Rafael Utrera Macías

En Sevilla, durante el mes de Enero de 2017, se han celebrado diversos actos en recuerdo del cineasta Eduardo García Maroto (Jaén. 1903- Madrid. 1989). Una exposición fotográfica (exhibida en los salones del Antiquarium) ha mostrado diversos aspectos biográficos y variados testimonios de su larga carrera profesional; posteriormente, en el Centro de información cultural de la Universidad de Sevilla (Cicus), se ha desarrollado un ciclo compuesto por conferencias, mesas redondas y proyecciones, en el que han participado prestigiosos profesionales compañeros del homenajeado tales como el fotógrafo y restaurador Juan Mariné (Premio Nacional de Cinematografía), el ayudante de dirección Julio  Sempere, el periodista Fernando Lara,  las profesoras e investigadoras Gema Fernández Hoya y María José Bogas, así como los hijos del cineasta jiennense, Luis, Eduardo y Agustín.

El complemento audiovisual lo conformaron las películas Mi fantástica esposa, Los cuatro Robinsones y Tres eran tres. Como colofón a dichos actos, en la Biblioteca Pública “Infanta Elena”, se ha presentado el libro “Eduardo García Maroto. Vida y obra de un cineasta español”, del que es autor el periodista y doctor en Comunicación Audiovisual, Miguel Olid Suero, al tiempo, comisario de la exposición fotográfica y director de los encuentros referidos.


El cineasta Eduardo García Maroto

La persona de Eduardo García Maroto, hombre y artista, puede figurar por derecho propio en las mejores páginas de la Historia del Cine Español. Su nacimiento a la vida artística coincide con lo que se dio en llamar "la otra generación del 27", a la que pertenecieron escritores como Antonio de Lara (Tono), Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura o cineastas como Edgar Neville y José López Rubio.

Maroto fue un hombre inquieto, un pionero de la primera industria cinematográfica que se dejó ganar por el fervor del nuevo arte hasta el punto de hacerle olvidar los estudios de ingeniería en los que se había matriculado. De la etapa monárquica a la republicana, de la franquista a la restaurada monarquía, este cinéfilo ha pasado por todos los grados industriales y artísticos que el cine primitivo, mudo y sonoro, exigía a quienes se convertían a su causa. No es, pues, extraño encontrar la firma de Eduardo García Maroto entre el reparto de títulos mudos haciendo de actor de carácter y en el sonoro como guionista profesional, fotógrafo, realizador, encargado de segundas unidades, etc.

Entre esas plurales actividades no ha sido menor su dedicación al reporterismo de actualidades; acaso la filmación de los entierros de María Guerrero o Pablo Iglesias permitan considerarlo hoy el "primer reportero" del cine español. Otros aspectos del campo audiovisual nos lo presentan como conocedor del sonoro en París, documentalista en Lisboa, técnico de laboratorio y montador en Madrid y, además, director de teatro, crítico de espectáculos, humorista en prensa y factótum de productoras tan significativas como C.E.A, primero, y Cifesa, después. Por si aún quedaba algo en el campo cinematográfico por hacer, Maroto ha sido durante años supervisor y productor ejecutivo de películas norteamericanas rodadas en España con títulos como Salomón y la reina de Saba, Alejandro el Magno, Espartaco, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, etc.

La historiografía cinematográfica española, de ayer y de hoy, nunca ha dudado de que la importancia de Maroto reside en el tratamiento que le ha dado al cine de género y a su resolución en la variedad del cortometraje. Los títulos rodados en época republicana (que podrían agruparse junto a los firmados por Edgar Neville y Carlos Velo), son variantes de "falsos noticieros" o "documentales didácticos".  Esta trilogía, rodada entre 1934 y 1935, conformada por Una de fieras, Una de miedo, Una de ladrones, supone inteligente aproximación a la película corta que reflexiona sobre los códigos expresivos y narrativos del cine tradicional, una caricatura de lo cinematográfico utilizando el humor como arma. El argumento, la puesta en escena, la técnica más adecuada, fruto de la inteligencia y habilidad de García Maroto, se vio acompañada del inspirado toque literario de Miguel Mihura.

Desde 1935 a 1955, Eduardo García Maroto dirigió una docena de largometrajes entre los que destacan La hija del penal, Los cuatro robinsones y Canelita en rama, junto a otros títulos muy vinculados al tipo de producción propio de la época tal como La otra sombra y Truhanes de honor; es excepción Tres eran tres, secuela de la trilogía anterior, con los sketches “Una de monstruos”, “Una de indios” y “Una de pandereta”. Treinta años después, el sevillano Manuel Summers realizaría para Televisión Española la serie “Cine por un tubo”; su precedente inmediato y, muy probablemente, su fuente de inspiración, fueron los mencionados cortometrajes de su colega jiennense.


El autor

Conocemos a Miguel Olid desde hace más de tres décadas; este conocimiento se basa en haber seguido su cotidiana labor profesional que tiene, al menos en nuestra opinión, cuatro aristas diferentes: la del crítico cinematográfico de prensa y revistas especializadas; la del autor de libros de semejante temática; la del cineasta cuya autoría se mueve entre el guion y la realización; y la del profesor de materias audiovisuales. Sería prolijo enumerar la cantidad de comentarios y colaboraciones que llevan su firma, tanto en medios del ámbito andaluz como en el nacional, puesto que dicha actividad la lleva a cabo desde 1992. Sirva a título de oportuno ejemplo el titulado “García Maroto, peliculero” que El País Semanal publicó el 31 de julio de 2005. En estrecha relación con esta actividad, están los libros “Catálogo de cortometrajes andaluces”, “Ignacio López Tarso, el compromiso de un actor”, “Federico Luppi, el hombre honesto”, así como los dedicados a la actriz Antoñita Colomé, al director de fotografía Teo Escamilla, a la película Belmonte.

De otra parte, Olid Suero sabe por experiencia propia cómo se escribe un guion y cómo se maneja una cámara. Son joyas de su personal quehacer cinematográfico los títulos La última respuesta, interpretado por Marisa Paredes, y Trabajando con la muerte, un tema de gran dureza abordado con delicado tratamiento y ejemplar estética. Programas televisivos de contenido cinematográfico, como Dime una mentira y Con la muerte en los talones, han sido coordinados o codirigidos por él.

Si la tarea periodística y audiovisual, en el más amplio sentido del término, ha ocupado la mayor parte del tiempo profesional de Miguel Olid, los últimos años no parecen negar otra vocación, durante un tiempo más o menos oculta, como es la docente, complementada con la de investigador de materias histórico/cinematográficas. Es buen ejemplo el riguroso trabajo de Olid sobre García Maroto porque coloca al científico en privilegiada situación de pedagogo.


De la investigación a la publicación

El libro “Eduardo García Maroto. Vida y obra de un cineasta español” es el resultado de la investigación llevada a cabo durante varios años por Miguel Olid Suero. La base científica de la publicación remite a una Tesis Doctoral, leída por su autor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, la cual tuvo el honor de dirigir este cronista.

El volumen, ahora presentado en la Biblioteca Pública “Infanta Elena”, de Sevilla, y editado por la Diputación de Jaén y su filial el “Instituto de Estudios Giennenses”, pone a punto y da a la luz la investigación que Olid ha desarrollado tanto en España como en el extranjero. La misma va a cubrir un espacio, hasta ahora muy vacío, en la Historia del Cine Español, por cuanto la figura de Eduardo García Maroto, cineasta con numerosos perfiles, carecía de un estudio de conjunto donde su vida y su obra fueran objeto de un análisis, tan distanciado como riguroso, a la vez que incardinara su bio-filmografía en el contexto socio-político-cinematográfico correspondiente; contexto tantas veces adverso y  ajeno a lo que proponía y pretendía hacer este pionero del reporterismo audiovisual y caleidoscópico creador cuyo sentido del humor y del trabajo pocas veces se encuentra debidamente engarzado en beneficio de una más que demostrada profesionalidad.


El cineasta español que se autocalificaba de “peliculero”

El organigrama ofrecido al lector se estructura siguiendo una composición marcada por el tiempo y la historia según debe corresponder a una bio-filmografía. Consecuentemente, el desarrollo de los diversos capítulos se ofrece como una taracea de cuestiones que relacionan los hitos más significativos de la biografía del cineasta con el entramado social y cinematográfico en el que su obra se va desenvolviendo. A ello se une la experiencia llevada a cabo en Portugal con todas las consecuencias que ello conllevaba tanto por afectar a cuestiones personales como a situaciones profesionales relativas a sistemas y modos de producción. Y más adelante, su trabajo en España para compañías norteamericanas, aspecto que para un poco iniciado investigador puede resultar secundario si su trabajo se orienta por brújulas que estiman sólo relevante la “política de autor”.

En la diversidad de capítulos que componen el volumen, los lectores encontraremos específicos bloques que enfocan minuciosamente los aspectos biográficos y, al tiempo, se relacionan con los profesionales, de manera que pueda entenderse la incidencia y repercusión de unos sobre otros según las circunstancias históricas compuestas por divergentes planos espaciales y temporales. El arco vital de Eduardo García Maroto se tensa en función de encuentros y desencuentros que tanto benefician sus buenos propósitos artísticos como se ven perjudicados por circunstancias completamente ajenas a su natural entusiasmo y fervorosa dedicación. Y es que la agudeza e ingenio desarrollado en pro de un cine donde el humor era pieza esencial se topaba con anomalías que ponían el cartel de inconcluso a piezas de, a priori, significativo calado cinematográfico, fuera éste en el plano industrial o en el estético.

En el bloque final, el autor da precisas referencias bibliográficas que el lector interesado puede consultar en sus diversos apartados y apéndices. Muchos de ellos, aparentemente de escasa significación, son minuciosos detalles que apuntan y abren nuevas investigaciones. No en balde, el autor del volumen ha trasteado fondos de bibliotecas, hemerotecas, cinematecas, tanto de España y Portugal como de Argentina y Cuba, de Chile y Filipinas; por si algo pudiera quedar de la etapa laboral de García Maroto relativa a la filmografía norteamericana rodada en España, los centros especializados de Los Ángeles, en Estados Unidos, han sido rastreados por el investigador en busca de posibles huellas de nuestro cineasta.

Con esta investigación, con este volumen, Olid ha dado un gran paso profesional: ha pasado de ser un buen periodista cinematográfico a ser un riguroso investigador al analizar minuciosamente en su estudio a uno de los más interesantes, atendiendo a sus muy distintas cualificaciones y heterogéneas habilidades, cineastas de la Historia del cine español.