Película: Carne de neón Alguna vez escribiremos sobre una de las características más llamativas del cine español actual: hablamos de su desapego con respecto a la realidad española de nuestro tiempo. Cuando dentro de cien años los historiadores quieran saber cómo era la sociedad española de comienzos del siglo XXI, no podrán tener una cabal idea cuando vean el cine que se hacía entonces, que hacemos ahora; apenas nada hay en el cine que hacen nuestros artistas hodiernos que tenga contacto con la realidad del país. Qué pena que haya que decir, sin nostalgia pero con rotundidad, que el cine que se hacía en el franquismo (o contra el franquismo) tenía muchos más puntos de contacto con su España que la de nuestros cineastas con la actual de estas tres últimas décadas.

Vaya esto por delante porque esta Carne de neón responde rigurosamente a ese cliché acuñado por una ingente troupe de cineastas hispanos, según el cual los únicos personajes interesantes son yonquis, o putas, o narcotraficantes, o matones, o macarras, o proxenetas: un panorama ciertamente desalentador, en el que te entran ganas de coger el pasaporte y huir hasta el país normal más próximo… si no fuera porque ese país es éste, y los que son anormales (no digo subnormales porque no es políticamente correcto, y no tengo ganas de que me corran a gorrazos los tíos de la ONCE) son la mayor parte de sus cineastas.

Paco Cabezas llamó la atención hace unos años con su interesante Aparecidos, peculiar mescolanza entre cine de terror y denuncia política, mixtura que en principio podría parecer chocante, pero que en sus manos se demostró estimulante. El cineasta andaluz demostró una inusual capacidad visual, en una época en la que esa cualidad es una rara ave, acostumbrados cada vez más a la pulcra pero impersonal puesta en imágenes de guiones. Pero aquel filme tenía personalidad, creaba atmósferas, e incluso golpeaba conciencias, y todo ello con cuatro perras gordas.

Ahora, con Carne de neón, Cabezas vuelve a sus orígenes, y remaquea (permítanme el palabro: aún no está en el DRAE, pero lo estará: y es que estos académicos cada día están más laxos…), ampliándolo y corrigiéndolo “ad nauseam”, su premiadísimo cortometraje homónimo. Tenemos, entonces, de nuevo al joven tarambana que concibe regalar a su madre (de antiquísima profesión peripatética), para festejar su próxima salida de la cárcel, nada menos que un puticlub; a ello le ayudan algunos de sus amigos, una panda de tarados cuyo coeficiente intelectual conjunto no sobrepasará el de un chimpancé, para terminar dándose de bruces con un mafioso cuyos intereses económicos (en forma de valor añadido putanesco) daña el imberbe.

Pero donde en el anterior largometraje de Cabezas había frescura y capacidad imaginativa, aquí todo parece irse en la pintura de los personajes, a cual más “friqui”, más estrafalario, más marginal. El director pretende insuflar algo de interés a base de jugar con recursos visuales, como decolorar algunas escenas o dotar la fotografía del filme de un tono como de oropel, de lentejuelas de bazar chino, del neón de burdel que porta en su propio título. Gana entonces el envoltorio antes que lo envuelto, el papel de celofán (aquí más bien de estraza…) que el magro presente que cubre.

Lástima, porque creíamos, y seguimos creyendo aún, que Paco Cabezas es un cineasta de gran porvenir, que sabe dirigir sin ser esclavo del libreto, con ideas propias y capacidad creativa. Es posible que, al volver a su antiguo (y se ve que tan querido) corto para rehacerlo con muchos más medios, le ha podido la nostalgia de la historia de pequeños botarates que finalmente resulta ser este costead remake.

Mario Casas repite el personaje de chico chulito que viene siendo su marca de fábrica; alguna vez escribiremos algo sobre este muchacho de acento imposible, que sin embargo ha sido la salvación del cine español este año pasado. Vicente Romero, en un personaje muy pasado de vueltas, consigue hacerlo medianamente creíble; Ángela Molina compone un papel de puta vieja bastante apañado: su rostro arrugado como un traje de Adolfo Domínguez ayuda mucho, es cierto…; sobre todos, Darío Grandinetti hace grande y neto (perdón por el juego de palabras: no he podido resistirme) su rol, un capomafia llamado El Chino que habla con acento porteño, un hijo de mala madre que, sin embargo, esconde un espíritu cultivado, exquisito. Menos mal que, entre tanta ganga, había alguna perla...

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113'

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Carne de neón - by , Feb 03, 2011
1 / 5 stars
La fascinación por lo marginal