Película: Blackthorn. Sin destino Si esta película tiene algún mérito descollante, parece claro que se encuentra en las osadías en las que incurre. La primera y quizá más llamativa debe ser la de que, siendo una producción de capital abrumadoramente español (con leve aportación USA, más Bolivia y Francia), se trate de un western, género en el que el cine hispano (salvo los sucedáneos del western-chorizo y el western trinitario, que mejor olvidamos) carece de antecedentes. La segunda, y no sé si incluso más osada que la primera, debe ser el hecho de atreverse a hacer nada menos que una secuela de Dos hombres y un destino, uno de los títulos míticos del tardo-western norteamericano, una de esas películas que, con independencia de sus valores, han quedado en el imaginario colectivo como una obra crepuscular, una aventura en estado químicamente puro, una historia fin de siècle, un triángulo amoroso que entonces era osado y ahora es de ursulinas, dos personajes centrales, Butch Cassidy y Sundance Kid, que recogen en sus trayectorias vitales buena parte del sentimiento joie de vivre de una época, un tiempo irrepetible.

Que el cine español se haya atrevido a prolongar un clásico de este corte dice mucho sobre la osadía, no sé si la imprudencia, de sus fautores. Porque había que estar a la altura del original, que no es que fuera Ciudadano Kane, pero que evidentemente tenía una altura y un tono mítico complicado de igualar. Habrá que decir pronto que Mateo Gil, el habitual coguionista de los filmes de Amenábar, no es precisamente John Ford dirigiendo westerns: con cierta frecuencia resulta premioso, la historia narrada no alcanza el nivel de su antecedente yanqui, y a ratos se nos da una higa lo que se nos cuenta, prueba de la inanidad de bastantes momentos.

Pero también es verdad que Blackthorn. Sin destino (el añadido no añade nada, si se nos permite el retruécano) tiene, a ráfagas, cierto aliento épico, sobre todo cuando la pantalla la ocupa el gran Sam Shepard, que compone un viejo Butch Cassidy muy apropiado, vigoroso continuador de aquel aún joven Paul Newman que lo encarnó en el original. Las poderosas imágenes de Juan Ruiz-Anchía, sobre todo en los blanquísimos, agrestes parajes del desierto salado de Uyuni, supone otro de los alicientes de un filme osadamente mitificador,  aunque afortunadamente no mixtificador (lo que varia una simple letra…).

Blackthorn cae irremediablemente simpática en su desvergüenza, echándole valor a un miura como el clásico de George Roy Hill. No se puede decir que esté bien equilibrado como Dos hombres y un destino, ni que tenga el aliento épico de su original, ni la capacidad narrativa de Hill, pero el conjunto tiene quizá más brillos que lunares, y visto lo visto, y el embate del envite, habrá que decir que Gil ha salido airoso del empeño.

Eso sí, un capón para los encargados del casting, porque, aparte de que Shepard está muy bien y Eduardo Noriega queda resultón como ingeniero español con inquietante tendencia al latrocinio, los dos actores que encarnan a los originales Butch y Sundance parecen estar intercambiados en sus personajes: en efecto, el danés Nicolaj Coster-Waldau tiene toda la pinta de ser el nieto de Robert Redford, y sin embargo hace de Butch Cassidy; y el irlandés Padraic Delaney tiene el aspecto de un Paul Newman jovencito, pero apecha con el personaje de Sundance: así que, hijos míos, los encargados del casting, os habéis lucido…

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98'

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Blackthorn. Sin destino - by , Jul 12, 2011
2 / 5 stars
Osadías