Película: El becario

La guionista y directora Nancy Meyers es perita en comedias, generalmente muy comerciales y, también generalmente (aunque no por ser comerciales, por supuesto) bastante cortitas de interés. Véanse títulos como ¿En qué piensan las mujeres? (2000) o Cuando menos te lo esperas (2003) para que nos hagamos una idea de la altura del cine dirigido por Meyers.

Con El becario no ha tenido un repentino ataque de talento, sino que se trata de una comedia del mismo corto corte (perdón por el juego de palabras) que su cine anterior. Últimamente especializada en poner en imágenes personajes ya talluditos, aquí juega con la (a lo mejor hasta posible: en USA hacen de todo…) posibilidad de que una empresa dé en contratar becarios senior, o lo que es lo mismo, empleados sin retribución (o medida en términos de propina) pero con más años que Matusalén. Entonces la mayor parte del supuesto humor se basa en la contraposición entre la obsolescencia tecnológica del viejo y la tecnificación aerodinámica de los jóvenes, pero también en la parvulez del personal joven y la acrisolada experiencia del vejestorio. Además de eso, como meollo central del filme estará la relación casi paternofilial entre el protagonista y su jefa, una chica que ha construido una empresa en menos de un año pero que, sin embargo, a ratos parece que no es capaz de cuidar de ella misma.

Porque esa es otra: la coprotagonista se supone que es una self-made woman, una mujer hecha a sí misma, una persona con una capacidad de mando como para poner en pie una empresa con más de doscientos empleados y que ésta crezca como la espuma, pero lo cierto es que Anne Hathaway (un clamoroso error de casting) no da el personaje en absoluto. Tampoco los diálogos y situaciones imaginados por Meyers como guionista la ayudan mucho, la verdad, y la supuesta ejecutiva agresiva se lleva media película pidiendo disculpas y poniéndose mucho las manos en el pecho, para que se vea que lo dice de corazón, eso cuando no lloriqueando como si todavía estuviera haciendo la Fantine de Los miserables (2012).

Y el caso es que esta recuperación de los ya provectos trabajadores, que supuestamente no saben qué hacer con sus vidas y, una vez jubilados, vuelven voluntariamente a la esclavitud, digo al trabajo, me suena a otra cosa, a ese mantra que los sesudos economistas (esos que no saben lo que es trabajar bajo presión, ni aguantando al público, ni soportando la inepcia de los jefes) están poniendo de moda: los humanos de nuestra época tienen mucha mayor esperanza de vida, ergo deben trabajar más tiempo para llegar a la jubilación: ole tus cojones, como diría un desahogado. Pues no parece sino que este El becario es una sibilina invitación a los pensionistas a no jubilarse: con lo bien que se está en el tajo, por Dios, cómo vas a comparar semejante felicidad a la nadería de poder hacer con tu vida (tu única vida) lo que te plazca…

Así que parece que estamos ante una de esas maniobras torticeras a las que Hollywood, torpemente, se pliega con frecuencia, casi siempre sin saberlo. Mamporreros que no saben que lo son, no te digo…

Robert de Niro, como ya viene siendo habitual desde hace demasiados años, pone el careto y poco más (bueno, y el número de cuenta corriente para el ingreso de los abultados emolumentos por poner su nombre en el cartel). Se presta además a sonrojantes escenas, como la del masaje que le proporciona Rene Russo (¡en medio de la oficina!), con consecuencias no por previsibles menos enojosas. El inolvidable protagonista de Taxi driver o Toro salvaje hace años que dejó de ser grande para convertirse en un actor mediocre, permanentemente con el piloto automático puesto. Hathaway, como queda dicho, es un evidente error de casting. Además, parece que acaba de salir de El diablo viste de Prada (2006) y que su rol sigue siendo el mismo, sólo que aquí ya hubiera tomado algo de vuelo y hubiera fundado su empresa para vender los mismos trapitos sobre los que hablaba en la redacción que dirigía (ésta sí con mano de hierro) Meryl Streep en la película de David Frankel.

Y encima de todo, el problema del cine de Meyers, que aquí vuelve a repetirse, es que resulta estomagantemente pasteloso. No hay la más mínima sombra de maldad, ni siquiera la cotidiana que todos vemos cada día, de pequeños gestos, de detalles de villanía. Aquí todos son más buenos que el pan; más que la Nueva York de colmillo retorcido parece los mundos de Yupi. Tanto pasteleo, tanto azúcar en formato cinematográfico termina poniendo al espectador en riesgo de coma diabético. El que avisa no es traidor…


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121'

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El becario - by , Nov 05, 2015
1 / 5 stars
Coma diabético