con el PNC, a pesar de haber vivido hasta el año pasado, 2016. Y eso que Parrondo fue durante muchos años la mejor tarjeta de presentación del cine español, trabajando con asiduidad en el extranjero cuando eso era algo vetado a los profesionales españoles. Además de los 2 Oscar obtenidos, por Patton y Nicolás y Alejandra, trabajó habitualmente en Hollywood, donde apreciaban tanto su talento: pero ya se sabe que nadie es profeta en su tierra…


Pie de foto: Lina Canalejas y María Clara Fernández de Loaysa, en una imagen de La prima Angélica, que contó con la espléndida fotografía del maestro Luis Cuadrado.