Película: El knack… y cómo conseguirlo

El movimiento Free Cinema o Cine Libre convulsionó el panorama de la cinematografía británica de finales de los años cincuenta y década de los sesenta. En ese cine promovido por los que se llamaron a sí mismos Jóvenes Airados, hubo también sus secciones: la más poderosa es la que podríamos llamar la que cultivaba “el sentido trágico de la vida”, una visión negra sobre la sociedad inglesa de la época, que reflejaron en su cine realizadores como Jack Clayton, Tony Richardson, Lindsay Anderson y Karel Reisz; otra corriente, minoritaria, se interesó más por una visión alegre, aunque corrosiva, de la realidad anglosajona; su máximo exponente sería Richard Lester.

Lester, norteamericano de Philadelphia, se avecindó joven en Inglaterra, trabajando en la BBC, desde la que saltó a la gran pantalla con su primer largometraje de cine, Un ratón en la luna (1936). Con ¡Qué noche la de aquel día! (1964) alcanzó definitivamente la fama, al poner en imágenes a los entonces ya pujantes The Beatles en su primera aparición en un largometraje de ficción, mezclando el cineasta yanqui con habilidad su propia visión de comedia ácida con el tono pop que, inevitablemente, impregnaba todo lo beatleano, entonces ya un poderosísimo grupo, y no sólo musical.

Tras ese éxito, Richard acomete la adaptación al cine de la comedia teatral The Knack, de Ann Jellicoe, obra que tuvo un notable éxito en Londres y en el off-Broadway. El knack… y cómo conseguirlo es una más que curiosa película que, varios decenios después, cuando la estamos comentando, sigue teniendo una pujanza y una fuerza poco comunes. Un filme como éste puede dar sopas con honda a muchos otros posteriores, infinitamente más tradicionales y conservadores que este arriesgado “tour de force”, que se abre con una escena que, tantos años después, asombra por su riesgo, por su capacidad alegórica, por su osadía en un tiempo en el que hablar de sexo, no digamos mostrarlo aunque fuera metafóricamente, era considerado motivo de escándalo.

Esa primera escena nos muestra a un buen número de mujeres (¿veinte?, ¿treinta?, un número indefinido, pero no inferior a la veintena), todas ataviadas de igual manera y con peluca también similar, de color claro; todas esperan en fila en una escalera, por la que van subiendo poco a poco, conforme un hombre joven va abriendo la puerta de su casa y las va dejando entrar, de una en una, de igual forma que van saliendo también al mismo ritmo.

Evidente alegoría de una muy común fantasía masculina (tener sexo con multitud de mujeres, todas rendidas a los encantos del varón), aquí expresa el culmen del deseo que tiene el vecino del semental, un hombre apocado que aspira a tener igual tirón con las damas que su colega. Obsesionado por su escaso éxito con las féminas (quizá debido a algún problema eréctil, que no se explicita), el chico imagina que tener una cama “más grande que la del vecino” le supondrá tener acceso carnal a cuantas mujeres quiera. En aquella época es evidente que el tópico del “tamaño no importa” no existía, y el deseo de la cama más grande del pánfilo tiene unas obvias connotaciones sexuales.

Una pazguata joven que viene de su pueblo al cosmopolita y pérfido Londres, buscando la Asociación de Jóvenes Cristianas, se verá involucrada con el pichabrava, su vecino el medio impotente y otro subarrendado que también tiene un plomazo dado. Con estos tres mentecatos, la jovencita tendrá sus más y sus menos…

El knack… y cómo conseguirlo sigue siendo una película en perfecta forma: las maneras pop de Lester, su ingenio formal, su capacidad para hacer de su capa un sayo con las ortodoxias del cine, la hacen sumamente moderna. Pero además, El knack… es inusualmente avanzada en lo sexual, aunque vista los ropajes del eufemismo, de la perífrasis, del circunloquio. Por supuesto, es inevitable que, vista medio siglo después, la película haga aguas en conceptos tales como machismo y preterición de la mujer, pero el cine, como la literatura o la Historia, no se pueden juzgar desde posiciones posteriores, como no nos gustaría que nos juzgaran a nosotros los terrícolas de dentro de cien años (si es que hay terrícolas entonces, que lo dudo…), por las tropelías que venimos haciendo con el medio ambiente y con la destrucción de la Naturaleza que heredamos y que vamos a legar hecha unos zorros.

Gran película El knack, cine del bueno, del que no pasan los años por él, tan fresco y pimpante como cuando se rodó y asombró al mundo.

Entre los intérpretes me quedo con Michael Crawford, en un personaje con cierta tendencia a la imbecilidad, ansioso de conseguir el knack, un actor que mantuvo una importante presencia en el cine hasta que los escenarios hicieron que sus apariciones en pantalla se redujeran considerablemente. También hay que mencionar a Rita Tushingham, que estuvo en uno de los títulos de cabecera del Free Cinema, Un sabor a miel (1961), de Tony Richardson, y en algún blockbuster anglo-americano, como Doctor Zhivago (1965), de David Lean, para después perderse en una miríada de títulos de cine y televisión manifiestamente irrelevantes.



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85'

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El knack… y cómo conseguirlo - by , May 21, 2016
4 / 5 stars
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