Película: Corn island

El cine georgiano es una rara ave en Occidente, aunque recientemente se ha podido ver otra producción con ese origen, Mandarinas. Es un cine distinto, con un tempo que poco tiene que ver con el que gastamos en estas latitudes o en Norteamérica. Ello no quiere decir, ni mucho menos, que no tenga interés: al contrario, filmes como este Corn island reconcilian con el sentido primitivo del cine, aquel en el que lo primordial no era la palabra (siendo ésta tan importante) ni la acción, ni por supuesto los efectos especiales y mucho menos digitales. Corn island parece beber directamente del cine mudo, y de hecho las primeras palabras que en ella se dicen acontecen hacia el minuto veinte de los cien que tiene de metraje. Pero es que en el resto de la duración del filme tampoco hay muchas más: sin ánimo de ser exactos, de los cien minutos que dura la película, pueden ser tres en los que haya algún tipo de (mínimo) diálogo entre los escasos personajes.

Pero ello, como en el cine mudo, no obsta para que la historia se siga con total comprensión para cualquier espectador medianamente despierto. El asunto narrado se ambienta en el río Enguri (o Inguri, que al parecer también se puede transliterar así del alfabeto georgiano), uno de los cauces fluviales más importante de la región, que fluye por Georgia pero en su tramo final también por la zona de Abjasia, autoproclamada república independiente (aunque sólo la han reconocido como tal Rusia y poco más), lo que la hace una tierra conflictiva. En ese río, cuando llega la primavera, los movimientos fluviales dejan al descubierto algunos islotes de fértil tierra para la agricultura, que algunos campesinos aprovechan para cultivar maíz y proveerse de comida para el duro invierno. Eso hace el protagonista de la película, un hombre mayor con una nieta en la indefinida edad entre la adolescencia y la mayoría de edad. Ambos afrontarán la dura tarea de preparar la tierra, sembrarla, construir una efímera construcción de madera que les sirva de cobijo durante esos meses y, a la postre, ponerse de perfil cuando los soldados georgianos, o rusos, o los rebeldes abjasios, ronden por su isla con un sordo rumor de violencia latente.

El director, George Orvashvili, que ha estudiado cine en su país, pero también en Estados Unidos, demuestra una inusual capacidad para la sobriedad, casi para la ascesis: lo suyo, a la manera de los ascetas (que buscaban a Dios en la limitación al máximo de las necesidades humanas), es la mínima expresividad para dar el mayor de los contenidos. Así, si en los místicos se trataba de llegar al culmen de la frugalidad, de la austeridad terrenal para alcanzar los dones celestiales, Orvashvili parece que busca utilizar los mínimos recursos del lenguaje cinematográfico para contar una historia sin embargo llena de matices, de sutileza, de ínfimos gestos que valen por mil palabras. Y lo curioso es que, en el fondo, Corn island es una película costeada, porque, dado que no era posible conseguir que la naturaleza hiciera por sí misma lo que la historia pide y cuando lo pide (no destriparemos de que hablamos, claro, so pena de incurrir en “spoilers”), hubo que construir un gigantesco tanque de agua que permitiera jugar con la isla en la que ocurren los hechos y facilitar el discurrir de los hechos. El proyecto, desde su comienzo a la finalización del rodaje, llevó nada menos que cuatro años, lo que evidencia que no estamos ante un filme modesto en presupuesto, aunque así pudiera parecerlo por los elementos que se ofrecen en pantalla.

El resultado es espectacular; por supuesto, no porque haya acción a raudales, que es lo que acostumbramos a considerar “espectacular”, sino porque, literalmente, da espectáculo, sin por ello indicar (en este caso, aunque la acepción existe también en el DRAE) que se trate de un acto aparatoso u ostentoso. La historia que se nos narra, hecha de detalles, de pequeños gestos entre los actores, de primerísimos planos del viejo y la nieta, el primero obsesionado por poner en pie su pequeña plantación de maíz que sabe facilitará la supervivencia de su familia un año más, pero también atento a los problemas bélicos de su entorno, en los que intenta no implicarse aunque finalmente su humanismo le enmiende la plana; la segunda, en esa edad en la que las hormonas rugen enfebrecidas, que parece querer jugar, entre niña y mujer, al juego del sexo con cualquier cosa con pantalones. La intermitente aparición de soldados en el islote del viejo y la nieta parece la premonición de un trágico final.

Corn island termina siendo una película contada con tal economía de medios que, ciertamente, los paradigmas del cine austero, del cine del estoicismo, que por supuesto son el francés Robert Bresson y el finés Aki Kaurismäki, pueden pasar por unos frívolos al lado de este George (Giorgi en su original georgiano: esto parece un calambur…) Ovashvili, un cineasta de evidente personalidad, capaz de contar mucho con poco, de sugerir antes que mostrar, de dar pistas pero no certezas. Gran película, tan modesta en sus intenciones, pero tan hermosa en su austeridad rayana en lo monacal.

Entre los intérpretes me quedo con el dúo protagonista, ese viejo interpretado por el actor turco Ilyas Salman, de larga trayectoria en la pantalla, que confiere verdad a su contenido personaje de hombre castigado por el destino pero a pesar de ello determinado a luchar hasta el final por los suyos; y la jovencísima Mariam Buturishvili, en su primer papel ante las cámaras, cuyo rostro interpreta por sí mismo sin necesidad de mucho más: en un filme ascético, casi místico, ella es el deseo subterráneo, casi inapreciable al espectador no avisado, el caudaloso torrente entubado en una existencia mortecina, monótona, repetitiva.


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100'

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Corn island - by , Jun 07, 2015
4 / 5 stars
Casi ascético