Película: El hijo de Saul

El Holocausto se ha tratado en cine de muy diversas maneras; incluso en tono de tragicomedia, con La vida es bella (1997), de Roberto Benigni. Por eso es difícil que hoy por hoy nos sorprenda algún nuevo filme sobre el tema, más allá de horrorizarnos absolutamente, como no puede ser menos en la gente decente. Pero resulta que, como el ser humano y el arte son imprevisibles, he aquí una novedosa visión sobre el genocidio que los nazis perpetraron contra el pueblo judío, una visión que, digámoslo ya, rompe de forma total con las estéticas habituales y utiliza un recurso extraordinariamente cinematográfico: casi todo el filme está rodado en largos planos secuencia en los que se enfoca la cabeza (el rostro, pero también la nuca o el perfil) del protagonista, en un cuasi permanente primer plano que sólo permite ver, y de soslayo, parte del “aire” que circunda su testa.

La historia nos cuenta dos días en la vida de un preso judío en el campo de Auschwitz, en 1944, cuando ya los nazis barruntan que van a perder la guerra y aceleran el ritmo para acabar aquello que llamaron, con un abyecto eufemismo, “la solución final”, el exterminio sistemático de una raza, la judía, aunque hubiera otros colectivos (gitanos, homosexuales) que también fueron objeto de esta aberrante práctica. En esos dos días, el protagonista, componente de un “sonderkommando” (prisioneros a los que mantenían con vida unos meses para hacer el trabajo sucio de eliminar físicamente los cuerpos de los asesinados en las cámaras de gas), observa que un muchacho, apenas un adolescente, de entre los ejecutados en una de los gaseamientos, respira aún. Rematado fríamente por el criminal con cruz gamada de turno, el judío dará en considerarse como el padre que el niño ya no tiene para procurarle un entierro en condiciones, conforme al rito hebraico y, desde luego, bajo tierra.

Como todo en el mundo es cíclico, y pocas cosas más ciertas que el mito del eterno retorno, el filme no es, en el fondo, sino una versión libérrima de la Antígona de Sófocles, la tragedia griega que describía la peripecia de la mujer del título, hija del difunto rey Edipo, hermana de Polinices, muerto en su ataque contra la ciudad de Tebas, a quien el rey Creonte prohíbe dar su cuerpo a la tierra acusándolo de traición. Cuando Antígona desobedezca las órdenes de su tío y soberano y entierre a su hermano, para así dar cumplimiento a la ley divina en contraposición con la ley humana, ella misma será objeto de la ira del monarca. Pues en El hijo de Saul hay también en este caso un hombre para el que se convertirá en una obsesión el entierro bajo el rito mosaico de aquel muchacho desvalido, un cuerpo más, pero un cuerpo que él tomará como propio, como el del hijo que nunca tuvo. Por supuesto, esa obsesión tiene un punto de alienación, de escapismo: cómo evadirse del horror diario de ver como se asesina en masa decenas, centenas, miles de personas, cómo trabajar a destajo reduciendo a cenizas sus cuerpos, cómo vivir sabiendo que en cualquier momento puede morir de igual forma, o peor, que los infelices cuyo único pecado es pertenecer a una raza, a una etnia determinada. Si el protagonista tiene esa meta, ese objetivo, conseguir dar a la tierra el cuerpo del muchacho, y que un rabino en ejercicio realice los rituales correspondientes, ¿no es una forma de evitar la locura, quizá el suicidio en una situación de puro horror?

Pero es que además el director László Nemes acierta también en la forma de mostrarnos las crudelísimas imágenes, determinada por el recurso al foco sobre la cabeza del protagonista: de esa forma, todo lo que sucede en escena se nos da prácticamente fuera de campo: vemos en el “aire” que circunda la testa del personaje central algunas imágenes, pero casi siempre son medio entrevistas, no se las puede enfocar bien. Pero esas imágenes apenas visibles, en comandita con los sonidos (los continuos insultos de los rabiosos guardias nazis, los estremecedores ayes de los prisioneros, los alaridos de los gaseados, los disparos contra los presos al borde de las fosas comunes, las paletadas de ceniza humana aventadas al agua), constituyen uno de los más tremendos frisos sobre el horror que es capaz de infligir el ser humano a sus semejantes.

Dos escenas, al menos, constituyen el punto álgido del filme: la primera, aquella en la que un numeroso grupo de prisioneros son engañados, como era habitual, para que supuestamente tomaran una ducha. Por supuesto era para ser gaseados: en el momento en el que cierran las puertas de los torvos recintos a los desprevenidos pobres diablos y comienza la emisión del gas letal, el director enfoca las puertas y escuchamos a los moribundos golpeándolas fuera de sí, aullando por la vida que se les escapa a raudales. No vemos nada, sólo oímos los gritos desgarradores, la algarabía de la manada humana que siente tan cerca ya el aliento de la muerte. Y esa puerta, esa puerta en la que sentimos los porrazos que dan los agonizantes del interior… La segunda escena se desarrolla cuando el protagonista sigue buscando un rabino que le ayude a enterrar al que podríamos llamar su hijo putativo; está rodada en el exterior, en lo que parece un bosque, a donde los nazis conducen a un grupo de judíos hasta llegar a una fosa común; allí van matándolos a mansalva, colocándolos al borde del precipicio para facilitarse las cosas; el protagonista sigue buscando a su rabino, pero la tragedia que se cierne a su alrededor, con disparos, gritos, lamentos, ruidos de cuerpos cayendo a la anónima tumba común, casi todo “en off”, es absolutamente insoportable.

Nemes realiza con este su primer largometraje, con el que ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y con el que (cuando se escribe esta crítica) compite en los Oscars de 2016 en la modalidad de Mejor Película en Habla No Inglesa (vulgo Mejor Película Extranjera). Antes sólo hizo tres cortos, muy premiados, y fue ayudante de dirección de Béla Tarr, el director húngaro de referencia de los últimos treinta años (aunque personalmente me parece un “bluff”, qué quieren que les diga…). Con ese bagaje, asombra la madurez creativa, conceptual, técnica, de rodaje, de este cineasta criado en París, en un filme ciertamente memorable.

Es verdad que el recurso cinematográfico del permanente foco sobre el protagonista, a veces, resulta algo cansino, pues su artificiosidad juega a ráfagas en contra del verismo de la historia y de su sentido narrativo; también es cierto que un final pretendidamente poético, cuando el filme es tan rabiosamente realista, resulta un remate quizá no excesivamente afortunado. Con todo, la película es una obra de una rarísima, horrísona belleza, un filme inolvidable que no dejará indiferente a nadie, una obra mayor que se constituye en un punto de referencia incuestionable en el cine sobre el Holocausto.

Protagoniza el poeta Géza Röhrig, en su primera aparición en pantalla; su rostro hierático conviene a la perfección a su personaje, un hombre obsesionado por la ejecución del que cree es su objetivo único, primordial, tal vez último en la vida, a la vez medio y fin en sí mismo. Por cierto que Röhrig tiene un extraño parecido con el Truffaut joven, como si el cineasta francés hubiera vuelto de entre los muertos, con veinte años menos de los que tenía cuando falleció, para volver a morir, obsesionado a la manera de Antígona, en los bosques circundantes de  Auschwitz…


 


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115'

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El hijo de Saul - by , Jan 21, 2016
4 / 5 stars
Antígona en Auschwitz