Película: Animal Kingdom

El cine australiano nos tenía acostumbrados, allá por los años setenta y ochenta, a ofrecernos nuevas fórmulas que hicieron escuela. Directores como Peter Weir o George Miller revolucionaron el concepto fílmico de la época, con filmes como Picnic en Hanging Rock, El año que vivimos peligrosamente o la trilogía de Mad Max. Pero durante los años noventa y la primera década del siglo XXI (qué raro suena eso…), lo cierto es que el cine australiano apenas ha aportado algún cineasta más bien extravagante, como Baz Luhrmann, aunque haya aportado algunos títulos de interés, como Moulin Rouge; otra rara avis, esta vez por su excepcionalidad, sería la extraordinaria Lantana, de Ray Lawrence.


Por eso la llegada de este nuevo, fresco y pujante filme australiano resulta particularmente interesante: teníamos ganas de ver buen cine hecho allá donde no se puede llegar más lejos, si viajamos desde España (bueno, sí, un poco más, hasta Nueva Zelanda), confirmando que no por estar boca abajo no saben hacer cine (es un chiste; malo, pero chiste: lo digo por los despistados, que siempre los hay…).


Aunque quizá a los puristas les dé urticaria por atreverme a citar en el titulillo de esta crítica a tres nombres incontestables del cine mundial, lo cierto es que de todos ellos hay en este filme. Veamos: de Martin Scorsese tendría el notable estilo visual (es cierto que Marty es aún más estiloso que David Michôd); de Robert Bresson, la sequedad, la austeridad, la economía de medios, el despojamiento de sentimientos; de Jean-Pierre Melville, la intensidad desde el silencio, el recogimiento, la capacidad para hablar sin palabras.


Animal Kingdom es un potente filme sobre las malas compañías familiares, por supuesto sin moralismos: un adolescente habrá de ir a vivir con su abuela cuando su madre muere de repente por una sobredosis de heroína. Pero la familia que regenta la abuela (en un papel que recuerda poderosamente al de la gran Shelley Winters en Mamá sangrienta) no es precisamente un prodigio de vertebración ni de estabilidad: los hijos son todos ladrones, fulleros o criminales, o las tres cosas juntas; de hecho, la madre que murió de sobredosis mantenía a su hijo lejos de semejante fauna para intentar que no se contaminara de aquella canalla. Como un cordero entre lobos, el hierático chico se verá pronto atrapado en un callejón sin salida, en la refriega en la que, sin comerlo ni beberlo, se verá involucrado entre los crápulas de sus familiares y una policía no menos indeseable.


Admira el tono contenido, el relato desnudo, tirado a escuadra y cartabón, esta crónica del despertar de un pipiolo a la realidad, a la barbaridad del mundo. Llama la atención la pintura familiar, ese cuadro de parientes que parece la familia Monster, pero en serio, no en clave de comedia: esa abuela, ese rictus de risa permanente incluso aunque le maten, uno tras otro, a sus hijos, capaz de sacrificar a alguno de sus descendientes para salvar a otros.


Poderosamente filmado, con una fuerza que tiene su mayor valor por la dureza de las imágenes y la falta de subrayados, la violencia se constituye pronto en una marca de fábrica del filme, si bien diremos pronto que no es su fin, sino su medio. La violencia que se desata, siempre con una pasmosa sequedad, convendrá al devenir del relato, en tanto que asistiremos a la única forma posible de salir de un tal atolladero para el joven protagonista.


Así que hay que hablar de ascetismo, de notable interpretación (ese jovencísimo James Frecheville, capaz de transmitir con su rostro casi autista una catarata de emociones, aún más que cuando finalmente se deshace en llantos; esa vieja Jacki Weaver que compone una inolvidable abuela, tal vez bruja, una mamá ganso que no dudará en retorcer el cuello de uno de sus polluelos para salvar a los otros), de estilazo, de contención, de crueldad soterrada, de violencia sin tapujos. Es verdad también que, sobre todo en las primeras escenas, hay cierto titubeo estilístico en Michôd (no en vano es su primer largometraje para el cine), y que los recursos económicos manejados no parecen haber sido abundantes, sino todo lo contrario (esa fotografía de iluminación directa y colores planos…). Pero, ¿quién se acuerda de esos detalles cuando ves Malas calles, o Le caporal épinglé, o El silencio de un hombre?


 


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103'

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Animal Kingdom - by , Apr 01, 2016
4 / 5 stars
Scorsese, Bresson, tal vez Melville