Película: Calvary

Irlanda es, junto con Polonia, el país del mundo donde el catolicismo está más enraizado, hasta el punto de que podría decirse sin faltar a la verdad que la religión papista forma parte de su genética, de su ADN, como dicen ahora los cursis.

De hecho, raro es el filme con temática o personajes irlandeses en los que la religión católica no tenga un papel relevante. Esta Calvary no es una excepción, como anuncia desde su propio título y desde su primera escena, en la que vemos a un cura, alrededor de los sesenta, que toma en confesión a un hombre, al que no vemos, quien le confiesa que en su niñez fue objeto de abusos sexuales por un sacerdote durante varios años, y que ahora, ya adulto, ha decidido matar a un cura bueno, ya que aquel malo murió, y le dice que será él, su confesor, el clérigo a matar, en un plazo de siete días, cuando sea de nuevo domingo.

A partir de ahí asistiremos al particular vía crucis de este cura que tomó los hábitos ya adulto, viudo y con una hija, y cuyos feligreses, ciertamente, son todo un compendio de arquetipos de nuestro tiempo: su propia hija, tan falta de afecto, huérfana de madre (por muerte) y padre (al consagrarse a la vida religiosa) a la vez; el joven desgarbado, feo y sin atractivo, ese pagafantas que ya está más allá de todo onanismo y que piensa que el barniz del militar le propiciará las conquistas de las que per se no es capaz; el aristócrata, rico, arrogante, que se cree superior pero no sabe qué hacer con su vida; la ninfómana, que consiente el maltrato con tal de tener su dosis de lujuria; el cornudo consentido, tan contento de ese nuevo estado que se le da una higa que su mujer sea maltratada por su nueva pareja; el escritor anciano, que coquetea descaradamente con el suicidio, aunque lo que espera secretamente es el éxito de su nueva novela; el coadjutor remilgado, que parece un Flanders de los Simpson en carne y hueso… un universo como para decir aquello del Mayo Francés, que paren el mundo, que me bajo, pero que, ciertamente, forma parte de nuestra sociedad hodierna.

Evidentemente, hay más arquetipos, más personajes en el mundo además de estos, que son quizá extremos. La radiografía del mundo que ofrece Calvary es tremenda, casi sin esperanza. John Michael McDonagh, su director (del que hasta ahora sólo nos había llegado El irlandés), parece decirnos que este mundo del Tercer Milenio está plagado de seres amargados, donde no hay lugar para una vida plena. Curiosamente, el único que parece tenerla como tal, el único con la cabeza sobre los hombros, será este cura protagonista que, al cabo, estará abocado a una sentencia que, de algún modo, será su particular camino hacia el Gólgota.

Obra dura, sin concesión alguna, con diálogos afilados como con piedra pómez, presenta un retablo de la amargura y la desesperanza en la década de los años diez del siglo XXI, precisamente en la nación más católica del mundo (sí, junto con Polonia, ya lo decíamos), en lo que no sé si es una crítica sobre la forma en la que ha podido influir en la ciudadanía tan fuerte, perenne sentimiento religioso.

Brendan Gleeson está enorme, y no sólo físicamente, que eso es de cajón: él hace creíble el papel de este cura atípico, que encontró la vocación religiosa al morir su mujer y que se convierte en un sacerdote cercano a sus fieles, sin dobleces ni tonterías, aunque aquella de la que debió estar más cerca nunca tuvo su calor. Como curiosidad, entre los secundarios aparece Aidan Gillen, el rostro de Lord Meñique en la serie Juego de Tronos, y Domhnall Gleeson, hijo del propio Brendan, curiosamente de aspecto físico opuesto a su padre, pero que también está labrándose una carrera de lo más entonada.


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102'

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Calvary - by , Mar 21, 2015
3 / 5 stars
Vía Crucis