Lanzado a la fama en su país adoptivo, Australia, con la violenta e imaginativa serie del personaje Mad Max, Mel Gibson ha consolidado a lo largo de los años ochenta una fulgurante carrera que lo mismo ha cuidado el factor comercial (“Arma letal”, por ejemplo) que ha tenido sus pinitos cultistas en el “Hamlet” del italiano Francesco Zeffirelli.
Paralelamente, Gibson ha sido también actualidad en muchas ocasiones con sus opiniones conservaduristas y reaccionarias en torno a temas polémicos como la religión, la homosexualidad, la pena de muerte, machismo-feminismo, configurando una imagen dura que el propio actor parece querer desmontar con sus últimos papeles de cariz mucho más ternurista.
Ahora, en esta “El hombre sin rostro”, Gibson abre una nueva faceta en su carrera al simultanear su trabajo de actor con el de realizador y nos cuenta una historia no demasiado original en torno a un chico problemático y su previsible amistad con un hombre desfigurado que vive aislado y enclaustrado en una gran mansión.
Rodada en los hermosos parajes de la costa de Maine, la cinta nos da un encefalograma plano en casi todas sus facetas: la corrección se enseñorea de casi todos sus componentes, desde la interpretación –que incluye al mismo Mel Gibson laboriosamente maquillado—a los aspectos formales o al cansino ritmo narrativo, que sólo sube de tono tímidamente en su tramo final.
Quizás el único punto de relativo interés de este debut directivo sea el personaje del chico, un niño asfixiado por su madre –que va por el cuarto marido-- y sus hermanastras, que encima soporta el trauma de la muerte misteriosa de su padre. Y aquí, sutilmente, aparece la vena ideológica de Gibson al liberar a su personaje de sus complejos cuando al fin logra introducirlo en una academia militar que, según comprobaremos en la secuencia final, será cura y remedio milagrosos a todos sus problemas. Final postizo y feliz que incluye, al fondo, la figura lejana del desfigurado profesor…



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