Película: Efectos secundarios Steven Sodebergh sigue con su eclecticismo: ahora, tras el drama de “strippers” de Magic Mike, toca un thriller de ambiente psiquiátrico, con chica cuyo marido ha vuelto de la cárcel, tras pasar una temporada en la trena por un delito de cuello blanco; la joven atraviesa por una fase depresiva que la hace atentar, sin éxito, contra su propia vida. El psiquiatra que la trata empezará a medicarla con distintos fármacos, pero la chica no termina de mejorar, con resultados trágicos… Hasta aquí puedo leer, como decía aquella ínclita filósofa del entretenimiento, un, dos, tres, Mayra Gómez Kemp.

Es curioso, pero en Efectos secundarios conviven dos películas: una primera, en la que se plantea la historia, que resulta intrigante y con frecuencia turbadora: esa chica que parece haber recuperado lo perdido con su amor, al volver éste del penal y comenzar ambos una nueva vida, y sin embargo está presa de una tristeza que, muy atinadamente, el director nos transmite con planos preñados de melancolía, en esa visión donde no hay lugar para nada más que la propia tristura y que forma parte de ese demonio de la depresión que nadie que no la haya padecido sabe lo que es.

Pero la segunda parte, cuando este maldito embrollo (parafraseando a Pietro Germi, claro está) empieza a despejarse y se nos va contando cuál es la verdad del asunto, pierde fuelle a ojos vista: lo que había sido una sugerente historia clínica que recreaba con acierto sensaciones específicas de la depresión, se torna una trama conspirativa con más flecos que un mantón de Manila, intentando cuadrar, con menor fortuna de la deseable, los numerosos desencajes de un guión que, a estas alturas, es algo así como un sudoku de imposible cuadre.

En el conjunto, entonces, sobresale el desequilibrio entre ambas partes, y la segunda y muy inferior claramente pesa más que la primera. Queda entonces un filme con irisaciones de interés, pero globalmente insuficiente. En la dirección, Soderbergh apuesta por su habitual tono impersonal, que ha convertido en algo así como su marca de fábrica, una atonalidad que sirve para cualesquiera empeños, desde los más complejos (véase Solaris) hasta los más comercialoides (cfr. la saga iniciada por Ocean’s Eleven).

En la interpretación Jude Law hace un trabajo aceptable, sin que pueda considerarse extraordinario: pasada, por mor de la edad, su etapa de bello animal masculino, ahora toca hacer ya de hombre maduro, incluso con hijos (hijastro, en este caso). Rooney Mara, que tuvo en su momento el papelón de intentar hacer olvidar en la versión USA la memorable Lisbet Salander que compuso Noomi Rapace en la trilogía de Millennium, afronta aquí otro personaje con problemas psíquicos, aunque los bandazos del guión no le ayudan precisamente a dar consistencia a su rol. En cuanto a Catherine Zeta-Jones, Soderbergh, o sus estilistas, consiguen la rara proeza de que la esposa de Michael Douglas pierda su guapura, y eso sin tener que recurrir a los afeites y prótesis de una Betty, la fea, sino con la simple colocación de unas espantosas gafas como de señorita Rotenmeyer. De Channing Tatum… bueno, mejor no decimos nada.

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106'

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Efectos secundarios - by , Apr 12, 2013
2 / 5 stars
Un maldito embrollo