Película: El eclipse: el cortejo entre el Sol y la Luna Georges Méliès fue uno de los grandes pioneros del cine: no sólo inventó técnicas cinematográficas revolucionarias para la época, como el “stop-trick”, el truco de la desaparición de objetos en pantalla ante los ojos de los espectadores (bien que por casualidad: Fleming también descubrió la penicilina por error, y ahí está su contribución inolvidable al género humano), sino que, sobre todo, fue un cineasta de proteico carácter creativo, un hombre con una rarísima capacidad de invención de historias, casi siempre de corte fantástico, a veces con origen literario, como en Cendrillon, donde adaptaba, a su delirante manera, el clásico cuento de Cenicienta, y en otras, como en este El eclipse: El cortejo entre el Sol y la Luna, imaginaba historias más o menos originales para la pantalla.

En este caso Melíès, con él mismo como protagonista, nos presenta una clase de astronomía, con los ropajes propios del siglo XVII (bueno, de un siglo XVII fantaseado y pasado por la guardarropía de los teatruchos del París de principios del XX), en la que interpreta a un viejo profesor que ilustra a una clase de gamberros estudiantes sobre la naturaleza del eclipse de sol que van a presenciar poco después. Los golfillos le gastan alguna que otra broma a su maestro (un muñeco de papel en la espalda: ¡qué canallas…!), y cuando comienza el eclipse todos se disponen a observarlo con sus catalejos. El profesor y sus ayudantes lo hacen desde una estancia superior, con telescopios de mayor potencia, y así pueden asistir a la que probablemente es la más llamativa de las escenas de este cortometraje: vemos en un único plano la maniobra de aproximación entre luna y sol, convenientemente antropomorfizados (como ya hiciera el propio Méliès en su obra maestra, Viaje a la Luna), sólo que con la particularidad de que la luna está representada por lo que parece un rostro masculino y el sol también (éste parece más maduro), y, sobre todo, que el rostro de la luna, conforme se aproxima al sol, se pone a hacer morisquetas, con sacadas de lengua y gestos veladamente obscenos, que otorgan a la escena un corte inesperadamente erótico, que culmina justo cuando la luna se sitúa delante del sol, tiempo en el que el avance se detiene, mientras nuestro satélite da muestras de estar gozando de lo lindo; dada la posición, se entiende que asistimos a una figurada sodomización, de la que la luna sale con cara satisfecha y el sol no tanto. Estamos, entonces, ante una sorprendente escena metafóricamente homosexual, que para la época debió ser toda una temeridad por parte del equipo de la película.

Tras esta primera escena celeste, se suceden otros dos avistamientos en el firmamento; en el primero vemos una serie de estrellas y astros del firmamento que deambulan de un lado al otro; fieles a la fantasía meliesiana, todos ellos están presentados con morfología antropomórfica, actores y actrices vestidos a la manera mitológica representando los distintos astros: estrellas, planetas, satélites, cometas… En un momento dado dos de ellos chocan, un tercero se une al crash,  y al final los tres terminan en una balanceante luna que parece una de esas atracciones infantiles que sube en un extremo y baja en el otro, y viceversa.

La tercera y última escena que transcurre en los cielos, vista a través del telescopio del viejo profesor y de los catalejos de sus petardos alumnos, será, según el intertítulo, un baño no previsto, en el que veremos a una serie de estrellas fugaces, de nuevo antropomorfizadas, a las que sorprende una lluvia imprevista. Ésta es seguramente la más floja de las secuencias, sin gran interés más allá de ver a las actrices, ataviadas también a la manera clásica mitológica, sobre sus soportes estelares, claramente sostenidas por los cables que las mantienen en el aire.

Al final, el viejo maestro, de tan excitado como está con estas visiones (no sabemos cuál lo confundiría más…), termina cayéndose accidentalmente de la atalaya desde donde observaba estos prodigios celestes, y sus ayudantes y alumnos lo reaniman después del batacazo, que milagrosamente tiene lugar sobre un barreño lleno de agua, con las consecuencias previsibles de resfriado, etc.

El eclipse… es una delicia naïf, como casi todo lo que se hacía en aquella época, y desde luego como todo lo de Méliès, un artista adelantado a su tiempo al que el propio cine, que tomó una dinámica y una velocidad superior a la suya, terminó postergando.

Dirigida por

Interpretada por

Género

Nacionalidad

Duración

9'

Año de producción

Trailer

El eclipse: el cortejo entre el Sol y la Luna - by , May 01, 2013
3 / 5 stars
Sorprendente coyunda celeste