Película: Ana, mon amour

Da la impresión de que la llamada Nueva Ola Rumana, que desde principios de este siglo XXI viene aportando una mirada cinematográfica valiosa y distinta venida desde la antigua Dacia, con títulos espléndidos como La muerte del señor Lazarescu (2005), de Cristi Puiu,  4 meses, 3 semanas, 2 días (2007), de Cristian Mungiu, y Madre e hijo (2013), de Calin Peter Netzer, está empezando a flaquear. Y lo curioso del caso es que esos signos de debilitamiento no proceden de una progresiva elementalidad estética o de contenido, sino, por el contrario, de una afectada, manierista manera de contar sus historias, como ha sucedido recientemente con Sieranevada (2017), del mentado Puiu, donde la forma se comía al fondo, o, en el caso del filme que comentamos, este Ana, mon amour, por una tal vez innecesaria complejidad de su trama, presentando aquí varios momentos a lo largo de la historia de una pareja, desde que prácticamente se conocen hasta que terminan divorciándose. Netzer realiza un montaje sincopado, con lo cual tendremos un primer y último plano que se corresponderían con el comienzo y fin de la historia que se nos narra, si bien entre ambos el director opta por contarnos la trama mezclando tiempos y situaciones, aunque hay una línea central que mantiene, más o menos, el devenir de los dos amantes, luego esposos.

Por supuesto, nada que objetar a este tipo de montajes, que no es nuevo (aunque es verdad que ahora se opta por narrativas más tradicionales que no “asusten” al espectador) y que requieren una actitud más activa por parte del público: el cinéfilo ha echado los dientes con montajes como éste y mucho más complejos. El problema es cuando no se ve claramente cuál es la razón de un montaje de esta naturaleza, que en un filme realista (como lo es todo el cine que se hace dentro de los cánones de la Nueva Ola Rumana) chirría, no termina de entenderse el motivo de esta decisión. Decía Godard que un “travelling” (lo siento, me niego a llamarlo travelín, como dice la RAE que hay que llamar en español a este recurso cinematográfico) es una cuestión moral; pues qué decir entonces del montaje, donde reside la esencia del propio cine…

Porque además, en cuanto al fondo, hay un problema añadido: la historia que se nos cuenta, como queda dicho, abarca varios años en la vida de una pareja, desde los primeros tanteos, cuando pelan la pava conversando sobre Nietsche (eso es una pelada de pava en condiciones, y lo demás son cuentos…), hasta sus primeros y fogosos encuentros sexuales, la presentación de ambos en sus conflictivos hogares paternos, y los problemas psicológicos de la chica, al parecer por la ausencia de la figura paterna, sustituida por un padrastro que se tomaba demasiadas libertades (por decirlo de una forma fina…); durante toda la fase psicopatológica de la chica, él se comportará como el amante fiel, como el esposo abnegado, estando a su lado siempre, incluso en las peores circunstancias; sin embargo, a partir de cierto momento, y sin que sepamos a qué obedece, ella se endereza, toma el timón de su vida (cuando antes no parecía capaz ni de abrir una lata de conservas), y él, de forma inversa, se envilece alimentando unos celos enfermizos que lo convierten en un odioso, abyecto marido.

Falla, entonces, la clave del arco ¿Dónde nos hemos perdido, cabría preguntarse? ¿Qué se nos ha escamoteado para que la chica ahogada en un mar de ansiedades, en una barahúnda de debilidades, en un océano de complejos, se torne en una mujer sólida, de una pieza? Y paralelamente, ¿qué ha ocurrido para que el chico, entregado hasta la abnegación, desbarre y se convierta en un marrajo? Parece que Netzer insinúa que en el cambio de ella influirían sus sesiones de psicoterapia, y en el de él estarían presentes el ascenso social de ella, su propia pérdida de empleo y su confinamiento al hogar al cuidado del hijo de ambos. Pero si esa es la explicación (que no me parece que sea tan clara, ni mucho menos; solo se expresa tangencialmente y en boca de los esposos en alguna de sus muchas broncas, preñadas como es habitual en estos casos de todo un rosario de agravios, reales o imaginarios, que se escupen mutuamente), no hay elementos anteriores que justifiquen una tal deriva. Ojalá las personas con problemas mentales puedan arreglar sus vidas como lo hace la protagonista, pero me temo que la realidad dista mucho de esta fantasía; por la misma regla de tres, se hace cuesta arriba ver la evolución (habría que decir involución) de un hombre desde ser la pareja cuasi idílica hasta convertirse en el feroz tipo que coquetea con el maltrato conyugal; con el maltrato físico, aclaramos, porque el psicológico lo ejerce plenamente.

Dicho todo lo cual, hay que convenir en que Ana, mon amour no es, ni mucho menos, una película fallida: es arriesgada en su tratamiento formal, progresista en su argumentación, muy solvente en la filmación (aunque la cámara al hombro y el montaje rápido dentro de una misma escena, para conferirle más realismo, termina cansando), e incluso se permite algunas perlas como el sueño que solo sabremos que lo es casi al final, mezclando de esta forma onirismo y realidad con la misma caligrafía, jugando inteligentemente con el espectador, forzándolo a que no se crea todo lo que ve.

Esperábamos mucho del nuevo filme de Netzer, después de que nos deslumbrara con su anterior Madre e hijo. De todas formas, está claro que es un cineasta a seguir muy de cerca: tiene muy buenas ideas y no tiene miedo alguno a ponerlas en marcha, aunque a veces, como en este caso, y en nuestra opinión, no haya dado de lleno en la diana.

Protagonizan de forma absoluta la pareja formada por Diana Cavallioti y Mircea Postelnicu; la primera tiene una ya larga carrera a sus espaldas, a pesar de su juventud; el segundo casi debuta aquí en cine, aunque no lo parece; ambos están excelentes en sus papeles, muy exigentes y a los que se les ve totalmente entregados, incluso con escenas de sexo no simulado. Por cierto, no deja de ser curioso que una de las pistas que el director y sus guionistas (entre ellos Cezar Paul-Badescu, el autor de la novela Luminita, mon amour, en la que se basa la película) dan para situar cada secuencia en su momento temporal correspondiente sean los cortes de pelo de los protagonistas: él, que comienza con una frondosa cabellera, termina mostrando serios problemas de alopecia, ya con el escaso pelo muy corto; ella, que empieza también con una melena negra de lo más indómita, acaba el filme con el cabello coquetamente recortado y teñido de rubio: ¡para que luego haya quien diga que maquillaje y peluquería no son fundamentales en un rodaje! Entre los secundarios destacaríamos a los siempre segurísimos Adrian Titieni y Vlad Ivanov, actores de amplio registro interpretativo, estupendos como siempre.
 


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127'

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Ana, mon amour - by , Aug 30, 2017
2 / 5 stars
Falla la clave del arco