Película: El origen del planeta de los simios Cuando en 1968 Franklin J. Schaffner dirigió El planeta de los simios, versión cinematográfica de la novela homónima de Pierre Boulle, a buen seguro no tenía ni idea de que su filme, al fin y a la postre una modesta película de aventuras rodada no precisamente con holgura de medios, se iba a convertir en un venero que ha dado casi de todo en audiovisual, desde una larga serie de secuelas en cine (cada una peor que la anterior, es cierto) hasta una saga televisiva (aún más mala que las secuelas fílmicas) e incluso serial de dibujos animados. Al principio de este siglo XXI en el que vamos a morir, el exquisito Tim Burton hizo una nueva versión, muy psicodélica pero en absoluto despreciable, del primigenio filme de Schaffner, y ahora es un peculiar inglés, Rupert Wyatt, quien se atreve a hacer una precuela, la historia de cómo surgió ese poder simiesco que Charlton Heston descubriría al final de su viaje espacial en la primera de la serie.

Habrá que decir pronto que, en contra de lo que se podía temer, esta El origen del planeta de los simios no es la típica operación comercial, hoy tan en boga, que consiste en tomar un tema, preferiblemente conocido, y adobarlo con efectismos de cara a la galería, tanto argumentalmente como en efectos especiales, con nula imaginación para la re-creación pero sí para la alquimia que supuestamente habrá de romper las taquillas. El filme de Rupert Wyatt (por lo demás, de escasa filmografía, si bien su proyecto productivo Picture Farm tiene buena pinta, a fuer de novedoso) resulta plausible en su planteamiento, un asunto de laboratorio y de búsqueda de una droga que sea capaz de crear neuronas para revertir el temible Alzheimer; su utilización en chimpancés producirá un ejemplar de notable inteligencia, y a partir de ahí la mecánica argumental, de forma razonable (siempre con las licencias poéticas que en estos casos deben comprenderse), se nos lleva hasta el momento en el que un simio es capaz de ponerse en pie de igualdad (bueno, el mono un poco más encorvado, por pura cuestión fisiológica...), con su primo el homo sapiens, que tantas veces parece, parecemos, el homo tontus....

Cabría achacar al filme de Wyatt cierta premiosidad en la primera parte, cuando se explica, quizá con demasiada parsimonia (al menos para el ritmo al que estamos acostumbrados los espectadores de nuestro tiempo), el proceso que lleva al mono protagonista a ser uno más entre los seres inteligentes del planeta. Pero es cierto que ese proceso quizá algo premioso permite recrearse en el mecanismo de crecimiento intelectual del simio, y también, y quizá más importante, en la ruptura de las cadenas sentimentales (casi como de un hijo hacia sus padres) que comporta la separación física del simio de su amo y el cruel conocimiento del trato que la generalidad de los humanos dispensa hacia su raza. Ese momento en el que el simio cobra conciencia de su propia identidad, de su propia personalidad, es hermoso y a la vez doloroso: la amada mascota dejará de serlo para convertirse en un ser con entidad propia, con facultad para razonar, pero también con otras capacidades humanas: la venganza y la piedad, el deseo de libertad y la camaradería, la astucia y la amistad.

La última media hora es un prodigio de cine de acción, realizado con portentosa habilidad por un cineasta que, lejos de lo que es hoy habitual en Hollywood, no se dedica a entontecer al espectador con un montaje ultrarrápido que impide al ojo humano captar un torrente de imágenes, sino que nos presenta con toda pulcritud, pero a un ritmo excepcional, toda la lucha de los simios contra sus primos humanos en busca de su libertad.

Pero ese desequilibrio entre la parte más divagatoria y la de mayor acción no supone que la nueva aportación a la saga audiovisual iniciada por Schaffner carezca de interés. De hecho, el tono es adulto, sin por ello caer en el temible tostón, y los personajes tienen cierta entidad, aunque es cierto que el de mayor relieve es el del mono protagonista, un César (de shakespeareano nombre, por cierto) que se convierte pronto en la estrella de la película. Hombre, si tenemos en cuenta que el protagonista real, James Franco, no es precisamente Marlon Brando, se entiende. Pero que pueda mantener el tipo ante un actor brillante y poliédrico como John Lithgow, ya es otra cosa. El mérito corresponde, of course, a Andy Serkas, que ya dio muestras de su talento para transmitir emociones tras una máscara en su personaje de Gollum de El Señor de los Anillos.

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105'

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El origen del planeta de los simios - by , Aug 12, 2011
3 / 5 stars
Plausible, verosímil, ligeramente desequilibrada