Película: 321 días en Michigan

En España hay poca tradición de cine carcelario. Aunque recientemente Celda 211 obtuvo un resonante éxito, lo cierto es que no es habitual este subgénero dentro de nuestro cine. Cabría recordar el que quizá fuera el primer (y tan interesante) filme de nuestra producción de estas características, Un hecho violento (1958), curiosísima película del mejor José María Forqué. Paradójicamente, suele hacerse más cine de presidiarias que de sus homólogos varones, como prueban títulos como Entre rojas o El patio de mi cárcel.

321 días en Michigan presenta una curiosa situación de partida: un ejecutivo de una empresa de ringorrango se despide de sus compañeros para marchar a Estados Unidos (al Michigan del título, concretamente), donde supuestamente va a cursar un máster. Sin embargo, la realidad es que va a ingresar en la cárcel para cumplir una condena de 25 meses por un delito de carácter financiero o fiscal. Al principio cuenta con el apoyo de su mujer (o su novia, que no queda demasiado claro el vínculo concreto que los une), quien debe apoyar su coartada subiendo fotos y textos al blog que el neófito preso ha creado para dar soporte y verosimilitud a su apariencia de viaje. Pero, como cabría esperar, las cosas empiezan a cobrar su propia dinámica, y pronto los problemas del interno empiezan a crecer.

Hay varias tramas paralelas en la historia, aunque todas confluyen en el protagonista, este delincuente de cuello blanco o duro (como se les conoce a los que no empuñan armas sino calculadoras para cometer sus fechorías): la de ese protagonista intentando mantener desde la cárcel la ficción de su estancia en Norteamérica, la del incipiente romance (con celos incluidos) con una de las reclusas, la del “conseguidor” de la prisión, un individuo a la par abyecto y entrañable… Algunas son mejores que otras; particularmente me quedo, siendo una línea casi ajena a la central, con la del presidiario experto en conseguir cosas dentro de tan siniestro lugar, de torva presencia y peores sentimientos, que sin embargo lucha desesperadamente porque su hijo preadolescente no caiga en los mismos errores que él, no termine siendo un tipo patibulario.

Enrique García, director y guionista (esto último junto con Isabel Sánchez), debuta en el largometraje con tino; tiene buena mano para la puesta en escena, rueda con soltura y sin faltas de ortografía, y consigue algunos momentos de genuina, prístina emoción: la comunicación en el locutorio entre el “conseguidor” y su hijo, la reacción del protagonista en el examen de su amada, la relación casi de amor/odio entre las dos reclusas coprotagonistas… Es cierto que parece pesar un poco a Enrique su experiencia sólo como cortometrajista, y deberá afinar más en futuros empeños, porque es evidente que un largo requiere un “tempo” distinto al de un corto, pero en general está claro que estamos ante un nuevo y prometedor director, con una película valiosa en muchos aspectos, y con algunas interpretaciones que saben a autenticidad: me quedo sobre todo con el personaje tan creíble que compone Virginia de Morata, a la que auguro un gran futuro, y, por supuesto, con una de nuestras nuevas debilidades, ese desarmante Salva Reina que ya en La isla mínima estaba formidable, y que aquí vuelve a confirmar que se trata de un actor dotado de una inusual capacidad para infundir a sus personajes una pasmosa naturalidad.


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105'

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321 días en Michigan - by , Nov 21, 2014
2 / 5 stars
Un máster entre rejas