Película: El consejero Alguna vez habrá que hacer una investigación realmente a fondo sobre la importancia de un buen guión en el resultado de una película. El cine norteamericano suele cuidar este aspecto, aunque a veces le ciega el resplandor de un nombre: Cormac McCarthy, uno de los más reputados novelistas norteamericanos vivos, ganador del Pulitzer, ha sido versionado en varias ocasiones, y en al menos dos de ellas con notable éxito, en No es país para viejos, de Joel y Ethan Coen, ganadora de cuatro Oscars, y en La carretera, de John Hillcoat. Así que no parece extraño que cuando McCarthy ha escrito su primer guión directamente para el cine haya sido acogido con calor, e incluso haya sido dirigido por uno de los popes de la industria de Hollywood, el también productor Ridley Scott, memorable autor de dos joyas como Alien y Blade Runner, aunque también de medianías como Thelma y Louise, Red de mentiras o Prometheus, por no hablar de castañas como Los impostores o La teniente O’Neil.

Pero parece que McCarthy, tan notable novelista, deja bastante que desear como guionista. De entrada, todos sus personajes hablan como si estuvieran recitando frases lapidarias: no hay una que no merezca estar en un libro de citas, mayormente en su capítulo de cínicos redomados. Todos los personajes van de sobrados, de enterados, todos están al cabo de la calle de todo, todos tienen el colmillo retorcido. Todos son más malos que la quina, menos el memo del protagonista, que se mete en un fregado ilegal que le supera, y pronto se verá inmerso en un maledetto imbroglio (gracias, Germi). Además, es un guión de una previsibilidad que aburre: se mienta un artilugio que decapita a fuego lento al incauto al que se lo colocan, y ya sabemos que antes de terminar el metraje tendremos el numerito correspondiente; se cita algo del “snuff movie” (ya saben, cine en el que se mata realmente…), y podemos estar seguros de que tendremos un ejemplo (esta vez elíptico, loados sean los cielos…) en el transcurso del filme.

Así las cosas, la historia de este picapleitos de lujo que, extrañamente, está sin embargo también en el turno de oficio (como diría Papuchi: raro, raro, raro…), enamorado hasta las trancas de una bella (nuestra Penélope Cruz: ¡como para no estarlo!), por la que se embarcará en empeños con gente de poco fiar, no termina de interesar nunca. Esas fiestas de ringorrango, donde todo el mundo parece estar poniendo posturitas, diciendo, mira qué cool soy… Esos guepardos como mascotas domésticas, quizá lo único realmente auténtico del filme… Esos diálogos que no pueden ser más narcisistas, más misóginos, más como cincelados en mármol… Ese narcotraficante recitando a Antonio Machado (“Caminante, no hay camino/ se hace camino al andar”), nada menos…

Pero donde McCarthy carga la mano, y me temo que Scott no lo ha sabido reorientar, es en los personajes: perdonemos el del abogado carajote que pensó hacer fortuna con lo peor de cada casa, y disculpemos también el de su mujer: el amor tiene esas cosas; pero el que interpreta Javier Bardem es de pena, un narco podrido (y no sólo de dinero…), con unos pelos como Espinete y unas filosofías pardas como de Libro Gordo de Petete en versión hardcore; qué decir de Brad Pitt, otro traficante en versión texana, con melenita como la que gastaba en Leyendas de pasión (bueno, aquella estaba más cuidada), y aquí como delincuente de cuello duro que finalmente no lo tendrá tanto…; y para remate de los tomates, el personaje de Cameron Diaz, una matahombres, una tipa carente de un átomo de piedad, alguien para quien escrúpulos es un archipiélago griego (copyright: Aquí no hay quien viva), una ninfómana que nos regala algún bizarro numerito como para hacerlo con Rocco Siffredi (cfr. ese parabrisas y salva sea la parte de su anatomía por él refregada…), una individua que termina siendo la que corta el bacalao, y otras cosas, una suerte de vampiresa actualizada pero muy, muy pasada de rosca.

Así las cosas, por supuesto que la película tiene un estilazo: dirige Ridley Scott, un cineasta exquisito, alguien de la aristocracia del cine. Pero eso hoy día se da por supuesto en la cinematografía USA. Hace falta más: por ejemplo, que un novelista no se crea que, aunque sea el puto amo en su disciplina, lo va a ser también en la de guión.

Lástima de empeño, de costeada producción, de reparto notabilísimo (además de las hermosas carrocerías citadas, me quedaría con la sabiduría de un Bruno Ganz, con la intuición de una estupenda Rosie Perez, con la profesionalidad de nuestro Fernando Cayo), de tiempo perdido por McCarthy pergeñando el guión, cuando probablemente hubiera escrito en ese mismo tiempo una estupenda novela que, ¿quién sabe?, quizá hubiera podido ser adaptada al cine (por un guionista con conocimientos, se entiende) y podría haber llegado a ser una gran película.


El consejero - by , Dec 03, 2013
1 / 5 stars
El narco que recitaba a Machado