Película: Cendrillon Una de las películas más antiguas que se conservan de Georges Méliès es esta Cenicienta, Cinderella (como se conoció en USA) o Cendrillon, que fue su título francés y con el que la reconoceremos aquí.

En aquellos años de aprendizaje técnico y de desarrollo de un balbuciente lenguaje cinematográfico, Méliès realizaba cortos (el concepto de largometraje es bastante posterior a esta época) con pequeñas adaptaciones literarias de toda laya, desde el Fausto de Goethe a cuentos como éste de Perrault, un clásico de la literatura infantil, que el mago parisiense versionaba a su manera, a veces con una aplicación cuasi exacta del original y en otras, incluso en la misma cinta, aportando invenciones tan curiosas como la que en esta Cendrillon ofrece: la historia se mantiene en los esquemas habituales sobradamente conocidos, con jovencita ninguneada por su madrastra, a la que su hada madrina le concede el deseo de asistir al baile previa transformación de unos ratones en briosos corceles y de otro roedor en lacayo de brillante librea, de una calabaza en una vistosa carroza como de reina, y de los harapos de la jovencita en ropajes de alta alcurnia. En palacio baila con el príncipe azul correspondiente, si bien en este caso, en contra del cuento ortodoxo, se le va la hora en plena danza y se le aparece un gnomo con reloj gigante que le indica que su tiempo ha pasado y la damisela se convierte de nuevo, ante la empingorotada concurrencia de la corte, en marmota andrajosa.

Y, aquí viene lo novedoso, Méliès nos presenta después a Cenicienta ya en su casa, atormentada por lo sucedido, lo que el cineasta francés nos da con la aparición (mediante el truco del stop trick, que él descubrió por casualidad, y que utilizaría con fruición a lo largo de toda su filmografía) de varios relojes con las doce horas pasadas, así como del mismo gnomo (el propio Méliès, que le gustaba más hacer el payaso que comer con los dedos) martirizándola psicológicamente por su mala cabeza, en una escena de un surrealismo exacerbado: no es raro que los surrealistas, ya mediados los años veinte, hicieran del cineasta de Viaje a la luna uno de sus ídolos.

Por supuesto, después llega el príncipe con el consiguiente zapatito que la bella harapienta abandonó en su huida de palacio, y tras comprobar que sus hermanastras tienen pies tamaño barco, prueba el chapín en el piececito de nuestra misérrima nínfula, quedándole perfecto.

Todo ello con una escenografía como de teatrito barato, con unos decorados que resultan de una inocencia arrebatadora, de un naïf absoluto, pero que ayuda a conferir a esta mínima perla un carácter como de aéreo cuento de hadas (cosa que, por lo demás, es).

¿Se imaginan a qué niveles artísticos hubiera llegado Méliès si no se hubiera arruinado a mediados de los años diez, y a causa de ello abandonara el cine? Desde el final de su filmografía hasta su muerte transcurrieron 25 años, años que (ahora lo sabemos) podrían haber sido extraordinariamente fructíferos. Pero, al fin y al cabo, no deja de ser un onanismo mental…

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6'

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Cendrillon - by , Apr 02, 2013
3 / 5 stars
Aéreo cuento de hadas