Película: Comanchería

El cine indie norteamericano sigue gozando de excelente salud. Para mi gusto es uno de los mejores que se hacen hoy en el mundo, por variedad de temas, por creatividad, por amenidad, con frecuencia incluso por su capacidad para fascinar. Le da sopas con honda, por supuesto, al cine de los grandes estudios, donde hay gente con talento, sin duda, pero que tiene que estar muy pendiente de no pifiarla, so pena de hundir a la “major” de turno (no sería la primera vez…). Así las cosas, con presupuestos ajustados aunque no raquíticos, con inteligencia y buenos guiones, en mi opinión el cine indie yanqui está hogaño en la cima del mundo cinematográfico.

Buena prueba de ello es esta estimulante Comanchería, que reúne en sí misma varios géneros y temas: no es ocioso hablar de western moderno, donde los caballos han sido sustituidos por coches y camionetas, donde incluso hay indios (bueno, medio comanche, medio mexicano), pero esta vez en las filas del Séptimo de Caballería; tampoco faltaríamos a la verdad si decimos que es un thriller, pues tiene elementos que cuadran con ese género; y sería también un drama, el del hombre que quiere dejar a sus hijos la liberación del estigma de la pobreza, esa enfermedad hereditaria (como la define él mismo en un momento de la trama). Cabría incluirlo también en otros géneros o subgéneros, como el de atracos o acción, y de cualquier modo el resultado de esto que podría parecer un pastiche es, sin embargo, de una coherencia admirable: el mestizaje, también en cine, puede dar productos notables como este, donde brutalidad y sensibilidad se dan la mano, donde el hombre más terrible puede ser, a la vez, el más humano.

Texas, en nuestros días: dos hermanos, uno recién salido de la cárcel, donde habita con normalidad por su estúpida, recalcitrante manía de incurrir permanentemente en delitos de violencia; el otro acaba de asistir en su agonía a la madre, un pobre hombre sin oficio ni beneficio, divorciado, con hijos adolescentes a los que le gustaría legar algo más que su paupérrima carencia de todo. Ambos maquinan atracar varios bancos para intentar salir de la indigencia. Dos “rangers”, uno a punto de jubilarse y otro de mediana edad, mestizo, se ponen tras la pista de los dos delincuentes.

David Mackenzie, el director, es de origen escocés, aunque hace años que está afincado en Estados Unidos, donde tiene ya una carrera de lo más ecléctica, cambiando de género y de tema constantemente. De él se ha visto en España una parte de su filmografía, habiendo interesado especialmente en títulos como Obsesión (2005), American Playboy (2009) y Convicto (2013). Comanchería es, a nuestro entender, su mejor película, la historia paralela de dos parejas de hombres, los dos hermanos que buscan la solución de sus irredentas vidas (uno a sabiendas de que no lo logrará, pero no sabe hacer otra cosa; el otro sabiendo que sí lo conseguirá, por el objetivo superior que lo anima) y los dos “rangers”, tan distintos, en el fondo tan iguales, tan hermanados en la persecución de los malos, enfrentados a un caso tan atípico, el del delincuente contumaz asociado al infeliz que no ha roto un plato en su vida.

El título original, Hell or high water, es una frase hecha en inglés que podría traducirse libremente al español (si mis puntillosos críticos anglófonos no me corrigen, lo que no es descartable) como “contra viento y marea”, la decisión irreductible de una persona por conseguir un objetivo cueste lo que cueste. De todas formas, me gusta el título español, Comanchería, que evoca praderas inmensas con indios al galope, y que cobra todo su sentido ante determinadas escenas del filme.

Mackenzie, como director, no es un virtuoso, pero rueda con personalidad, con clasicismo, dejándose de chorradas extravagantes: va al grano, dotando de buen ritmo la narración; las dos historias paralelas se desarrollan magníficamente, dándosenos a conocer poco a poco los entresijos de la particular relación entre los hombres de cada pareja. Con un final realmente admirable, abierto y cerrado a la vez, feliz e infeliz, Comanchería es un pequeño prodigio de cine de nuestro tiempo, donde también se puede hacer (¿quién lo dudaba?) grandes películas con presupuestos moderados.

Jeff Bridges está colosal. Siempre ha sido un buen actor, pero la vejez le ha sentado la mar de bien; su “ranger” superficialmente racista pero en el fondo tan humano, es uno de los personajes bombón por los que cualquier actor mataría; Bridges lo borda, con esa voz profunda que sale como de las cavernas del averno. Los jóvenes Ben Foster y Chris Pine (este muy alejado de su personaje de James T. Kirk en los “reboots” de Star Trek) están bien, aunque ciertamente palidecen al lado del trabajo de Bridges. La revelación es Gil Birmingham, el actor de evidentes ancestros indios, que hace un trabajo muy sobrio, estoico, aguantando las puyas de su compañero, una interpretación más desde la mirada que desde la palabra.


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102'

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Comanchería - by , Jan 02, 2017
4 / 5 stars
Contra viento y marea