Película: Ángeles y demonios

Dan Brown es a la novela adulta lo que J.K. Rowling (y su serie de Harry Potter) a la infantil o juvenil: un revulsivo sin precedentes. Otra cosa será la calificación que nos merezca su literatura, ciertamente pedestre y escasa en mérito artístico; pero sería estúpido no valorar en su justa medida el hecho de que mucha gente que hacía años que no leía ha vuelto a hacerlo con los libros de Brown, y con los de Rowling. Nada más que por eso, Brown (y Rowling) merece ser el rey Midas que actualmente es, podrido de dinero.


Es cierto que El código Da Vinci, tanto novela como película, estaba lleno de leyendas y mixtificaciones que no se sostenían, pero lo importante era la tensión narrativa, y en eso Brown es un prodigio: sabe mantener como nadie la atención del lector, no le da respiro. Como la película tuvo un notabilísimo éxito en taquilla (más de 200 millones de recaudación, sólo contando el mercado USA), estaba cantado que su anterior novela (pero publicada con posterioridad al éxito editorial de El código…), Ángeles y demonios, sería llevada a la pantalla más temprano que tarde: hela aquí.


Habrá que decir pronto que me ha gustado más esta nueva aportación del universo browniano. Hombre, hay que entrar en él, no te puedes quedar en las inverosimilitudes, porque si tienes que pensar que pueden ser reales disparates tales como que el camarlengo (por cierto, aquí un cura de a pie, no un cardenal, como suele ocurrir, aunque no tenga que ser necesariamente así) sea un muchacho de poco más de treinta años, y que además pilote helicópteros y otras cuestiones que no desvelaremos, pues ciertamente no nos creeríamos nada; con Brown hay que hacer como con una película fantástica, dar por buenos cualesquiera dislates que pueda imaginar, siempre que ello conlleve al fin último de la novela o del filme: mantener la intriga, la atención del lector o espectador.


Además, el director, Ron Howard, parece ya más cómodo que lo que aparentaba estar en la adaptación de El código…. Ahora ya se le ve más suelto, menos encorsetado, como si se manejara ya con más aplomo dentro de la obra de Brown; a buen seguro la anterior adaptación se le antojó un problema, tal vez agobiado por el éxito estrepitoso de la novela y la obvia necesidad de repetirlo en su paso a la gran pantalla.


De todas formas, no comparto la impresión que parecen tener otros colegas, sobre el hecho de que la novela sea anticatólica, o al menos anticlerical: las mejores frases son, precisamente, de los católicos a ultranza; véase, si no, cuando el policía Richter, jefe de la Guardia Suiza, le espeta al protagonista, Robert Langdon, “nuestra religión cuida de los enfermos y da de comer a los hambrientos; la suya, ¿qué hace?, Ah, claro, no tiene religión…”. El villano de la historia (que no desvelaremos, no sé si bajo pena de excomunión…) no afrenta a la Iglesia Católica, sino que pone un punto de esquizofrenia personal que no involucra a la Curia, que finalmente saldrá fortalecida de los graves eventos que acontecen durante el período conocido como Sede Vacante. Así que no es ésta la venganza de Galileo, como alguno ha escrito, sino más bien una tímida reconciliación con el científico del “eppur si muove”.


Cinematográficamente hablando es un pasatiempo costeado, bien dirigido y con momentos impactantes. No se le pedía más al director: su mérito está en hacer una versión pulcra y aplicada del “best-seller” browniano, y eso lo consigue plenamente. Afortunadamente, hemos descubierto una vena artística al antiguo niño Disney en películas como El desafío. Frost contra Nixon, que es la que más nos interesa. Si Ron Howard sigue cultivándola, ¿qué más nos da que, de vez en cuando, realice “blockbusters” como éste, bien contados y dignamente puestos en escena, que le llenen la faltriquera y haga que la taquilla siga engrasando los cojinetes de la costosa maquinaria cinematográfica?


Un aparte para el crisol multinacional que supone el elenco de actores: los tenemos de casi todos los orígenes: norteamericanos e italianos, of course, pero también escoceses, alemanes, suecos, daneses, judíos… me quedo con Stellan Skarsgard, el actor sueco que sirve igual para un roto que para un descosido, y también con la sabiduría del viejo teutón Armin Mueller-Stahl: todavía estoy esperando verlo en un filme en el que no esté espléndido…


 


Ángeles y demonios - by , Sep 09, 2016
2 / 5 stars
Tensión en la Plaza de San Pedro