Película: Cien años de perdón

Daniel Calparsoro cumple cuando se escribe esta crítica veinte años en la dirección cinematográfica. Lo cierto es que su debut con Salto al vacío (1995) concitó esperanzas que después no se vieron confirmadas por una filmografía con tendencia al exhibicionismo de violencia gratuita y a la impostación, a la artificiosidad antes que a la sinceridad y la verosimilitud. Cien años de perdón se sitúa un peldaño por encima de la media de sus películas, lo que en el fondo no deja de ser un elogio. Además, juega con dos tonos, el de thriller de atracos (tan vistoso, aunque en el cine español no haya mucha tradición) y el thriller político, ahora tan en boga, al menos por cuanto se ve cada día en los telediarios.

Valencia, en nuestros días. Una banda perfectamente organizada atraca un banco. Toman rehenes y revientan las cajas de seguridad. La Policía toma los alrededores, pero los asaltantes tienen una atípica vía de escape que han preparado previamente. Alguno de ellos tiene un as en la bocamanga, y algún otro, supuestamente muy próximo, se entera secretamente de la jugada de su presunto amigo. Entre tanto, en el gobierno están muy nerviosos por el contenido de una de las cajas de seguridad…

Cien años de perdón juega con la tensión que provoca cualquier filme de atracos (sobre todo si los asaltantes se conducen a la tarantiniana manera, ya impuesta como canon en cualquier filme en el que haya violencia explícita) y con las jugadas de estrategia que desarrollan asaltantes, policías y miembros del gobierno o de sus instituciones (en este caso, el CNI, el espionaje español). La mezcla está razonablemente adobada, la tensión narrativa está aceptablemente conseguida (aunque se abuse de recursos extremos, como los cinturones de explosivos de inminente estallido) y el conjunto es resultón.

Curiosamente, Calparsoro, que siempre hace cine “macho”, por llamarlo de una forma un tanto brutal pero que se entiende perfectamente, aquí no se ha atrevido a hacer una correlación expresa entre el ficticio caso que se cuenta en la película y la realidad de corrupción hodierna en España; ese personaje, el Soriano del filme, que parece un trasunto de Bárcenas, el tesorero imputado del Partido Popular; ese disco duro que parece el equivalente a los famosos “papeles de Bárcenas”, pero en digital… Pero todo se queda en “parece”, en un amagar y no dar. Además, la presidencia del gobierno recae en una mujer, no vaya a creerse el presidente actual que se refieren a él, por Dios, faltaría más… En fin, muy valiente no se puede decir que haya sido el planteamiento. Vale, le echaremos la culpa a Jorge Guerricaechevarría, el guionista habitual de Álex de la Iglesia, que aquí le pone los cuernos a su cuate de profesión para ejercer de libretista de Calparsoro…

Entre los intérpretes, aparte de Luis Tosar, que está siempre bien, y que es indispensable en cualquier película española que requiera un personaje bronco que transmita verismo, destacaremos al argentino Rodrigo de la Serna, que mantiene un igualadísimo duelo con el actor gallego. Eso sí, José Coronado, tan bueno cuando está bien dirigido como nefasto cuando lo dejan a su aire, aquí está tirando a lamentable en su personaje, un alto jefe de los espías muy poco creíble. Entre los secundarios me quedo con Joaquín Furriel, que compone fascinantemente uno de los personajes más torpes que se han presentado en pantalla en los últimos años, un tipo que parece un compendio de las meteduras de pata del inspector Clousseau y de su colega Gadget.


Cien años de perdón - by , Mar 10, 2016
2 / 5 stars
Thriller de atraco, thriller político