Película: Apocalipsis Por muchos motivos, se puede decir que la adaptación a la pantalla de Apocalipsis (novela también conocida inicialmente en España como La danza de la muerte, una versión abreviada –y a pesar de ello de casi novecientas páginas- del monumental texto original) era la asignatura pendiente de Stephen King. Considerada por muchos críticos y seguidores del escritor como su obra maestra, tuvo que esperar dieciséis años para ser trasladada a imágenes. Los motivos fueron varios: el primero y fundamental, la larguísima duración del texto, que hacía inviable condensarlo en una película de metraje estándar sin hacerlo prácticamente ininteligible; por otro lado, el propio King se embarcó a principios de los años ochenta, cuando todavía era un recién llegado al mundo de la literatura (no digamos del audiovisual), en la aventura de escribir un guión que a todas luces le superó, tanto por desconocimiento aún del lenguaje fílmico como por falta de medios para llevarlo a cabo. Afianzado ya S.K. en la primerísima línea del mundo editorial e incluso cinematográfico, con sus contactos y excelentes relaciones con la productora Laurel Entertainment, a la que incluso se asocia en Laurel-King, Inc., el escritor de Maine lleva a la pantalla su novela más querida, aunque inevitablemente lo hace en formato de miniserie televisiva, con una duración total de algo más de seis horas.

Para asegurarse de que el proyecto no se le va a escapar de las manos con un director “personal” (como ya ocurriera en el caso de Kubrick y su El resplandor, del que King abomina), contrata a su favorito Mick Garris, un cineasta que se ha demostrado como barro moldeable en las manos de King, un realizador ciertamente sin señas de identidad claras, pero que tiene la rara virtud de amoldarse como un guante a la visión audiovisual de S.K. De hecho, es el director que más veces ha repetido en llevar a la pantalla textos kingianos, y seguramente esta colaboración no va a terminar, al menos por ahora.

Porque Apocalipsis es, en este sentido, una ilustración muy aplicada de la novela de King, que controló todo el proyecto no sólo desde la producción, sino que incluso realizó las funciones de productor ejecutivo, además de, como hemos dicho, encargarse del guión. Con las riendas bien sujetas, King se aseguró que la adaptación televisiva fuera una visión muy kingiana, y que la personalidad del director fuera sustituida por la del guionista, a estos efectos auténtico “autor” de la miniserie. De hecho, la novela está íntegramente traspasada a la pantalla, simplificando algunos aspectos y aligerando otros, sobre todo los relativos al goteo de muertes que se produce en los primeros capítulos de la novela. También hace más vívidos los pasajes de sueños, como es lógico, pues en ese apartado el cine y la televisión juegan con cierta ventaja sobre la literatura, que tiene que confiar más en la imaginación del lector. Pero por lo demás es una adaptación conmovedoramente escrupulosa no sólo con el espíritu del original, sino incluso con su letra.

No hay grandes momentos reseñables en esta adaptación pulcra pero algo vacua. Ciertamente la lectura de la novela, en este caso, es un goce muy superior al de contemplar la versión un tanto chata, aunque ciertamente realizada sin faltas de ortografía, que el aplicado Garris ha realizado con las pautas de su “papá” King. Se mantienen indelebles las ideas del texto escrito: la lucha del Bien y el Mal a través de vicarios terrestres, el ocaso de la civilización corrompida del fin de siglo, la esperanza en un nuevo renacer, más puro y sincero, el sacrificio como forma de expiación y redención... Stephen King, en suma, en una historia que tiene, eso sí, la rara virtud de remover en nuestra más profunda intimidad preguntas sobre a dónde vamos en este mundo de prisas e insolidaridades, qué clase de cultura hemos creado y si, más temprano que tarde, no llegará alguna supergripe o cualquier otro germen, creado en laboratorio o no, que acabará con todo esto, tal vez incluso sin dar una segunda oportunidad a un grupo de supervivientes, como King, generosamente, concede.

Reflexiones de este jaez aparte, creo que merece la pena citar algunas cosas: una, la muy convincente composición que hace Jamey Sheridan como Randall Flagg, el Hombre Oscuro, un trasunto del Diablo, por no decir el Diablo mismo; es un actor de rostro peculiar, que pasa fácilmente de la ironía e incluso un fascinante encantamiento a la perfidia más absoluta, seguramente uno de los hallazgos de la miniserie. Por otro lado, el ponderado y esforzado trabajo de algunos actores, como Gary Sinise como el líder de la Zona Libre, un actor teatral que se hizo un hueco en el cine yanqui con películas como De ratones y hombres, Rápida y mortal y, sobre todo, Forrest Gump, aparte de esta miniserie televisiva.

Apocalipsis es, justamente, la versión de Stephen King sobre lo que podría ser el Apocalipsis descrito por San Juan Evangelista. Al igual que en El misterio de Salem’s Lot daba su visión de Drácula o en El ciclo del hombre lobo actualizaba el mito del licántropo, en esta novela y miniserie nos ofrece cómo ve él ese momento descrito por la tradición judeocristiana en el que todo llegará a su fin y empezará otro reino, otra vida. Claro que King lo hace de forma que pueda explayarse a lo largo de más de mil páginas o más de seis horas, una larguísima agonía del ser humano tal como lo conocemos, en este (esperemos) ficticio verano en el que finalmente llegó la Bestia.

Apocalipsis - by , Jun 30, 2014
2 / 5 stars
El verano de la bestia