Película: Ayer no termina nunca Considere el lector esas dos estrellas de la calificación realmente como una y media; le damos media de propina por varias circunstancias: la primera, aunque no necesariamente por orden de importancia, por su cualidad de filme español; está la cosa en nuestra cinematografía lo suficientemente mal como para que apoyemos, como sea, a los nuestros; la segunda, porque es un ejercicio arriesgado: ahí es nada, 94 minutos de cine sostenidos exclusivamente sobre los hombros de dos intérpretes, notables intérpretes, pero mucha tela y muchas gónadas tal y como está el patio, que hay que atribuir a la directora y a sus productores; la tercera, por el planteamiento, situar un drama personal en un futuro bien determinado, casi apocalíptico, al menos para los españoles.

Porque la acción se desarrolla en 2017, momento en el que, según se cuenta en el filme, España podría estar al borde del colapso económico, con la negativa de la Unión Europea a conceder el tercer rescate (aún no nos han dado el primero, al que nos resistimos, si no contamos con el de las entidades financieras), las estadísticas llegan ya a los siete millones de parados (la semana en la que se estrenaba este filme se daba a conocer la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de 2013, con más de seis millones de desempleados: vamos, que no están demasiado desencaminados los agoreros de la película) y una situación en la que, literalmente, habrá gente peleándose por las calles por los desperdicios de los contenedores de basura.

En este entorno tenebroso conoceremos a esta pareja, o expareja, en la que el hombre vuelve de Alemania después de cinco años, cuando huyó, literalmente, de su hogar en la tarde de fin de año de 2012, algún tiempo después de que su hijo de siete años muriera de meningitis en un puente festivo en el que los servicios sanitarios tardaron demasiado en asistirlo. De esa honda tragedia personal él huyó poniendo miles de kilómetros de por medio, como si no pudiera enfrentar su drama junto con su mujer, como si la muerte del hijo no pudiera ser soportada en comandita sino sólo en soledad, una nueva vida lastrada con un pasado horrísono pero metido entre paréntesis. Ella, vaciada por dentro por su tragedia, aguantará en España, sin entender el motivo de la defección de él, cargada de (justo, por qué no decirlo) resentimiento.

El traslado de los restos del pequeño, por mor de una recalificación del cementerio para construir alguno de esos disparates inmobiliarios que nos han llevado a este calvario, supondrá el momento del reencuentro entre estos dos seres desolados, cada uno con su pena que afronta a su manera.

Pero lo cierto es que este enfrentamiento entre ambos parece estar hecho desde una posición excesivamente calculadora: hay un primer momento notablemente frío, casi en los límites del noli me tangere, para después, progresivamente, producirse cierta aproximación entre los que fueron amantes, después de nuevo distanciamiento, aproximación… parece un bucle, no sé si melancólico (perdón, Juaristi), pero da toda la impresión de que, dada la complicación de una única situación, Isabel Coixet, como guionista y directora, ha optado por llenar la hora y media larga del metraje por los sucesivos enfrentamientos y aproximaciones de los que una vez se quisieron y ahora quizá se odian, o viceversa…

Ese ejercicio termina haciendo daño a la película, obligados los actores a contorsiones sentimentales que no parecen verosímiles, todo para contentar a la demiurga de turno, la señora Coixet, que en otras ocasiones ha demostrado una envidiable capacidad para rentabilizar emocionalmente escenas de gran voltaje sentimental (véase, sin ir más lejos, La vida secreta de las palabras o A los que aman). Dicho esto, habrá que admitir sin remilgos que hay momentos en los que directora, actor y actriz consiguen su objetivo, como en el tramo final cuando la expareja, tumbados ambos sobre un duro bloque de cemento en el impersonal cementerio, rememoran los momentos de la vida, y sobre todo de la muerte, del hijo amado, ya entregados a la melancolía del instante en el que sus existencias cambiaron para siempre, quizá acabaron para siempre.

Ráfagas de buen cine en una historia arriesgada, elementos de arrojo en una situación tan poco apropiada para los experimentos, que confirman que Coixet tiene más valor que el Guerra, aunque no siempre le salgan bien las cosas.

Por supuesto, el filme es Candela Peña y Javier Cámara, dos de los intérpretes más aventajados de su generación, la que navega por los cuarenta o cuarenta y tantos años. Sobrellevar sus personajes, a veces al filo de lo inverosímil, es su mérito, en especial Cámara, que tiene que arrostrar el papel más ingrato, el que huye cuando las cosas van mal, y sin mucha intención de redimirse ni de expiar su culpa. Por el contrario, Peña está espléndida en su faceta resentida, una mujer herida en lo más profundo por un doble crimen, la muerte de su hijo por una negligencia médica y la huida sin nombre del hombre con el que debía afrontar su tragedia. Sin embargo, cuando toca la fase aproximativa, Candela está menos creíble, simplemente declama su papel.

Me quedo, con todo, con el riesgo corrido por los integrantes de este filme, y nada más que por eso hay que quitarse el sombrero (figuradamente, claro: ahora lo más aproximado es la gorrita para no quemarse el coco en la playa…).

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94'

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Ayer no termina nunca - by , Apr 28, 2013
2 / 5 stars
Te odio, te amo, te odio, te amo…