Película: Eddie el Águila

Dexter Fletcher es un actor inglés que tiene ya una larga carrera como tal. Desde principios de los años diez del siglo XXI ejerce también como director, con una filmografía de lo más ecléctica. Wild Bill (2011) era un drama social y un thriller ambientado en los barrios bajos de Londres, Amanece en Edimburgo (2013) una deliciosa comedia romántica musical, y ahora esta Eddie el Águila es el biopic de un esforzado saltador de esquí británico, el primero de esa nacionalidad que compitió en unos Juegos Olímpicos de Invierno (en los de Calgary, Canadá, en 1988) tras un pionero que lo hizo allá por 1929…

Nada que objetar, en principio: nos encanta el eclecticismo. Pero me temo que esta vez Fletcher no ha dado en la tecla. Eddie el Águila parece otra más de las películas sobre la importancia del esfuerzo, del tesón, etcétera, para conseguir lo que cada uno se proponga. Otra más en la serie de la que Rocky (la primera, la que dirigió John G. Avildsen,  no toda la recua de secuelas que después hemos tenido que soportar) y Kárate Kid (también la primera, y también de Avildsen) son sus ejemplos señeros y más respetables, una serie en la que, además de esas dos buenas películas, se han hecho innúmeras producciones cinematográficas y televisivas, ideales para dormir la mona en la siesta.

Es cierto que a ratos, sobre todo en la primera parte del filme, da la impresión de que Fletcher nos está proponiendo una taimada tomadura de pelo, y en realidad se está mofando, muy sutilmente, de este memo inglés que quiso trascender de su aparentemente obligado oficio de yesero, como su padre, para convertirse en cualquier cosa que fuera un atleta olímpico. Los niños suelen querer ser de mayores astronautas, o futbolistas, o médicos. Este Eddie Edwards, en cambio, quería ser olímpico, en cualquier disciplina, pero olímpico. Sucesivas vocaciones frustradas de ese jaez terminaron con una en la que, gracias a su buena suerte, no se rompió el cuello, que hubiera sido lo más probable en un tipo que, sin técnica ni preparación “ad hoc”, saltaba en los trampolines nevados como el que juega al un, dos, tres, al escondite inglés. Pero esa ironía sobre la vida de este mentecato que hizo fortuna de su obsesión por destacar en las Olimpiadas no termina de cuajar, quizá resulta demasiado sutil, y desde luego en la segunda parte se aparca en beneficio de la tópica gradación en las dificultades y las redobladas energías que los dos protagonistas, el jovenzuelo de prominente mentón que le precede y su mentor, un borrachuzo ex niño prodigio del deporte, afrontan.

Queda la buena factura de Fletcher, que con sólo tres películas como director es ya un avezado cineasta; queda también una crítica evidente pero tan justificada sobre la arrogancia de los comités olímpicos, plagados de tipos que generalmente no han dado un palo al agua como atletas pero viven como si hubieran sido medallas de oro; y queda la esforzada composición de Taron Egerton como el protagonista. El joven actor ya nos interesó en Kingsman. Servicio Secreto (2014), que dirigía por cierto Matthew Vaughn, que hace aquí las funciones de productor. Hugh Jackman hace su película pequeña de la temporada, su entre col y col, una lechuga, para descansar del sempiterno Lobezno de la franquicia de X-Men.

Pero el que, como siempre, está espléndido, es Christopher Walken, en un papel que no llega a los tres minutos, pero en los que este viejo y excepcional actor yanqui se come con papas a Egerton y Jackman. Esa extraordinaria voz de bajo, ese gesto aparentemente impenetrable, esa mirada que taladra aunque esté pidiendo perdón…


 


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106'

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Eddie el Águila - by , Jun 14, 2016
2 / 5 stars
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