Película: El baile de la Victoria A Fernando Trueba parece que se la ha pasado el arroz. Alguna vez le dedicaremos un artículo más a fondo, pero, a vuela pluma, lo cierto es que aquel joven prometedor que al comienzo de los años ochenta encandiló, más o menos, con su opera prima Opera prima (valga la redundante redundancia), y que después hizo algunos títulos de mérito, como El año de las luces, El sueño del mono loco, Belle epoque (aunque ésta tan sobrevalorada como para ganar un Óscar, vaya dislate) y La niña de tus ojos, hace más de diez años que no hace una película medianamente bizcochable. Su último largo de ficción, El embrujo de Shanghai, era un ejemplo de libro de cómo cargarse una novela espléndida, como era la de Juan Marsé. Ahora parece que ha pretendido (impremeditadamente, supongo…) hacer algo parecido con el Premio Planeta El baile de la Victoria, del chileno Antonio Skármeta, no escarmentado (perdón por el juego de palabras, no me he podido resistir…) de las adaptaciones que otros han hecho de sus novelas: recuérdese El cartero (y Pablo Neruda), más bien pedestre versión de su Ardiente paciencia que hizo Michael Radford, aunque gozó de una popularidad a todas luces exagerada. Lo curioso del caso es que el propio Skármeta, años antes, había dirigido su propia adaptación al cine de esa misma novela, manteniendo el título del libro y, lo que es más importante, también la calidad del original literario.

El caso es que esta El baile de la Victoria, sin ser una mala película, porque tiene cosas interesantes, no llega a la altura de la inteligente y sensible literatura skarmetiana. Por supuesto que Trueba ha hecho “su” película, como ha reivindicado públicamente: faltaría más; pero no es un buen filme. Porque hay un problema grave en el cine poético, como se reputa éste: como te pases un milímetro, entras en la cursilada más atroz. Y que conste que hay buenos momentos poéticos: véase, por ejemplo, el protagonista maduro desgranando desolado El día que me quieras en un karaoke casero; su imagen, fané y descangallada (nunca mejor dicho) se proyecta en una gigantesca pantalla mientras su ex esposa asiste al triste espectáculo, sabiendo que aquellos versos del inmortal tango de Gardel y Le Pera están dirigidos a ella, a la pareja que fue y que se fue. Pero otros momentos que también se quieren poéticos, como la escapada de la chica del cine porno, con persecución por parte de los protagonistas, caballo incluido (en medio de Santiago de Chile: debe ser lo más normal…), y con catártico baño final en la fuente, no alcanza, ni de lejos, ese nivel de poesía que se buscaba. Insisto: no es una mala película, pero sí es un filme de perfil bajo, achatado, plano, impersonal, al que otro director con más talento podría haber sacado mucho más partido. Ricardo Darín va como con el piloto automático: no parece haberse creído en ningún momento su personaje de presidiario perito en abrir cajas fuertes, como tampoco queda claro por qué, siendo chileno, tiene acento argentino... La revelación es, sin duda, Abel Ayala, el protagonista joven, que ya destacó en El polaquito, pero que aquí está fantástico, comiéndose con papas al resto del reparto en los planos en los que participa, que son muchos. Es cierto que el chico parece por momentos una versión siglo XXI del viejo Cantinflas, reencarnado para la ocasión en el que podría ser su tataranieto, por una forma de hablar y una cháchara que recuerda al inolvidable cuate, pero también que tiene una sonrisa desarmante que hace que la cámara se entregue atada de pies y manos; su personaje, un soñador con un tornillo flojo y una coraza como sólo puede forjarse pasando dos años en un penal, con sus correspondientes sevicias cuando ni siquiera se han cumplido los veinte años, ayuda mucho. Habrá que verle en otros empeños más “normales”, por llamarlo de alguna manera…

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127'

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El baile de la Victoria - by , Dec 02, 2009
2 / 5 stars
Difícil equilibrio entre poesía y cursilada