Película: De tal padre, tal hijo Este Hirokazu Kore-eda nos tiene descolocados: le conocíamos hasta ahora tres películas, de muy diverso interés: por orden cronológico de estreno, la primera fue la espléndida Nadie sabe, la historia de varios niños abandonados literalmente a su suerte, una existencia sin esperanza en el corazón de una gran urbe nipona; la segunda, sin embargo, de título Air Doll, era un rollo macabeo (habría que decir rollo samurai, dada la etnia de los personajes…) bastante poco inspirado sobre una muñeca hinchable que, oh, prodigio, cobraba vida; la tercera, algo mejor, fue Kinseki (Milagro), de nuevo en el universo infantil, con dos hermanos que son separados en la adopción y que maquinan una excursión que les permita, en su ilusa imaginación, volver a estar juntos.

Ahora, sin embargo, con esta De tal padre, tal hijo, Kore-eda vuelve a dar en la diana. Curiosamente de nuevo es alrededor del universo de los niños, donde parece que el cineasta japonés se encuentra más cómodo o, al menos, da lo mejor de sí mismo. La historia nos sitúa en la vida de una acomodada familia japonesa; él es un arquitecto de prestigio que presta sus servicios en una importante empresa del país, y apenas tiene tiempo para estar con su mujer y su hijo de seis años. Sin embargo, la vida de esta familia sin problemas (más allá de la desatención del paterfamilias) se verá zarandeada cuando se enteran de que el que creían que era su hijo realmente no lo es, al haber sido intercambiado por otro por una enfermera resentida en el hospital. La otra familia concernida es la de un tendero, un hombre de clase social muy inferior a la de los protagonistas, y el niño intercambiado tiene allí otros dos hermanos más pequeños.

A partir de ahí comienzan las dudas: los padres acuerdan ir intercambiando temporalmente a los niños, para que se vayan acostumbrando poco a poco a sus nuevas vidas, pero las madres, y también los padres, no saben realmente si quieren cambiar, o no, a los que hasta entonces habían sido sus hijos, por los que habían sufrido los desvelos, insomnios, sinsabores habituales de toda relación paternofilial, pero también habían conquistado sus corazones con sus pequeños avances, sus descubrimientos del mundo, su implicación natural en la familia.

Kore-eda focaliza su atención sobre el arquitecto: él será, realmente, el protagonista, porque él también es quien tiene más dudas, pero sobre todo, quien pretenderá creer, o hacer como que cree, que la sangre es la única de las cuestiones a tener en cuenta en esta dolorosísima elección: seguir con aquel que creías tu hijo, y que como tal has cuidado, mimado, amado, o tener como vástago a quien sí lleva tu sangre pero en quien no reconoces más que a un desconocido, un intruso en tu hogar.

Filme atribulado, porque el dilema es atroz, finalmente parece encarrilarse hacia alguna zona quizá más confortable. Un final abierto pero que se intuye más feliz para todos, parece indicarnos que, contra toda esperanza, incluso en situaciones sentimentalmente dantescas como ésta, hay salida.

De tal padre, tal hijo resulta entonces un más que notable drama familiar, sobre una de las esencias del ser humano, la familia, e intenta contestar, a su manera, a cuestiones tales como hasta qué punto los miembros de la unidad familiar han de tener lazos de sangre, o no, con el resto. Por supuesto, el caso de los hijos adoptados sería una respuesta a esta pregunta, pero en este caso estamos hablando no de una adopción querida sino engañada, y cómo gestionar de una forma racional, pero sobre todo familiar y emocional, lo que el destino quebró. Porque además, a la resolución, de la mejor forma posible (ninguna será buena, salvo la que se torció inicialmente por el intercambio de bebés), contribuirá la evolución del protagonista, que se da cuenta de hasta qué punto su papel como padre hasta entonces, del que no era su hijo pero cuidó como tal, ni del nuevo que sí lo era pero como si no lo fuera, era realmente una pantomima, un remedo de lo que debe ser un padre, un hombre cuya asistencia a la infancia de su hijo (cualquiera que éste fuera) estaba siendo menos que cero, siempre con el pretexto del trabajo, de la obligación, como si hubiera obligación superior a la de ver, hacer crecer a la prole.

Filme narrado con buen pulso por un cineasta que confirma sus buenas maneras, nos reconcilia con su cine, un cine que casi siempre tiene a los niños de por medio: buena materia prima, sin duda, aunque los conflictos cuando ellos son el centro de la acción se hacen más dolorosos que cuando los protagonistas son los adultos.

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120'

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De tal padre, tal hijo - by , Dec 08, 2013
4 / 5 stars
Dilema atroz