Película: A calamitous elopement David Wark Griffith, al que se considera con toda razón como el creador, con sus películas, de la primera sintaxis cinematográfica, que tendría vigencia plena prácticamente hasta principios de los años cuarenta, cuando Orson Welles y su Ciudadano Kane se encargaron de renovarla a fondo, también tuvo su período de aprendizaje: El nacimiento de una nación, Intolerancia, Lirios rotos o Las dos huérfanas no nacieron “ex nihilo”, sino que fueron producto de un proceso de intensa decantación, tanto temática como, sobre todo, estilística.

En 1908 Griffith comenzó a dirigir filmes para la Biograph, y desde ese momento se puede decir que empezó su aprendizaje de los escasos resortes que había generado hasta entonces el cine, y con cortometrajes como este A calamitous elopement el joven de Kentucky fue construyendo su propio lenguaje, su propia forma de dramatizar o narrar cualquier historia.

Estamos, entonces, ante un camino de educación, una educación autodidacta, pues nadie enseñó a Griffith a hacer cine, al menos no a organizarlo de tal forma que cualquier filme suyo a partir de El nacimiento de una nación nos parezca, desde el punto de vista de lenguaje cinematográfico, increíblemente moderno. Es cierto que D.W. Griffith tomó elementos ajenos, pero él fue quien les dio forma, quien los desarrolló, quien supo vertebrar los intuitivos hallazgos de otros para conformar un corpus lingüístico cinematográfico completo.

A calamitous elopement es, entonces, un ejercicio de estilo, una comedieta al uso que utilizaba uno de esos temas recurrentes de la literatura romántica y folletinesca, aunque en este caso tomado a chacota: una pareja que se quiere, el padre de ella que se opone a la relación, los tortolitos que deciden escaparse juntos, y (ésta es la novedad) el ladrón que llega a robar justo cuando los pánfilos se fugan y decide aprovecharse de los trenes baratos, como decimos en mi tierra; dicho de otra forma, usa el famoso adagio: “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

No es una buena película, porque tampoco Griffith dominaba todos los recursos en los que años después sería un maestro. Es una comedia no precisamente excelsa (D.W. se descubriría como un gran director de melodramas y folletines históricos, pero no precisamente de comedias), pero sus valores están precisamente en lo que aún no se ve de su director. La puesta en escena es aún acartonada, apenas hay progresión narrativa, los actores están desmandados (ese ladrón en la última escena, pasándose tres pueblos…), pero en el conjunto queda la sensación de estar contemplando algo así como los primeros bocetos que pudiera haber hecho Picasso, o las primeras formas que esculpió Miguel Ángel, aún tan torpes…

Quizá uno de los méritos temáticos del filme, sobre todo si consideramos que su autor era un hombre muy conservador, sería su final, cuando el ladrón se va de rositas llevándose su botín, en una época en la que la ley siempre ganaba y el malhechor siempre perdía; es cierto que esa norma no escrita la pondría patas arriba años después Chaplin con su pequeño vagabundo, que siempre le ganaba por la mano a la Policía, pero en la década de los años cero del siglo XX el cine aún mantenía, en general, un tono muy tradicional en sus temáticas y el mal (aunque fuera un mal venial, banal, como éste) generalmente no ganaba nunca. No, si al final va a resultar que Griffith, a su manera, era un revolucionario…

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A calamitous elopement - by , May 04, 2013
2 / 5 stars
A río revuelto...