Película: El lobo de Wall Street Martin Scorsese fue, durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, algo así como el epítome de los directores de cine norteamericano: hacía cine comercial, pero a la vez de autor; combinaba en una sola persona rasgos del mejor cine yanqui, el de John Ford o Howard Hawks, con detalles del mejor cine francés de la Nouvelle Vague, el de François Truffaut y (cuando estaba entonado) Claude Chabrol. Sus películas se contaban por éxitos, no sólo en el aspecto comercial (sin romper taquillas: eso quedaba para blockbusters como la saga de Star Wars o los Superman de los seventies y eighties) sino, sobre todo, en el artístico. Se sucedían los filmes formidables: la iniciática Taxi driver, que lo elevó a los altares de la cinefilia, pero también New York, New York, Toro salvaje, El color del dinero, La última tentación de Cristo, Uno de los nuestros, La edad de la inocencia, Casino… Pero un mal día, en los últimos años del pasado siglo, Scorsese pareció perder los libros, la brújula, el norte: empezó a hacer mediocridades como Kundun, Al límite, Gangs of New York, El aviador, Shutter Island… Incluso cuando volvió (cfr. Infiltrados) al universo de gánsteres que constituyó su marca de fábrica durante su primera época, no alcanzó ni de lejos la altura de anteriores empeños de ese mismo jaez. La blandenguería cinéfila de La invención de Hugo terminó de completar la decadencia de este cineasta que lo fue todo y me temo que ya no es nada; al menos en términos artísticos, aunque parece claro que sigue siendo una personalidad de notable influencia en el cine y la televisión yanquis.

El lobo de Wall Street es la biografía, mejor hagiografía (vaya, una vida de santo) de Jordan Belfort, un hijo de la gran puta que durante varios años desvalijó, estafó, esquilmó, robó y defraudó a miles de pequeños accionistas, carteros, cocineros, albañiles, dejándolos sin los ahorros de toda su vida… Creo que queda claro el rotundo aprecio que siento por las hazañas de este cabrón con corbata… Claro que el clásico afirma que con buenas costumbres no se escriben buenas novelas, pero ni el escritor ni el director pueden hacer una asqueante apología del canalla: lo contrario es elevar a los altares a quien no sólo se ha ido prácticamente de rositas después de saquear cientos de millones de dólares a quienes menos tienen, sino que postula la filosofía (perdón por utilizar esta palabra, sacrosanta al lado de este impresentable) de que lo único que vale en la vida es ganar dinero, de la forma que sea, engañando a quien sea, hundiendo a quien sea: dinero, dinero, dinero. Es, desde luego, la teoría del capitalismo salvaje, para el que no hay mejor aroma que el de los billetes verdes. Así no es de extrañar que, no tardando mucho, lleguen de nuevo revoluciones que pasen por la guillotina a ejemplares como este elemento.

Scorsese está en su derecho de contarnos la vida y milagros, por decir algo, de este embaucador irredento, que tuvo la rara habilidad de concitar en sí mismo todos los vicios y delitos posibles: polidrogadicto, alcohólico, putañero… nada más que le faltó acostarse con niños (bueno, que se sepa…); eso además de estafador, traidor, arrogante, jefe cabrón, despilfarrador… una joya. Scorsese, digo/decía, a la umbraliana manera, está en su derecho de contarnos las hazañas (está en cursiva, cuidado) de este desecho humano, pero lo que no le perdonamos es que no sólo no realice ningún tipo de distanciamiento para evitar la identificación del espectador con el protagonista, sino que incluso subraye la admiración, casi la fascinación que le produce su modus vivendi, su forma de enriquecerse desvalijando a los demás. Se me dirá que los personajes que Robert de Niro protagonizó para Scorsese en sus filmes de gánsteres (Uno de los nuestros, Casino) eran también moralmente reprobables y que había una evidente complicidad con el director; pero es que este Jordan Belfort está dentro del sistema, no es el “outsider” que vive fuera de la ley y al que, consecuentemente, la inmoralidad, la falta de ética, el latrocinio y el crimen se le suponen. Belfort era un broker, alguien legal, que desde esa legalidad se hartó de ganar dinero arruinando a los demás: el sistema, pues, falló estrepitosamente, y Scorsese no sólo no denuncia esa falla horrible sino que jalea a su ¿héroe? Esa escena casi final, cuando el gran cabrón decide mantenerse junto a sus cabroncitos, a pesar de que ello pueda suponer su enchironamiento, qué tierno…

El cine no tiene que ser una escuela de modales, estaría bueno: el mejor cine siempre ha sido airado, rebelde, ilegal o inmoral. Pero no se puede, no se debe hacer un aberrante, desmedido elogio de quien, como se dice en un momento del filme, fue un Robin Hood perverso, que robaba a los pobres para enriquecerse a sí mismo. Menos aún despreciar al honesto oficial del FBI que volverá a casa, tras empapelar al canalla, en ese metro en el que, como dice en un momento del filme, le sudan hasta las pelotas del calor que hace.

Claro que la película tiene un estilo impresionante. Claro que Scorsese rueda con una clase como prácticamente nadie lo hace hoy día en el cine mundial. Pero claro también que en cine todo no puede reducirse a una espléndida carrocería, a un fastuoso, metafórico Rolls Royce conducido por cadáveres purulentos… Por cierto que Scorsese, con la edad, parece ir derivando hacia la facción viejo verde: viéndolo rodar las escenas de orgías a las que se entregaba cotidianamente el protagonista, parece que estamos viendo una película de Tinto Brass y no del más exquisito de los cineastas contemporáneos… Y es que, con independencia del estilazo, aquí formalmente hay que reprochar a Scorsese un gusto desmesurado por el exceso, algo que hasta ahora no le habíamos conocido. Marty, porfa, ya que has perdido los libros, por lo menos no pierdas el oremus…

Leonardo DiCaprio hace un trabajo ciertamente impecable: él es Jordan Belfort, aunque a lo mejor eso no es exactamente un elogio… Pero sí, está excelente: con él cada vez tengo más claro que las reticencias que expresé por sus papeles tras Titanic se van diluyendo como un azucarillo. Del resto me quedo con uno de los gordos más talentosos de su generación, Jonah Hill, capaz de hacer comedias de rijosos adolescentes (o no tan adolescentes) como de comerse con papas a Brad Pitt en Moneyball. Rompiendo las reglas o, aquí, estar a la altura del notable DiCaprio. Por cierto, entre los secundarios, Matthew McConaughey parece estar viviendo una madurez más que interesante: filmes como Mud, o su broker de peculiar arreglo capilar de este filme así lo confirman.


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El lobo de Wall Street - by , Jan 24, 2014
1 / 5 stars
Nostalgia de "Taxi driver"