Película: Amanece en Edimburgo

Ciertamente hay que tener más moral que el Alcoyano, y tenerlos bien puestos, para, a estas alturas, hacer un musical a la vieja usanza. No a la usanza yanqui de la Edad de Oro (ya sabemos: Kelly, Astaire, Donen, Rogers, Berkeley, Williams…), sino a la manera más morigerada que se hizo el musical en Europa, sobre todo en los años sesenta, y sobre todo de la mano de Jacques Demy, aquel cineasta hoy casi olvidado (salvo por los cinéfilos irredentos) que hizo musicales tan hermosos, también tan tristes, como Los paraguas de Cherburgo y Las señoritas de Rochefort.


Pues el autor de esta osadía resulta ser un actor londinense que, pese a no tener aún cincuenta años, ha hecho ya como tal casi noventa títulos, un hombre que ha rodado a las órdenes de un buen puñado de directores relevantes, desde Al Parker a David Lynch, pasando por Derek Jarman, Franklin Schaffner o nuestro Fernando Trueba, por citar sólo algunos de ellos. Se ve que ha aprendido bien, porque su segunda película no parece ser la obra de un novato, sino más bien la de un cineasta avezado y con dominio de su oficio. Todavía más raro es que su anterior película como director, opera prima como tal, Wild Bill (por cierto, inédita en España en salas comerciales) no tuviera absolutamente nada que ver con esta Amanece en Edimburgo, siendo aquel un bronco drama de ambiente marginal, y este su segundo filme un musical de corte romántico, localizado en un barrio de clase media de la populosa ciudad escocesa del título.


Amanece en Edimburgo se constituye, entonces, en una hermosa sorpresa: por la audacia de su director, por la temática (romance en musical, tan infrecuente hogaño) y por la pericia demostrada por su fautor. Además, el filme muestra su actualidad al hacer que los dos protagonistas sean dos jóvenes escoceses recién licenciados del Ejército Británico, que han estado destinados en Afganistán, y donde también han podido ver tan cercana, tan trágicamente, la horrible realidad de la guerra, al haber resultado mutilado de ambas piernas uno de sus más queridos colegas en una misión en la torturada tierra pashtun.  


Pero ya en Edimburgo los jóvenes habrán de enfrentarse a algo distinto, también problemático, pero por supuesto en un registro físicamente incruento aunque pueda ser también doloroso: el amor, el futuro, los sentimientos. Las novias o las que querían serlo, las amistades, los padres que parecían ser los amantes perfectos, las vidas anteriores que vuelven para cobrar sus facturas… Un medido puzzle de emociones, afectos y desafectos, entre canciones vibrantes y otras preñadas de saudade, una obra no redonda, pero tan hermosa, una obra en la que el amor es su materia prima, esa que hace cantar a sus protagonistas gestas como caminar mil millas hasta llegar a la puerta de la amada.


En do menor, como si no quisiera molestar, Amanece en Edimburgo se revela como un verso suelto en el cine europeo actual: nadie hace hoy musicales en cine, como no sean adaptaciones de los costeados y generalmente aparatosos musicales teatrales; pero obras de cámara, como esta modesta y quizá por ello tan bella película, son realmente raras aves.


Notables los intérpretes en su conjunto; en todo caso me quedo con un Peter Mullan que resulta ser, hoy por hoy, seguramente el mejor actor escocés vivo, con permiso de sir Sean Connery que, aunque afortunadamente vive, hace años que no aparece en efigie en pantalla, aunque sigue prestando su espléndida voz a algunos proyectos.


 


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100'

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Amanece en Edimburgo - by , Jun 12, 2016
4 / 5 stars
Caminar mil millas para llegar a tu puerta