Película: Anonymous Ciertamente no parecía Roland Emmerich la persona más adecuada para dirigir este filme. Porque el cineasta germano carece de antecedentes de cine de época (si exceptuamos El patriota, que más bien era cine patriotero, aunque Mel Gibson llevara coleta sin ser torero…) y, sobre todo, la inmensa mayoría de su filmografía se inscribe claramente en un cine tan comercial como el de catástrofes o el de acción, que en ambos subgéneros cabría incluir títulos como Independence Day, Godzilla, El día de mañana o 2012, por solo citar los más conocidos. Que un hombre con tales créditos (habría que decir débitos…) muestre interés por dirigir una intriga isabelina en la que se pone en solfa la autoría de Shakespeare sobre su ingente obra, no deja de ser más que curioso.

Y lo es aún más cuando el resultado no es en absoluto deleznable. Porque este Anonymous mantiene el tipo con soltura, aunque el comienzo, con el estupendo Derek Jacobi, casi en un cameo, inicia la narración desde las tablas de un teatro (qué mejor sitio para hablar de Shakespeare, ¿no?), parece que Emmerich va a poner en escena alguno de sus armatostes comercialoides, pronto se aprecia que el tono va en serio, y que lo que el cineasta alemán, con la inestimable ayuda del buen guión de John Orloff, nos presenta es una plausible historia en la que se fantasea, con verosimilitud, sobre la llamada Teoría de Oxford, según la cual algunos investigadores propugnan la especie, obviamente no comprobada, de que las obras shakespeareanas no fueran originales de este cómico de la época, sino de un noble, el Conde de Oxford, que por su linaje no podía dar a conocer su ingente producción literaria, siendo William Shakespeare un mero testaferro.

Pero, siendo esa la línea inicial, lo interesante es que pronto otra toma su sitio, y entonces la trama argumental girará en torno al propio Oxford y su relación con el poder, a la sazón encarnado por supuesto en la Reina Isabel I, de la que presuntamente fue amante, pero también en las tortuosas figuras de dos de los validos de la reina, William y Robert Cecil, padre e hijo, quienes, si hay que creer a la película, fueron dos malas bestias de intolerante moral que manipularon sibilinamente a la monarca para que ésta tomara las atroces decisiones que a ellos les interesaban.

Obra sólida, bien planteada y puesta en escena, pareciera dirigida por un cineasta británico perito en “epics”, al estilo de la BBC, aunque realmente lo haya sido por un director germánico de corte comercial. Así que, al final, habrá que creer en la conversión de los pecadores.

Especial mención para los actores, como en cualquier buen drama isabelino o victoriano. Acostumbrados a ver a Rhys Ifans de drogueta, marginal, delincuente o similar, encontrárselo de noble de la corte británica es ya un avance considerable, sobre todo si resulta ser el (posible) autor de obras como     Macbeth    ,    Otelo  o Hamlet. Vaness a Redgrave, vieja y sabia, está espléndida como una Isabel I ya bordeando el chocheo, por no decir inmersa absolutamente en él. Pero el que se lleva el gato al agua es Edward Hogg, poco conocido más acá del Canal de la Mancha, pero cuyo Robert Cecil es uno de esos personajes bombón, un villa no pérfido, taimado, de formas suaves pero con más mala leche que la Bruja de Blancanieves, un papel que el joven actor inglés borda como un consumado maestro.

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130'

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Anonymous - by , Nov 23, 2011
3 / 5 stars
¿Quién lo iba a decir?