Película: El guardián invisible

El best seller literario es uno de los evidentes veneros que una cinematografía no debe despreciar. Lo cierto es que en España no se ha estilado mucho este formato, quizá porque nuestros autores literarios no suelen vender muchos libros, y consecuentemente hay escasez de best sellers, o bien porque el cine, siempre tan miope, no se fija en ellos. Desde hace algún tiempo, sin embargo, se observa una nueva mirada de la industria audiovisual española sobre esa literatura popular: ahí está el éxito de la miniserie televisiva El tiempo entre costuras, basada en la novela de María Dueñas, o el de la película Palmeras en la nieve (2015), según el original de Luz Gabás. Hay en marcha otros proyectos, como poner en imágenes, en una miniserie televisiva, La catedral del mar, la muy leída novela de Ildefonso Falcones.

El problema con estas adaptaciones que buscan, legítimamente, reeditar en la pantalla el éxito literario de los textos de los que beben, es que se hagan pulcramente, muy profesionalmente, pero sin una pizca de alma. Es lo que sucede con este El guardián invisible, que intenta (y parece que lo conseguirá) volver a reventar las taquillas, como sucedió con la mentada Palmeras..., que superó los 17 millones de euros de recaudación (según la manifiestamente mejorable página del Ministerio de Cultura…). La mención a esa adaptación no es ociosa, pues el director de ambos empeños es el mismo, Fernando González Molina, que empezó en la comedieta adolescente con Fuga de cerebros (2009), comienzo que no se puede decir que fuera exquisito, para después pasarse al drama romántico también con rijosos adolescentes (bueno, veinteañeros…) en A tres metros sobre el cielo (2010) y Tengo ganas de ti (2012),  sobre sendos best sellers del italiano Federico Moccia; entre medias ha enjaretado la realización de series televisivas de éxito popular pero escasa aportación artística: Los hombres de Paco, El barco, Luna, el misterio de Calenda.

El guardián invisible es la adaptación al cine de la exitosa novela homónima de la escritora vasca Dolores Redondo, primera de la llamada Trilogía del Baztán, por ser tres casos policíacos ambientados en el valle navarro de ese nombre. La inspectora Amaia Salazar, de la Policía Foral de Navarra, que se ha formado en el FBI en Estados Unidos, es requerida para que investigue el asesinato de una adolescente cuyo cadáver ha aparecido a orillas del Bidasoa, desnudo y con una serie de signos que sugieren la posibilidad de que sea obra de un asesino en serie. La inspectora se verá obligada a volver a su pueblo, Elizondo, capital del Valle, a pesar de que allí tiene muy malos recuerdos de su infancia, cuando su madre, que padecía algún tipo de trastorno mental, la castigaba ferozmente…

Digamos pronto que la adaptación es muy correcta, que los medios técnicos y humanos han sido abundantes, que la narración se sigue con benevolencia, a ratos incluso con agrado, en un esfuerzo industrial del que, lamentablemente, no estamos sobrados en el cine español. Eso sí, González Molina, que no es un eximio, además de encuadrar bien y contar la historia aceptablemente, no evita caer en la tentación de incluir cada cierto tiempo una escena de tensión, venga o no a cuento, tenga o no trascendencia, como si tuviera que despertar al espectador (sí, casi como Haydn en la sinfonía Golpe de timbal…), en un manido recurso que ya utilizó “ad nauseam” en El barco.

La producción es irreprochable; la fotografía de Flavio Martínez Labiano, exquisita; la música de Fernando Velázquez, muy apropiadamente telúrica, como pedía la película; la dirección de arte, impecable. En cuanto a los intérpretes, nos ha defraudado Marta Etura, en todo momento insegura, sin dar en absoluto el personaje, una mujer que se ha formado en Estados Unidos, en la que probablemente es la mejor escuela de policías del mundo, el FBI, pero que aquí parece la chica de los recados, sin dotes de mando ni el temple que se le supone a un rol de estas características. Es cierto que el regreso a su pueblo la enfrenta a sus demonios particulares, pero resulta a todas luces excesivamente desvalida. Nada que ver con la siempre portentosa Elvira Mínguez, una de nuestras secundarias favoritas, una actriz de la que no recordamos un papel en el que no estuviera excelsa; es el caso: su Flora Salazar es un personaje de verdad, hecho con las entrañas pero también con una técnica extraordinaria, un temperamento volcánico bajo la coraza de quien ha alimentado durante años el rencor, el agravio, el resentimiento.

Demos la bienvenida, entonces, a este lustroso producto comercial de una cinematografía, la española (aliada “ad hoc” con la alemana), que no está sobrada de este tipo de películas de corte comercial, que no avergüenza a quien la ve y procura un rato de entretenimiento; no se le pida más, porque entonces el enfado sí que estará asegurado…

A modo de coda o estrambote en clave andaluza: Hace veinte años el cine y las televisiones españolas reservaban a los intérpretes andaluces papeles del tipo de chacha o albañil, profesiones sin duda dignísimas. En El guardián invisible, sin producción de empresa andaluza alguna, hay cuatro actores de esa procedencia, cuyos papeles son el de comisario jefe de la Policía Foral (Pedro Casablanc, nacido en Marruecos, criado y asentado en Sevilla), médico psiquiatra (Manolo Solo, gaditano) y médico forense (Paco Tous, sevillano de nacimiento, recriado en la provincia de Cádiz); el cuarto es el malagueño Miguel Herrán, todavía tan insultantemente joven (tras su brillante debut en A cambio de nada) que no puede hacer más que de novio de una de las asesinadas: ¡cómo han cambiado las cosas para los intérpretes andaluces, en este caso para bien!


 


El guardián invisible - by , Mar 04, 2017
2 / 5 stars
Lustroso producto comercial