Película: Avatar

El estreno de Titanic en 1997 constituyó, seguramente, el fenómeno cinematográfico de masas más extraordinario de toda la Historia del Cine: rodada con un entonces mastodóntico presupuesto de 200 millones de dólares, que hacía barruntar el hundimiento (como el barco que historiaba) de sus productoras, Fox y Paramount, finalmente recaudó, sólo en salas de cine, más de 1.800 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndose de esta forma en el filme de mayor recaudación de todos los tiempos, privilegiada posición que sigue manteniendo en la actualidad.


Pero es que, además, Titanic fue un fenómeno sociológico que, curiosamente, incidió de forma muy distinta en aquellos que intervinieron en su producción: Leonardo diCaprio se convirtió en una fulgurante estrella, pero Kate Winslet casi se esfumó del mapa, hasta que hace unos años reapareció con muchos menos kilos y un par de buenos filmes; pero el caso más llamativo fue el del director, James Cameron, fautor de aquel tremendo éxito, quien no volvió a dirigir cine para gran pantalla desde entonces.


Enfrascado en bagatelas (documentales, telefilmes, guiones, producciones), parecía el caso del hombre que lo ha conseguido todo y que sabe que, por más que quiera, nunca podrá igualar su anterior (y tan prodigiosa) marca. Pero, como alguna vez había que volver, parece que Cameron se ha asegurado que tanto la expectación como el producto estén a la altura de las expectativas generadas en el público, que espera del autor de Titanic una película que no le defraude. Y, habrá que decirlo pronto, Avatar no defrauda.


No comparto la opinión de buena parte de los colegas de la crítica, aunque comprendo sus razones: es verdad que la historia es flojita, con un tema, el del infiltrado en otra sociedad que termina convirtiéndose en parte de la causa que supuestamente iba a combatir, que es viejo como el mundo, y los estereotipos del militar, del empresario, de la científica, son de un perfil insultantemente plano.


También es verdad que son palpables las influencias, tributos o plagios (táchese lo que no proceda) en muchas de las secuencias del filme, procedentes de otras muchas historias cinematográficas. Pero, ¡ay!, ¿qué importa todo eso si el conjunto funciona eficazmente? A estas alturas de la Historia del Cine, contar una historia mínimamente original es, cuando menos, complicado, y todos los directores, sean artesanos o artistas (véase el caso de Almodóvar, famoso por tomar sin recato elementos ajenos y reciclarlos a su muy peculiar manera), beben en las fuentes de otros autores.


Cameron ha manejado muy diversos ingredientes y ha fabricado con ellos un producto global que se diferencia de la mera suma de sus componentes, donde no se aprecian las costuras de los retales, sino que se nos presenta una realidad (virtual…) nueva. Así las cosas, ¿qué más da que la historia sea archisabida y, por supuesto, más que previsible? Lo que importa es el endiablado ritmo, la fascinante envoltura formal, la bellísima escenografía que sirve de escenario a esta historia protoecologista, la aventura en estado químicamente puro (aunque esté hecha con costurones, como el monstruo de Frankenstein), las inolvidables imágenes del protagonista volando a lomos de alados monstruos, el encuentro a muerte entre dos concepciones antitéticas de la vida, la hipnótica presencia de los seres Na’vi, estilizados gigantes que parecen morar en una suerte de Arcadia feliz, un paraíso perdido, la bucólica ciudad alegre y confiada, habitada por un nuevo Buen Salvaje rousseauniano.


Avatar no es, por supuesto, Ciudadano Kane, ni El Padrino, ni El séptimo sello. Tampoco lo pretende. Quiere ser, y lo consigue apabullantemente, un cuento para adultos, un cuento preñado de elementos que conocemos de sobra, pero combinados nuevamente, barajados de una forma distinta para fascinarnos con una composición cinematográfica irreprochable, con unos efectos visuales de una perfección como nunca hasta ahora se había visto, todo ello al servicio de un espectáculo total, un mágico crisol donde cabe todo, pero donde lo mejor es zambullirse sin prejuicios en busca de dos horas y tres cuartos de puro, elemental deleite de los sentidos.


 


Dirigida por

Nacionalidad

Duración

165'

Año de producción

Avatar - by , May 09, 2015
3 / 5 stars
En la Arcadia feliz