Película: El lado bueno de las cosas David O. Russell es un cineasta más bien atípico; hace comedias que parecen dramas, y dramas que parecen comedias. Cuando se pone a hacer un filme romántico, como en el fondo es este El lado bueno de las cosas, le sale algo que es a la vez drama y comedia, y también una historia de amor, aunque ciertamente bastante desquiciada.

Veamos: el protagonista acaba de salir de un recinto psiquiátrico donde está recluido por un trastorno bipolar que hizo que tiempo atrás casi matara al hombre con el que su mujer le engañaba. Automotivado por la posible recuperación del amor de su vida, que es su esposa, el hombre vuelve a casa de sus padres, a cuya custodia queda sometido. El padre es un hombre obsesionado con las apuestas sobre fútbol americano, fanáticamente supersticioso, que pretende recuperar al hijo al que nunca hizo mucho caso, pero ya de paso (no sabemos cuál es el orden de prioridad, o quizá lo intuimos), pretende que éste, con su presencia viendo por televisión partidos de los Eagles, le infunda la suerte que cree fervientemente que le puede transmitir. Nuestro protagonista, que sólo tiene pensamientos para columbrar formas de aproximación a su ex (a pesar de la orden de alejamiento que ésta tiene contra él), conoce a una chica que tampoco anda demasiado bien de la chaveta, una muchacha cuya aflicción por la trágica muerte de su marido le provocó una extraña suerte de ninfomanía, de tal forma que se acostaba con cualquier cosa con pantalones o falda que se le pusiera a tiro.

Esta pareja sin duda distinta encontrará sin embargo un punto de encuentro, una excusa para relacionarse tal vez sin quererlo, o queriéndolo sin saberlo, en los ensayos para un banal evento de danza, evento que cobrará una importancia capital por mor de las disparatadas apuestas del padre del protagonista.

Esquinada historia de amor que no lo parece, El lado bueno de las cosas (por cierto, espantoso título español, que parece enteramente de un libro de autoayuda, aunque el título original, desde luego, parece difícil de traducir al español) resulta ser en muchos momentos una obra emocionante, sobre todo en todas las escenas en las que aparecen juntos Bradley Cooper y, sobre todo, Jennifer Lawrence, que se revela como una sensible, extraordinaria actriz de alto voltaje sentimental. Algunas de las secuencias con ambos frente a la cámara alcanzan una altura excepcional, como aquella en la que la chica le revela la forma en la que murió su marido, y le habla de aquella caja de Victoria’s Secret sobre el asiento del coche, una bomba emocional que termina de mover secretamente el relé que faltaba en la averiada cabecita del protagonista para darse cuenta de lo que aún no era consciente.

Obra hermosa, quizá las escenas familiares con Robert de Niro no estén a esa misma altura, pero aún así, da gusto ver como el gran Bobby vuelve a hacer un papel interesante y sepulta, aunque sea sólo por esta vez, ese personaje odiosamente automático con el que nos castiga invariablemente desde hace ya demasiados años.

Ya hemos hablado de Jennifer Lawrence, que se confirma aquí como una de las mejores de su generación; lo haremos también de Bradley Cooper, que confirma que su intervención en la saga de Resacón en Las Vegas era una cuestión puramente alimenticia, y que está dotado para empeños mucho más interesantes, como éste, componiendo un personaje demediado (nunca mejor dicho, dado su trastorno bipolar) entre el amor obsesivo por la mujer que perdió y el que no sabe que le está naciendo hacia la mujer que le está enseñando a ser, de nuevo, un hombre capaz de amar.

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122'

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El lado bueno de las cosas - by , Feb 03, 2013
4 / 5 stars
Una caja de Victoria's Secret