Película: Desayuno con diamantes Escribir la crítica de una película cincuenta años después de su estreno tiene ventajas e inconvenientes. Entre los segundos no es despreciable el de que prácticamente se haya dicho todo sobre ella, sobre todo si es un clásico del cine romántico como es el caso de esta Desayuno con diamantes. Entre las primeras, sin embargo, está el de permitir una perspectiva temporal, social e incluso histórica que es imposible cuando se escribe del cine coetáneo.

La película de Blake Edwards supuso en su momento algo así como la cuadratura del círculo del cine romántico. Por un lado era género amoroso puro y duro, pues la historia que se nos cuenta es indudablemente del corazón, pero también es cierto que, gracias sobre todo a la materia primigenia, la novela homónima de Truman Capote (un outsider donde los hubiera, el escritor abiertamente homosexual que escandalizó y a la vez encandiló a la sociedad de su época y que ha pasado a la Historia de la Literatura fundamentalmente por su espléndida A sangre fría, estremecedora literatura entre la ficción y el documento), resultaba sumamente transgresora en un género típicamente carca, al presentar, en los inicios de los años sesenta, en la muy conservadora Norteamérica de la época, a años luz de que el espíritu rebelde de esa década se adueñara del país, a una pareja tan peculiar como una prostituta de alto “standing”, tan inestable como adorable, y un escritor que se gana la vida no tanto con sus originales literarios sino con sus servicios sexuales para la mecenas de turno. La puta y el gigoló, podría resumirse de forma un tanto brutal, sobre todo con la perspectiva que da medio siglo y los modos descreídos de esta centuria vigésimo primera en la que se escriben estas líneas. Pero, siendo efectivamente y en resumidas cuentas la historia de amor entre una meretriz de modos exquisitos y un mantenido, Desayuno con diamantes es mucho más: es una radiografía en clave romántica de los Estados Unidos de la época, pasado por el tamiz del ingenioso genio de Capote y de Blake Edwards, tan distintos en sus diversos talentos como convergentes en este su único proyecto en común.

Blake Edwards siempre fue considerado como un hermano menor (en términos artísticos) de Billy Wilder, un cineasta de talento pero que no tenía la rara capacidad del autor de Uno, dos, tres para hacer una obra maestra tras otra. Desayuno... es, probablemente, una de sus mejores películas, realizada en estado de gracia, merced a una historia potente y distinta, una realización efectiva y personal, sin por ello estar ahíta de subrayados, como tan frecuentemente sucede, y, sobre todo, a una Audrey Hepburn en su mejor momento, una escuálida muchacha, atolondrada y cabeza hueca, que se hace querer a pesar de (o quizá precisamente por) sus chifladuras, sus maneras alocadas, sus fantasías imposibles, una catetita de pueblo a la que el ambiente rural la asfixiaba.

El ambiente paleopop, el vestuario tan rotundamente sixty de la protagonista, los personajes imposibles (ese marido paleto convertido en sombra de la pareja que no sabe que lo es, ese millonetis brasileño –improbable José Luis de Vilallonga, en su incursión en el cine USA--), conforman una obra con toda seguridad irrepetible, a pesar de la sosería de George Peppard, un pelagatos que, es cierto, alcanzó con este filme la cima de una carrera no precisamente plagada de éxitos, y que terminaría en la bancarrota artística en olvidables seriales televisivos, de cuando la televisión era la hermana paupérrima del cine (véase Banacek, por no decir la espantosa El Equipo A).

Dirigida por

Género

Nacionalidad

Duración

115'

Año de producción

Desayuno con diamantes - by , Sep 04, 2012
4 / 5 stars
La puta y el gigoló