Película: 10.000 noches en ninguna parte Ramón Salazar es un cineasta español, malagueño por más señas, con una todavía corta carrera cinematográfica como director, pero ciertamente peculiar: llamó la atención poderosamente con su debut en el largometraje, Piedras, extraño filme que, sin embargo, no tuvo continuidad a nivel de calidad con su siguiente obra, 20 centímetros, que entraba directamente en el terreno de la excentricidad, cuando no de la psicodelia.

De esta 10.000 noches en ninguna parte, de raro (qué no lo es en este director) título, Ramón Salazar ha dicho, entre otras cosas, que se rodó de forma muy abierta, prácticamente sin un guión stricto sensu, aunque obviamente hubiera situaciones predeterminadas sobre las que se trabajó. No soy de los que piensan que en cine ha de trabajarse siempre con “guiones de hierro” (aquéllos en los que todo está marcado y el director no se sale ni un milímetro de lo que está escrito en el texto), pero sí soy de la opinión de que, si trabajas buscando la improvisación, tienes que ser muy bueno y muy creativo para que el resultado realmente merezca la pena. No sé si Salazar es ambas cosas, pero la impresión, al contemplar este filme, es que no lo es. Porque 10.000 noches en ninguna parte cuenta una historia que, en términos generales, podía tener su interés, pero está muy mal articulada, y con demasiada frecuencia se echa mano de una poesía impostada, de una pretenciosidad hueca que suena a falso, de una inocencia pueril para la que no hay asideros que nos permitan creernos a este personaje central, un tipo con veintisiete años con más traumas que Marco, el que buscaba a su madre de los Apeninos a los Andes…

Del verso al ripio puede ir apenas un milímetro, y en este caso ese mínimo espacio lo recorre la película con demasiada frecuencia. Es verdad que hay algunos momentos logrados, como la confesión del personaje de Nawja Nimri de su íntima tragedia, aquélla que la marcó de por vida y que siempre estará con ella. Pero el conjunto es un dislate en tres ciudades, Madrid, París y Berlín, con tres situaciones a cuál más delirante, en especial la de París, que parece rebuscar en la niñez del protagonista y sumergirlo (en ocasiones literalmente) en esa época de su vida que, por ciertos sucesos acontecidos, le abocarán al personaje que resulta ser, un firme candidato a entrar en una ONG que se llamara Memos sin Fronteras, un individuo desvalido que difícilmente puede cuidar de sí mismo y con problemas para relacionarse con los demás: amistosamente, pero también sexual, amorosamente.

Hay que tener mucho cuidado con los “brainstorms”, las tormentas de ideas, porque las carga el diablo; un “brainstorm” es una forma de aportar todo tipo de ideas, para desechar las que no tienen sentido y desarrollar aquéllas que sí tienen validez. Pero aquí parece que todo ha valido y, sobre todo, no se ha sabido articular con una coherencia mínima: el caos puede estar muy bien, pero a la hora de narrar incluso el caos tiene que tener algún sentido, alguna vertebración, por peregrina que ésta sea. No es el caso del filme de Salazar, y es una lástima, porque mimbres había para, si se hubieran entretejido de otra forma, haber conseguido una obra interesante.

Andrés Gertrúdix aguanta sobre sus hombros la película, además con un papel tan lunático como el que le ha correspondido en suerte: se puede decir que él es la película, y no sería incorrecto; otra cosa es que la película no sea precisamente una maravilla, sino más bien lo contrario. Entre ellas me quedo con Najwa Nimri, que tiene siempre la rara capacidad de hacer creíbles sus personajes, incluso en este caso, en el que prácticamente carece de él. Lola Dueñas vuelve a repetir uno de esos roles extravagantes que tanto le piden, y que ojalá pueda quitarse de encima más temprano que tarde, porque ciertamente tanta reiteración no le conviene, la hace repetitiva, siendo ella tan talentosa y creativa.

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113'

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10.000 noches en ninguna parte - by , May 16, 2014
1 / 5 stars
“Brainstorm” sin pulir