Película: El hombre mosca Se puede decir sin faltar a la verdad que Harold Lloyd constituye, junto a Charles Chaplin y Buster Keaton, la Tríada Mayor de la Comedia Muda Norteamericana (así con mayúsculas queda como más solemne, aunque se me acabe de ocurrir semejante título…). Como buen autor, Lloyd tiene una personalidad muy acusada, que en su caso se refleja en un cine de comedia muy elaborado, en el que casi siempre juega con los malos entendidos y con las apariencias, y en el que las acrobacias tienen un papel capital; Harold no es muy dado al “slapstick” o humor básico del tartazo en la cara o patada en el trasero, aunque no lo desdeña.

Durante los años diez del siglo XX, a partir de 1913, que es cuando comienza a actuar en cine, Harold Lloyd fue creciendo como artista; su encuentro con el director y productor Hal Roach en 1914 dará lugar a una de las parejas artísticas más fecundas de todo el período silente del cine americano. De la mano de Roach, Lloyd llega a la cima de la fama durante esa década y la siguiente, la de los años veinte. En ese tiempo precisamente se rueda El hombre mosca, que pasa por ser, quizá con razón, su obra más significativa, y desde luego la más emblemática y por la que será recordado.

Lloyd habitualmente no dirigía sus películas, sino que eran técnicos peritos en la materia los que lo hacían, si bien el control que ejercía Harold era tal que se puede reputar sin duda alguna su autoría absoluta, aunque no figurara como director de sus filmes. En El hombre mosca fueron dos de sus empleados, Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, los que se encargaron de poner en imágenes la película.

El hombre mosca, como buena parte de su filmografía, gira en torno a la figura de un hombre un tanto apocado, pero que consigue sus objetivos a base de astucia, acaso inteligencia, y con demasiada frecuencia jugándose, literalmente, el físico. Aquí es un pelanas de una pequeña ciudad que marcha a la gran capital para labrarse un porvenir, prometiendo a su novieta catetita que la llamará en cuanto esté bien colocado. En la gran urbe, como era de esperar, se tiene que conformar con malvivir como empleaducho de unos grandes almacenes. A su compañero de piso, otro papafrita como él, lo fastidia empeñándole cosas para poder enviar regalos a su novia, mientras tienen que urdir estratagemas para regatear el acoso de la casera; de un malentendido con un policía surge una persecución agobiante del madero a su compañero, en la que su amigo demuestra unas inusitadas dotes para escalar edificios, enteramente como un hombre mosca (ahora diríamos hombre araña); entre tanto, nuestro protagonista tiene embaucada a su prometida escribiéndole que es el director de los grandes almacenes, así que la pánfila, embelesada, decide viajar hasta la gran ciudad para encontrar a su triunfante amor. Cuando ésta llega, el joven pelanas tendrá que aparentar, mediante mil triquiñuelas, que es el triunfador que realmente no es.

Cuando oye una conversación de su jefe que piensa dar un premio de mil dólares a quien consiga dar un golpe de efecto publicitario que anime las esmirriadas ventas del establecimiento, nuestro hombre vincula esa recompensa a la inusitada capacidad para escalar edificios de su amigo, y columbra la posibilidad de montar un numerito propagandístico, previamente anunciado, para que su compañero escale el rascacielos donde está ubicado los grandes almacenes. Claro que, como suele suceder en estos casos, un problema sobrevenido hará que nuestro hombre, que lo máximo que ha escalado ha sido una escalera entre dos pisos, se vea abocado a ser él, y no su amigo el hombre mosca, el que trepe el edificio enterito, con incidencias de todo tipo.

El hombre mosca es, desde luego, una muy agradable comedia muy al gusto de la época; de hecho fue uno de los mayores éxitos de taquilla de Lloyd y se constituyó pronto como su marca de fábrica; imágenes como la de Harold colgando de las saetas del reloj del edificio siguen siendo hoy, tantos años después, paradigmáticas y reconocibles.

Con una planificación de hierro y una extraordinaria capacidad organizativa, el filme funciona como una maquinaria de relojería, y los gags se suceden, aún hoy tan divertidos. El último tramo de la película, dedicado monográficamente a la ascensión (literal y figurada) del hombre enamorado a la cima del edificio, con mil y una penurias y trapisondas, está dotada de un ritmo endiablado, y los tropecientos percances que le acaecen no hacen sino confirmar el virtuosismo de la planificación y el excelente montaje posterior.

El título original, Safety Last, podría traducirse como “La seguridad, lo último”, en contra del eslogan de la época Safety First, “La seguridad, lo primero”. No deja de ser curioso que hoy día, al siglo siguiente, estemos tal vez más cerca del primero de esos eslóganes, el falso del filme, que del segundo, el que debería regir las vidas laborales. Cosas veredes...

Género

Nacionalidad

Duración

73'

Año de producción

El hombre mosca - by , Jun 23, 2013
4 / 5 stars
La seguridad, lo último