Película: El juego de los idiotas Francis Veber alcanzó la popularidad (relativa, claro está) hace algunos años, a raíz del éxito de su celebrada “La cena de los idiotas”, donde convergían la mayor parte de las virtudes de sus guiones (es fundamentalmente guionista, aunque también ha llevado muchos de sus textos a la pantalla como director) y casi ninguno de sus defectos. Ello ocurría en España, y también en Estados Unidos, aunque en el país del Tío Sam su éxito es incluso anterior: ya en la década de los ochenta obtuvo allí un taquillazo con “Dos fugitivos”, hasta el punto de que llegó a realizar un “remake” en suelo yanqui, con actores de la tierra, titulada “Tres fugitivos” (se ve que por el camino se añadió uno más…).
El caso es que, desde “La cena…”, el cine de Veber tiene asegurada su llegada a España, porque hay un público que sigue al autor de aquella divertida y, sin duda, inteligente propuesta. Así, “Salir del armario” fue un éxito de crítica y público, y ahora esta “El juego de los idiotas” (el título español es ciertamente idiota, y perdón por la redundancia; también es verdad que el original francés, que se podría traducir como “El suplente”, parece remitir a una película futbolera…) tiene todas las trazas de reproducir ese éxito. También es cierto que, como suele ocurrir en el género en el que se mueve Veber habitualmente, la comedia romántica de enredo, no siempre los ingredientes mezclan bien, y se producen desajustes. Otras veces ocurre que el argumento tiene más o menos posibilidades. En el caso de “El juego de los idiotas”, lo cierto es que cumple su papel perfectamente, siendo un filme corto en minutaje pero adecuado a lo que pretende, provocar unas risas e incluso algo más difícil, unas sonrisas cómplices. La historia, como suele ocurrir con el cine de Veber, es lunática: millonetis con amante explosiva, “top model” por más señas, se ve en la tesitura de buscarle un novio postizo a su novia para salvar su matrimonio de un divorcio ruinoso. El pobre infeliz buscado al efecto resulta ser un buenazo enamorado (y rechazado) por su amada de siempre: el enredo está servido cuando el novio ficticio, aparcacoches de profesión y tirando a feo (o, como dice el chiste, “difícil de mirar”…), es emparejado supuestamente con una mujer de bandera.
Simpática casi siempre, el problema de estos artilugios cómicos es que su desarrollo con frecuencia incurre en la inverosimilitud, y, aunque a este tipo de mecanismos humorísticos se le perdona casi todo, a veces los engranajes chirrían. Pero es una pega menor, porque lo cierto es que “El juego de los idiotas”, como digo/decía (valga el tributo a Umbral), se ve con agrado, no produce la sensación de que te estén tomando el pelo y, de paso, incluso se permite una visión en positivo de la vida: tal vez ese supuesto sueño de todo pobre diablo, yacer con fembra placentera, por decirlo con palabras arcaicas pero tan hermosas (o fermosas, ya que estamos…), no sea realmente lo que desea, sino otra cosa: el amor, esa palabra tan manida, pero tan actual, por la que no pasan los eones.
Los actores, como siempre en el cine de Veber, bien; Auteuil quizá esté un poco pasado de rosca, en contra de lo que es habitual en él; Scott Thomas aporta su clase y saber estar, y eso es ya un porcentaje altísimo de acierto; pero las sorpresas la aportan la pareja protagonista, el judío de origen marroquí Gad Almaleh, feo como él solo pero con una notable capacidad interpretativa, y Alice Taglioni, que desmiente el (equivocado) aserto de que las guapas son siempre malas actrices; ambos dan frescura y credibilidad a esta comedia de enredo simpática, amable y decididamente entretenida.

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87'

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El juego de los idiotas - by , Jun 16, 2006
2 / 5 stars
El aparcacoches y la "top model"