Película: Caníbal Se ha dicho, a raíz del estreno de esta Caníbal, que era la respuesta española al personaje de Hannibal “Caníbal” Lecter, creado en la literatura por Thomas Harris y llevado a la pantalla (grande o pequeña) en varias ocasiones, la más famosa y lograda de ellas en El silencio de los corderos, bajo la batuta de Jonathan Demme y con los rasgos inequívocos de Anthony Hopkins, que creó un personaje que, sin duda, lo ha hecho ya inmortal.

Pero sinceramente no creo que estemos ante un Lecter español, más allá de que, evidentemente hay similitudes: la esencial, el carácter de abyecto monstruo de ambos personajes, pues nada más que de esa manera se puede calificar a quien mata a un ser humano para comérselo. Pero, constatada esa similitud, lo cierto es que después hay diferencias sustantivas: el monstruo norteamericano es un diletante, un snob, un ser intrínsecamente perverso que da en comerse a su prójimo como una exquisitez gastronómica, que prefiere los higadillos humanos al caviar, por poner un ejemplo, un tipo carente absolutamente de moral, más allá de cualquier consideración de Bien o Mal: hace lo que le place, le guían sus instintos más primarios, pero bajo la férrea disciplina de una inteligencia privilegiada; sin embargo, el monstruo español es un tipo anodino, un oscuro, discreto sastre de Granada, hermano de cierto rango de una cofradía local, que corta y cose trajes con la misma destreza profesional con la que borda una capa para una imagen de su hermandad religiosa, pero cuya patológica incapacidad para relacionarse normalmente con mujeres le ha desviado hacia una parafilia aberrante: matar a aquéllas que le excitan sexualmente para posteriormente trocearlas y comérselas como si fuera ternera.

Por supuesto, ambos son monstruos; pero su etiología es diferente. Por supuesto, ambos son irredimibles, pero los dos se comportan de manera distinta: su motivación es dispar, su modus operandi también, su intención no digamos.

Cuando este monstruo granadino se encuentre con una chica que le llega más allá de la mera excitación sexual (que nunca consuma, digámoslo ya, salvo que se considere como tal la necrofagia), su mundo se tambaleará: sus certidumbres se convertirán en dudas, su mundo perfectamente ordenado (incluso en los pasajes abyectos de la caza de la hembra que le pone) se vendrá abajo, todo será distinto.

Manuel Martín Cuenca nos encandiló hace unos años con la extraordinaria La mitad de Óscar, un filme hecho con tres perras gordas pero con un talento inmenso. En Caníbal ha contado con más medios, pero curiosamente el interés se ha reducido un tanto. No es que su nueva película no sea buena: lo es, pero entre el sobresaliente y el notable hay un peldaño que sorprende se haya descendido. Pero no es Caníbal un filme en absoluto complaciente: está lleno de silencios, de miradas, de tiempos muertos que para el espectador medio actual es devastador, acostumbrado al atontamiento televisivo, donde siempre tiene que pasar algo en pantalla, donde alguien tiene que hablar, o cantar, o bailar, o hacer el payaso; en ese contexto, el hecho que dos seres humanos se miren durante quince segundos sin hacer ni decir nada es poco menos que una revolución…

Es en esos momentos cuando Caníbal resulta más cinematográfica, cuando el filme nos gana por su austeridad espartana, por su forma de decir sin decir, que es seguramente el más sutil de los lenguajes fílmicos, el que requiere una mayor implicación del espectador, reclamado a un papel activo de colaborador necesario en el desentrañamiento de lo que se nos cuenta, antes que al habitual papel pasivo de quien es mero receptor de lo que al demiurgo de turno le pluga.

Pero inevitablemente la historia es corta en sí misma, y hay varias escenas prescindibles cuya entidad es claramente inferior a las mejores. Entre éstas, entre las inolvidables, si nos tuviéramos que quedar con alguna escena en particular, lo haríamos con aquella en la que la bestia da caza a una chica en la playa, un pequeño prodigio de economía de medios, de terror no tan soterrado, una joya de realización perfecta.

Antonio de la Torre se enfrenta a uno de los personajes más complicados de su carrera: tiene que hacer humano a alguien cuya conducta lo hace deleznablemente inhumano. Antonio, ese sabio actor malagueño, opta por la interpretación interior, por hacer de su personaje una mirada, en ocasiones torva, a veces desvalida, un ser aherrojado a una práctica asesina al que en un momento dado de su vida todos sus esquemas se le vienen abajo; pero ciertamente ya sabíamos que De la Torre es uno de los grandes actores de su generación. El descubrimiento, al menos para el público español, es el de la rumana Olimpia Melinte, una actriz que combina desarmantemente la dulzura con una subterránea, casi involuntaria capacidad para excitar.

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116'

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Caníbal - by , Oct 25, 2013
3 / 5 stars
No es Lecter