Película: After Earth He aquí una historia que parte de una idea interesante, después lamentablemente desaprovechada en el guión y en la propia filmación. Veamos: estamos en un futuro indeterminado, pero que se antoja muy lejano. La situación, como cabe esperar teniendo en cuenta las barbaridades que el Hombre está ejerciendo contra su propio planeta, será entonces la de que nuestro suelo patrio se torna imposible para la supervivencia del ser humano y tenemos que emigrar a otro astro, seguramente para cargárnoslo como ya habríamos hecho con el nuestro. El caso es que, con toda la razón del mundo, según esa premisa, la vida en la Tierra habría evolucionado para aniquilar, a todo trance, a los seres humanos, como reacción defensiva ante la agresión permanente, insultantemente insistente, que el Hombre viene ejecutando sobre su casa, el tercer planeta solar, desde hace ya casi doscientos años, aunque en los últimos cien nos hemos superado a nosotros mismos en la vesania autodestructiva de nuestro hogar. Por tanto, la hipótesis de que la naturaleza terrestre hubiera generado una especie de reacción instintiva contra todo lo humano, aunque quizá no muy científica, sí sería plausible dentro de los cánones de la creatividad literaria y cinematográfica.

Pero, ¡ay!, una cosa es predicar y otra dar trigo, y esta sugestiva hipótesis (por cierto, original, según los créditos, del propio Will Smith, aunque no sabemos si para la ocasión ha contado con algún negro, dado que se le desconocen inquietudes creativas de ese corte) ha sido desaprovechada lamentablemente por M. Night Shyamalan, el cineasta indoamericano (indio de la India, se entiende, no de los indios que vivían en las praderas norteamericanas) que saltó a la fama con la tramposa El sexto sentido, y que después ha ido de mal en peor, con algunas buenas ideas desaprovechadas (El bosque, El incidente, por citar un par de títulos emblemáticos de esa circunstancia), lo que abona la impresión de que, de nuevo, el indio ha hecho el ídem y ha metido la pata a modo.

En términos comerciales la cosa ha estado clara: con un presupuesto de 130 millones de dólares, After Earth no ha recaudado en el mercado USA-Canadá ni la mitad de ese importe, lo que supone un fracaso en toda regla. Pero en el terreno artístico, que es el que más nos importa, tampoco se puede decir que haya triunfado. Se nos cuenta la historia de un padre y un hijo enfrentados, un conflicto generacional que habrá de dilucidarse en la Tierra, el hogar primitivo del ser humano, que como queda dicho ahora es un lugar especializado en  aniquilar a todo lo que huela a su antiguo amo y señor. Hay un accidente, el padre queda gravemente herido, y habrá de guiar al hijo, un adolescente con cierta tendencia a ir por libre, hasta la cola de la nave, partida en dos y distante algo así como ciento cincuenta kilómetros desde su posición en la Tierra. El chico ha de buscar una baliza electrónica de rescate que los salvaría a ambos.

Hasta ahí lo teórico. Sin embargo, en la práctica, el viaje de este niño, que debería ser iniciático, quizá como el de los Diez Mil de La Anábasis de Jenofonte, se queda en un paseíto más bien largo, es cierto, pero donde los momentos de peligro son contados: apenas unos monos cabreados (porque les tira un pedrusco, no te jode...), unos felinos que lo que quieren comerse son los huevos de una especie de águila gigantesca, no a nuestro tierno adolescente, o un bicharraco inventado “ad hoc”, que huele el miedo de los seres humanos, y que resulta uno de los hallazgos de interés, concentrado en un tramo final que consigue imprimir un adecuado ritmo narrativo que no había aparecido hasta entonces.

Pero el conjunto es claramente deficiente: perdida su mayor baza, que sería la de situar a dos seres humanos en el contexto de su antiguo planeta madre, cuya vida ahora se ha convertido en letal para los que la agredieron sin mesura un milenio atrás, sin embargo en ningún momento se aprovecha esa singular baza, no existe la sensación de peligro que debería transmitir no ya cada animal, sino cada tallo de planta, cada hoja de árbol, casi cada piedra o gota de agua. Expectativas no correspondidas, se llama la figura, y desde luego encaja con la cada vez más errática trayectoria de Shyamalan, aquella esperanza blanca (bueno, vale, de color tostado...) que hace ya casi década y media que pareció iba a cambiar el cine, aunque la cosa se ha quedado en algo bastante más modesto: buscar su lugar bajo el sol en Hollywood, donde su crédito se agota tras cada batacazo comercial, y últimamente parece que los colecciona...

Will Smith hace de Will Smith, y más aún estando su hijo adolescente de por medio. Por cierto que, o mucho mejora este chico, Jaden Smith, o me da la impresión de que no va a tener una carrera tan fructífera (al menos comercialmente) como la de su padre. Es, al menos ahora, un auténtico palo interpretativo. Claro que, pensándolo bien, también lo eran gente como Stallone, Schwarzenegger, Seagal o Van Damme, y ahí están (o estaban...).

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After Earth - by , Jul 07, 2013
1 / 5 stars
Evolucionar para aniquilar al ser humano