Película: El hobbit: La desolación de Smaug

Perdonen la autocita, pero como no es para ponerme moños, creo que se me puede disculpar: en mi crítica de El hobbit: Un viaje inesperado, a la que puse a caldo, terminaba diciendo: “No es ésta la versión (al menos no en su primera parte) que esperábamos de El hobbit. Ojalá los siguientes capítulos mejoren, aunque no somos muy optimistas. El aliento puramente económico que la ha inspirado no parece la mejor de las gasolinas para ello. Será una lástima. De todas formas, concedamos a las siguientes entregas el beneficio de la duda. Que no se diga que no somos crédulos…” (fin de la cita). Bueno, pues me la tengo que envainar: este segundo segmento, titulado en cine El hobbit: la desolación de Smaug, mejora sustancialmente aquella primera entrega, recuperando buena parte del universo creado por Peter Jackson en la ya mítica trilogía de El Señor de los Anillos (en adelante ESDLA, para abreviar). Ahora sí que se ha dado en la tecla de la re-creación del texto tolkieniano: no se trata de hacer una traslación pulcra y aseada de la obra literaria, como ya sabemos, sino justamente de encontrar el tono para que esa historia, con las modificaciones que sean de menester, funcione en una pantalla de cine (vale, en cualquier pantalla de las muchas que la tecnología ahora permite), sin que rechine, ese verbo que en su propia expresión fonética tanto choca…


El nuevo capítulo de El hobbit resulta ser, entonces, una muy interesante mezcla de acción y tensión dramática. Aquí los temas trascendentes, como en general en toda la novelística sobre la Tierra Media imaginada por J.R.R. Tolkien, giran en torno a asuntos graves como la redención o la incubación del mal. Sobre el primero de los temas, quizá el más importante en esta versión audiovisual del texto tolkieniano, hay al menos dos historias paralelas: por un lado, la más evidente, la del destronado rey enano Thorin, que busca recuperar el reino de Erebor, simbolizado en el castillo que le arrebatara el dragón Smaug, para redimir a su pueblo de la diáspora a la que se vio sometido, en un evidente trasunto sobre otra diáspora, la Diáspora con mayúsculas, la judía, la dispersión por el mundo a la que se vio abocado este pueblo a principios de la era cristiana; hay, entonces, incluso una interpretación en clave mosaica, con Thorin guiando a los suyos de regreso a su Tierra Prometida, como Moisés lo hiciera con el pueblo de Israel desde su cautiverio en Egipto.


La otra línea argumental sobre la redención será la del arquero y comerciante llamado Bardo, el hombre que ayuda a los enanos (remuneración mediante…) a cruzar el lago y poder llegar hasta el castillo de Erebor. Este Bardo, descendiente del hombre que gobernaba su pueblo y no pudo evitar la destrucción y desmoronamiento de la ciudad, ansía secretamente poder redimir su linaje culminando lo que su ancestro no supo, destruir el dragón y restablecer el esplendor de su gente.


La incubación del mal, que es un tema recurrente no sólo en El hobbit, sino sobre todo en la trilogía de ESDLA, tanto en novela como en cine, aquí está plasmada muy gráficamente en la visita que Gandalf realiza a la fortaleza de Dol Guldur, donde intuye que un mal abisal, primigenio (sí, es cierto, recuerda a los mitos de Cthulhu que imaginó Lovecraft), está germinando, está creciendo para imponer, de nuevo, su dominio oscuro sobre toda la Tierra Media. Esa incubación del mal también tendría su correspondencia en nuestro mundo con el período que la Historia conoce como la república de Weimar, la convulsa etapa que vivió Alemania tras la Gran Guerra, gestándose en el magma del descontento, la miseria y la falta absoluta de autoestima, aquella gran mentira que se representó a sí misma bajo el símbolo de una cruz gamada.


Hay escenas extraordinarias, como la huida de los enanos en los barriles, a lo largo de una vertiginosa serie de cascadas, si bien es cierto que el final de la escena, con los Elfos del Bosque luchando contra los orcos mientras saltan sobre las cabezas de los enanos, resulta inverosímil. Notable es también la lucha de Gandalf contra el Nigromante (la prefiguración de Sauron, el Mal) en Dol Guldur, que recuerda los mejores momentos en los que el mago tenía que batallar en ESDLA contra los temibles acólitos del señor de Mordor. Pero lo que es una auténtica maravilla es toda la secuencia final con el dragón, Smaug, el usurpador del castillo de Erebor, una bestia pavorosa y una lengua viperina (nunca mejor dicho…), capaz de sacar de sus casillas a cualquier humano o humanoide. Ese dragón volando por las inmensas arcadas del castillo resulta una imagen inolvidable; esas llamaradas de fuego vivísimo que calcinan cualquier cosa que encuentre a su paso; esos ojos inteligentes, como gatunos, esa sabiduría acrisolada por cientos de años de existencia, los últimos de ellos hibernado entre riquezas sin cuento que conforman el humus del castillo: un auténtico hallazgo, seguramente el dragón más poderoso, mordaz y memorable que se haya representado en cine.


Es cierto que no siempre Peter Jackson brilla a igual altura; parte de la historia ambientada en el poblado de Bardo es bastante inane, recordando la insolvencia del primer capítulo de la trilogía audiovisual de El hobbit, y de vez en cuando asoma la patita el llamado "efecto Séptimo de Caballería", con fuerzas benéficas que salvan a los protagonistas en el último momento, cuando ya se ven perdidos. Pero aún así, son pegas menores, si tenemos en cuenta la recuperación del aliento que recuerda tan poderosamente el universo mágico, épico, fantástico, incluso a su manera lírico, que inventó Tolkien en su trilogía de cabecera, El Señor de los Anillos, y que Peter Jackson, en su versión al cine, configuró ya de manera definitiva.


Entre los intérpretes me quedo con Evangeline Lilly, que compone un nuevo personaje, el de Tauriel, la capitana de la guardia de los Elfos del Bosque, una mujer guerrera que, sin embargo, por mor de esa potente y adictiva droga llamada amor, dejará atrás a los suyos, a todo cuanto conforma su vida, para salvar al amado. El resto del elenco funciona con su habitual solvencia, aunque me quedo, como siempre, con la extraordinaria capacidad actoral de ese viejo admirable que es Ian McKellen.


 


El hobbit: La desolación de Smaug - by , Dec 25, 2015
4 / 5 stars
Me la envaino...